«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Escritura Sobre Una Pared China

Por Dick Hillis

    (Dick Hillis, el fundador de Cruzadas Ultramar, sirvió en China con su ya difunta esposa, Margaret.  En esta historia, él recuerda la misión amenazada por la guerra – y la provisión de Dios para su familia – en seguida de su enfermedad repentina el año de 1941.)

    El guardián de la puerta de nuestra misión, cojeando se presentó a la puerta de la cocina, hizo reverencia encorvadamente, y anunció: «Esposa de pastor, aquí está su excelencia, el coronel.»

    Mi joven esposa, Margaret, recobró su aliento (se pasmó).  Era el 15 de enero de 1941, y los invasores japoneses se encontraban solamente a unos kilómetros al oriente de Shenkiu, nuestra misión en la China Central.

    Margaret estaba sola en el recinto.  El día anterior me había enfermado inesperadamente y me habían llevado en un vehículo japonés al hospital localizado a 184 kilómetros.  ¿Qué mensaje traería el coronel, comandante de las tropas defensoras nacionalistas?

    «El enemigo va entrando a la provincia Honán,» anunció el coronel, entrando apresuradamente, «y tenemos órdenes de no defender esta cuidad.  Para su seguridad, deberá refugiarse en una de las aldeas a distancia de la cuidad.»  Margaret hizo reverencia cortésmente, agradeciéndole al coronel por su preocupación amable por una mujer indigna.

    Mientras el coronel se marchaba, el viento helado de enero barrió por el cuarto pequeño.  De repente, la enormidad de su peligro cogió a Margaret.  Estaba sola en una aldea china amenazada por guerra, totalmente responsable por la seguridad de nuestros dos niños, Johnny de un año, y Margaret Anne de dos meses.

    Margaret miró el pequeño calendario con porciones bíblicas en la pared.  Ella sabía que yo no regresaría hasta mediados de febrero.  «¿Cómo puedo prescindir de mi esposo?» ella pensaba.  «Las decisiones que haga podrán determinar la vida o muerte de mis bebés.»

    Margaret después admitió que aún no había experimentado el asombro completo de la suficiencia de Dios y Su poder para guiar cuando todo lo demás fracasaba.  Ni se imaginaba que Él usaría algo tan prosaico como un calendario sobre la pared en la cocina como guía.

«Ven con nosotros»

    Para media tarde la barraca del ejército en la pequeña cuidad estaba vacía.  La salida de los soldados creó alarma.  Las familias empacaban sus posesiones y huían.

    Los ancianos de la iglesia visitaron a Margaret antes de irse.  «Ven con nosotros,» le imploraban.  «Te cuidaremos mientras que el pastor Hillis está ausente.»  Margaret miraba la preocupación en sus ojos, y meditaba acerca de las habitaciones campestres hacia donde iban.  Amaba esta gente, pero sabía que sus cabañas de aldea contenían muerte para bebés occidentales.  La cantidad de sepulcros pequeños en nuestro recinto afirmaban el peligro.

    Pero ¿cómo explicarles sin ofenderles que no podía meter a sus niños en las casillas frías con pisos de lodo donde tres o cuatro generaciones se apilaban?  Hacía apenas unas cuantas semanas que el bebé de seis meses de una familia norteamericana más próxima había muerto de la espantosa disentería.  No, sus bebés se quedarían cerca de su propia cocina donde podría hervir leche y agua y donde había un cuarto siempre agradablemente caliente.

    No podía divulgarles a los amigos chinos estas razones.  Haciendo reverencia, Margaret les agradeció a los cristianos de aldea por su ansiedad, pero les dijo que esperaría el regreso de su esposo, y velar la propiedad de la misión.

    Esa noche se acostó temblando de miedo.  «¿Atacarían durante la noche los soldados empedernidos del ejército imperial?» se preguntaba.

    Cuando el pequeño Johnny despierta sollozando en el frío, Margaret lo puso en cama con ella y quedó despierta por largo tiempo, escuchando el viento alborotar las ventanillas de papel encerado, y orando que su hijito viviera para ver a su padre otra vez.

