«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Dios El Juez

Por J. I. Packer

    ¿Creemos en el juicio divino?  Por esto quiero decir, ¿creemos en un Dios que actúa como nuestro Juez?

    Parecería que muchos no creen.  Si se les habla acerca de Dios como Padre, amigo, ayudador, Él que nos ama a pesar de toda nuestra debilidad y pecado, toda nuestra necedad, se les ilumina el rostro; estamos en la misma onda de inmediato.  Pero si se les hable de Dios como Juez, fruncen el ceño y sacuden la cabeza.  Se resisten a aceptar semejante idea.  La encuentran repelente e indigna.

    Pero pocas cosas en la Biblia se recalcan más enfáticamente que la realidad de la obra de Dios como Juez.  La palabra «Juez» se aplica a Dios con frecuencia.  Abraham, intercediendo por Sodoma, esa ciudad que Dios estaba a punto de destruir, exclamó diciendo: «El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?» (Gn. 18:25).  Jefté, concluyendo su ultimátum a los invasores amonitas, les declaró: «Yo nada he pecado contra ti, más tú haces mal conmigo peleando contra mí Jehová, que es el Juez, juzgue hoy entre los hijos de Israel y los hijos de Amón» (Jc. 11:27); «Dios es el Juez,» declaró el salmista (Sal. 75:7); «Levántate, oh Dios, juzga la tierra» (Sal. 82:8).  En el Nuevo Testamento el escritor de Hebreos habla de «Dios el Juez de todos» (Heb. 12:23).

    Pero no es cuestión de palabras meramente; la realidad del juicio divino, como hecho, aparece en página tras página del relato de la Biblia.

    Dios juzgó a Adán y Eva expulsándolos del jardín de Edén y pronunciando maldiciones sobre su futura vida terrenal (Gn. 3).  Dios juzgó al mundo corrompido de la época de Noé enviando un ­diluvio que destruyese a la humanidad (Gn. 6-8).  Dios juzgó a Sodoma y Gomorra, envolviéndolas en una catástrofe volcánica (Gn. 18-19).  Dios juzgó a los capataces egipcios de los israelitas, exactamente como había dicho que Él haría (Gn. 15:14), desencadenando contra ellos los terrores de las diez plagas (Éx. 7-12).

    Dios juzgó a los que adoraron al becerro de oro, valiéndose de los levitas como ejecutores (Éx. 32:26-35).  Dios juzgó a Nadab y Abiú por ofrecer fuego extraño (Lv. 10:1-3), como más tarde juzgó a Coré, Datán, y Abiram, las que fueron tragadas por un temblor de tierra.  Dios juzgo a Acán por un robo; él y los suyos fueron exterminados (Jos. 7).  Dios juzgó a Israel por su infidelidad después de haber entrado en Canaán, haciendo que fueran subyugados por otras naciones (Jc. 2:11-15; 3:5-8; 4:1-3).  Mucho antes de que entraran en la tierra prometida, Dios amenazó a Su pueblo con la deportación, como castigo por su impiedad, y, eventualmente, luego de repetidas advertencias por parte de los profetas, los juzgó dando cumplimiento a Su amenaza; el reino del norte (Israel) fue víctima de los asirios y el pueblo fue llevado cautivo; el reino del sur (Judá) sufrió la ­cautividad babilónica (2 Re. 17; 22:15-17; 23:26-27).  En Babilonia, Dios juzgó tanto a Nabucodonosor como a Belsasar por su impiedad.  Al primero se le dio tiempo para que enmendara su vida, al segundo no (Dn. 4:5, 27, 34; 5:5-6, 23-28, 30).

    Los relatos de juicio divino no se limitan tampoco al Antiguo Testamento.  En el relato del Nuevo Testamento reciben juicio los judíos por rechazar a Cristo (Mt. 21:43-44; 1 Tes. 2:14-16), Ananías y Safira por mentirle a Dios (Hch. 5:1-10), Herodes por su orgullo (Hch. 12:21-23).  Elimas por su oposición al Evangelio (Hch. 13:8-11), los cristianos en Corinto, que fueron afligidos con enfermedad (la que en algunos casos resultó fatal), en razón de su grosera irreverencia en relación, particularmente, con la Cena del Señor (1 Cor. 11:29-32).  Esta no es más que una selección de los abundantes relatos de actos divinos de juicio que contiene la Biblia.

    Cuando pasamos de la historia bíblica a la enseñanza bíblica – la ley, los profetas, los libros sapienciales, las palabras de Cristo y Sus apóstoles – encontramos que el pensamiento de la acción de Dios como juez domina todo lo demás.  La legislación mosaica es promulgada en nombre de Dios, que es justo juez, y no titubeará en aplicar penas mediante la acción providencial directa, si Su pueblo quebranta Su ley.  Los profetas retornan este tema; más todavía, la mayor parte de la enseñanza registrada consiste en exposición y aplicación de la ley, en amenazas de juicio contra los que hacen caso omiso de la ley y contra los impenitentes.  ¡Dedican mucho más tiempo a predicar juicio que a predecir la venida del Mesías y Su reino!  En la literatura sapiencial encontramos el mismo punto de vista; la consideración básica, invariable y segura, que está en la raíz de todas las discusiones sobre los problemas de la vida en Job y Eclesiastés, y todas las máximas prácticas de los Proverbio, es la de que «te juzgará Dios,»  «Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa secreta, sea buena o sea mala» (Ecl. 11:9; 12:14).

    La gente que en realidad no lee la Biblia confiadamente nos asegura que, cuando pasamos del Antiguo Testamento al Nuevo, el tema del juicio divino pasa a un segundo plano; pero si examinamos el Nuevo Testamento, aun del modo más superficial, encontramos de inmediato, que el énfasis del Antiguo Testamento relativo a la acción de Dios como Juez, lejos de reducirse, se acentúa.

    Todo el Nuevo Testamento está dominado por la certidumbre de que en un día venidero habrá un juicio universal, y por el problema que esto plantea: ¿cómo podemos nosotros los pecadores arreglar cuentas con Dios mientras todavía hay ­tiempo?  El Nuevo Testamento contempla a la distancia «el día del juicio,» «el día de la ira,» «la ira venidera,» y proclama a Jesús como el divino Salvador, como el Juez divinamente señalado.

    El juez que está delante de la puerta (Stg. 5:9), listo «para juzgar a vivos y a muertos» (1 Pe. 4:5), el «juez Justo» que le dará a Pablo su corona (2 Tim. 4:8), es el Señor Jesucristo el que «Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos» (Hch. 10:42).  Dios «ha establecido un día en el cual va a juzgar al mundo con justicia, por aquel varón a quien designo,» les dijo Pablo a los atenienses (Hch. 17:31); y a los romanos les escribió que «Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi Evangelio» (Rom. 2:16).

    El propio Jesús dice lo mismo.  «El Padre…todo el juicio dio al Hijo…el Padre…le dio autoridad de hacer juicio…vendrá la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán Su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de condenación» (la New English Bible dice aquí: «se levantarán para oír su sentencia») (Juan 5:22, 27-29).  El Jesús del Nuevo Testamento, que es el Salvador del mundo, es también su Juez. 

Las características del Juez

    ¿Qué significa esto, pues?  ¿Qué involucra la idea de que el Padre, o Jesús, sea juez?  Comprende por lo menos cuatro cosas.

    1.  El juez es una persona con autoridad.  En el mundo bíblico el rey era siempre el juez supremo, porque era la autoridad suprema.  Es sobre esta base, según la Biblia, que Dios es juez de este mundo.  Como nuestro: Hacedor, somos propiedad de Él, y corno nuestro Propietario, tiene derecho a disponer de nosotros; tiene, por lo tanto, derecho a dictar leyes y a recompensarnos según que las guardemos o no.  En la mayoría de los estados modernos la legislatura y la jurisprudencia están separadas a fin de que el juez no haga las leyes que tiene que aplicar; pero en el mundo antiguo no era así, y tampoco lo es con Dios.  Él es tanto el Legislador corno el Juez.

    2.  El juez es la persona que se identifica con lo que es bueno y justo.  La idea moderna de que el juez tiene que ser frío y desapasionado no tiene cabida en la Biblia.  El juez bíblico tiene que amar la justicia y el juego limpio, y tiene que detestar todo lo que sea mal trato del hombre por el hombre.  Un juez injusto, que no tiene interés en asegurarse de que el bien triunfe sobre el mal, constituye, según las normas bíblicas, una monstruosidad.  La Biblia no nos deja con dudas de que Dios ama la justicia y odia la iniquidad, y de que el ideal del juez totalmente identificado con todo lo bueno y justo se cumple perfectamente en Él.