Dios nuestra Ayuda

    La siguiente mañana muy temprano, Margaret se apresuró a la cocina para hervir agua para la tetera (botella) de Margaret Anne.  Automáticamente estrechόse hacia el calendario de pared y arrancó la hoja del día anterior.  El verso bíblico para el nuevo día brillaba como la luz del sol: «Cuando tengo miedo, confiaré en Ti» (Sal. 56:3).

    «Pues, seguramente tengo miedo,» Margaret admitió a sí misma.  «Cumplo esa parte del verso.  Ahora es el tiempo de confiar en Dios.»  De alguna manera, la promesa de Dios la sostuvo durante ese tenso día.

    La ciudad se evacuaba rápidamente.  Otros miembros de la iglesia vinieron a invitar a Margaret a sus casillas campestres.  Pero la Escritura guardaba a la madre joven.  No debía llenarse de pánico, sino confiar.

    Para la media mañana del día siguiente, la ciudad estaba casi abandonada.  Luego vino el guardián del recinto a Margaret, sus ojos borrosos con temor.  «Tengo que irme,» él dijo.  «Por favor, esposa de pastor, por favor refúgiese conmigo en mi aldea fuera de la cuidad.»

    Margaret titubeaba.  La ciudad desierta sería una invitación cordial para bandidos y saqueadores.  ¿Qué haría sin la protección del guardián del recinto?  Pero el riesgo a sus bebés en las casillas de aldea era cierto; en la ciudad se enfrentaba sólo a temores inseguros.

    Rehusó la oferta del guardián y lo vio marcharse con disculpas.

    Era medio día cuando Margaret se acordó de arrancar la página del pequeño calendario diario colocado sobre la pared.  La Escritura para el día leía: «En ti confiarán los que conocen Tu nombre, por cuanto Tú, oh Jehová, no desamparaste a los que Te buscaron» (Sal. 9:10).

    Mientras Margaret bajaba su cabeza sobre su comida de medio día, ella vaciaba su gratitud a Dios por esas palabras particulares de ese momento.

Dios nuestro Proveedor

    Su problema principal ahora era la comida.  Carne fresca y verdura ya no llegaban diariamente de las granjas vecinas, y las tiendas del pueblo estaban cerradas.  Aunque los chivos que suplían la leche para los bebés estaban aún en el recinto, el hombre que las ordeñaba se había ido para su aldea.  Mañana Margaret tendría que ordeñarlas ella misma.  Averiguaba si podría mantener inmóviles a esas criaturitas inquietas.

    Margaret durmió mal esa noche, preocupándose por la manera en que alimentaría a sus niños, y segura de muy poco sólo de que debía quedarse en la ­ciudad y de alguna manera confiar en Dios.

    La siguiente mañana la despertó el ruido de disparos distante.  Los japoneses estarán acercándose hacia la ciudad.  Sabía que tenía que ordeñar los chivos antes que el bombardeo actual de la ciudad empezara y los chivos se alarmaran y se convirtieran en indomables.

    Margaret decidió que antes de enfrentarse a esos chivos, necesitaba fortificarse con un tazón de atole de arroz y con la promesa de la Escritura para el día nuevo.  Arrancó la página vieja del calendario, y la Palabra de Dios para ella era: «Yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos» (Gn. 50:21).

    La idoneidad de estos versos diarios era algo misterioso.  Con algo de curiosidad, Margaret examinó el lado postrero del calendario.  Lo habían reunido en Inglaterra el año anterior, pero Dios en Su amor que todo lo sabe, había proveído para el año después – al otro lado del mundo – las palabras precisas que se necesitarían en ese entonces.

    Margaret aún comía su atole cuando una mujer de repente entró a la cocina, trayendo una tina de leche de chivo humeando.

    «¿Puedo quedarme y ayudarle?» preguntó, alzando la tina.  «Ve, he ordeñado sus chivas.»  La pequeña Sra. Lee había sido nuestra vecina por años, pero esta mañana Margaret sentía que la habían enviado del cielo.  La Sra. Lee explicó que no tenía parientes vivos, y que deseaba mostrar su gratitud a la Misión al permanecer en la cuidad con Margaret.

    Durante el largo día, las dos mujeres cuidaban de los bebés y escuchaban los ruidos de la lucha que se acercaba.  Ya tardé en el día, un fuerte golpe en la puerta asustó a las dos mujeres.  La Sr. Lee fue a abrirla.  Su rostro brillando, hizo pasar a la visita.

    «¡Gee-tze!  ¡Gee-dan!» clamaba triunfantemente.  «¡Gallina!  ¡Huevos!»

    Una frágil mujer del campo, vestida de negro, entró con una gallina viva y una canasta de huevos.  «Paz, paz,» dijo ella, dando el saludo cristiano usual mientras hacía reverencia con timidez.  El ruido de los cañones no la había forzado a ausentarse al recordar que los misioneros tendrían hambre.

    Dios había cumplido Su promesa en el calendario.  Él dispuso para que los pequeñitos fueran alimentados.  Esa noche el corazón de Margaret desbordaba de esperanza.  Mientras que las bombas explotaban encima de la cuidad, ella pedía que de alguna manera Dios guardara Shenkiu y el pueblo gentil que tanto amaba.

Dios basta

    La siguiente mañana, Margaret bajó apresuradamente hacia el cuadro pequeño de papel colgado sobre su clavo, y arrancó la página: «Serán luego vueltos atrás mis enemigos, el día en que yo clamare; esto sé, que Dios está por mí» (Sal. 56:9).

    «¿Sería demasiado creer esta vez?» pensaba Margaret.  Seguramente no sería correcto tomar literalmente un verso escogido por coincidencia para un calendario inglés, ¿verdad?

    Mientras se aproximaba el cañoneo, Margaret y la Sra. Lee empezaron a preparar la casa para una invasión.  Cualquier papel que posiblemente podría parecer tener significado militar o político, tendría que esconderse o destruirse, y por lo tanto las mujeres buscaron en mi escritorio y los edificios de la iglesia y quemaron papeles que se podrían malinterpretar.

    Al anochecer, el cañoneo se oía de ambos lados de la cuidad.  Las mujeres se acostaron completamente vestidas, preparadas a cualquier momento para encontrase con los invasores japoneses.

    Margaret despertó precipitadamente al albear, e hizo por escuchar el crujir de botas militares en la grava.  Pero solamente una profunda quietud le rodeaba.  No había pies marchando, proyectiles chillando, ni pistolas disparando, sólo el murmullo del pequeño Johnny al despertar en su cuna.

    Los temores luchaban con el alboroto mientras Margaret despertaba a la Sra. Lee. Las mujeres fueron a la casa del guarda, llevando los niños en brazos.  La Sra. Lee fue la primera en asomarse.

    «No hay nadie en la calle,» le dijo a Margaret.  «¿Saldremos?»

    Las mujeres salieron por la puerta y veían como las calles empezaban a llenarse, no con soldados japoneses pero con ciudadanos regresando de sus escondederos campestres.  ¿Habían ganado los chinos?

    Como en respuesta a la pregunta interna, el coronel se acercó.  «Esposa de pastor,» dijo con alivio, «¡He estado preocupado por usted!»

    Luego le dijo a Margaret que los japoneses se habían alejado.  No, no lo habían derrotado.  Ni había razón para explicar su retiro.  El enemigo simplemente se había regresado.

    Margaret entró en su cocina, sus ojos fijados en el pequeño bloque de papel prendido a la pared, y envió gracias silenciosas al Dios que es suficiente.

    «Podrías decir que sólo era un calendario,» ella dijo después.  «Podrías decir que unos desconocidos habían escogido esos versos sin un pensamiento de China o la guerra que estaría en fuerza cuando caerían esas fechas.  Pero para mí era más que un calendario.  Ningún desconocido escogió esas líneas.  Para mí fueron escritas por Dios.»