    3.  El juez es una persona con sabiduría, para discernir la verdad.  En el mundo bíblico la primera tarea del juez es la de constatar los hechos del caso que se le presenta.  No hay jurado; es responsabilidad de él, y de él solo, interrogar, volver a interrogar en caso necesario, y descubrir las mentiras, ver a través de las evasivas, y establecer como son las cosas realmente.  Cuando la Biblia muestra a Dios como juez, destaca Su omnisciencia y Su sabiduría, como Él que escudriña los corazones y Él que descubre los hechos.  Nada se le escapa; podremos engañar a los hombres, pero no podemos engañar a Dios.  Él nos conoce, y nos juzga, tal como realmente somos.

    Cuando Abraham se encontró con el Señor en forma humana en el encinar de Mamre, el Señor le dio a entender que estaba en camino a Sodoma para establecer la verdad acerca de la situación moral imperante allí.  «Por cuanto el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo, descenderé ahora, y veré si han consumado su obra según el clamor que ha venido hasta mí; y si no, lo sabré» (Gn. 18:20-21).  Así es siempre.  Dios lo sabrá.  Su juicio es según verdad – verdad factual, tanto como verdad moral.  El juzga «los secretos de los hombres,» no solamente la fachada exterior.  No en vano dice Pablo que «todos hemos de ser manifestados ante el tribunal de Cristo» (2 Cor. 5:10).

    4.  El juez es la persona con poder para ejecutar sentencia.  El juez moderno no hace más que pronunciar la sentencia; otro departamento de tribunal judicial se encarga luego de cumplirla.  Así era también en el mundo antiguo.  Pero Dios es Su propio ejecutor.  Así como legisla y sentencia, también castiga.  Todas las funciones judiciales se juntan en Él. 

La retribución

    De lo que se ha dicho queda claro que la proclamación bíblica de la obra de Dios como Juez es parte de su testimonio del carácter divino.  Confirma lo que se dice en otra parte acerca de Su perfección moral.  Su justicia, Su sabiduría, Su omnisciencia, y Su omnipotencia.  Nos muestra, igualmente, que la médula de la justicia que expresa el carácter de Dios es la retribución, el dar a los hombres lo que ellos han merecido; porque esta es en esencia la tarea del juez.  El otorgar bien por y mal por bien mal es natural a Dios.

    De manera que cuando el Nuevo Testamento habla del juicio final, el representa siempre en términos de retribución.  Dios ha de juzgar a todos los hombres, dice, «conforme a sus obras» (Mt. 16:27; Ap. 20:12-13).  Pablo amplía: «Dios…pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en hacer bien, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia.  Tribulación y angustia sobre todo ser humano que obra el mal…gloria y honra y paz a todo el que obra el bien…porque ante Dios no hay acepción de personas» (Rom. 2:6-11).  El principio de la retribución se aplica a todos: los cristianos, tanto como los no cristianos, recibirán según sus obras.  Los cristianos están incluidos explícitamente en la referencia cuando Pablo dice, «Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno recoja según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo» (2 Cor. 5:10).

    De modo que la retribución aparece como la expresión natural y predeterminada de la naturaleza divina.  Dios ha resuelto ser el Juez de todo hombre, para recompensar a cada cual según sus obras.  La retribución es la ineludible ley moral de la creación; Dios se asegurará de que todo hombre reciba tarde o temprano lo que se merece – si no aquí, en el más allá.  Este es uno de los hechos básicos de la vida.  Además, habiendo sido hechos a la imagen de Dios, todos sabemos en el fondo que es justo que así sea.  Así es como tiene que ser.

    Con frecuencia nos quejamos de que, como dijo cierto malhechor, «no hay justicia.»  El problema del salmista, que veía como hombres inocentes estaban siendo víctimas, y que los impíos «no saben de desdichas de mortales» sino que prosperan y tienen paz (Sal. 73), se resuena vez tras vez en la experiencia humana.  Pero el carácter de Dios es la garantía de que todos los males serán rectificados algún día; cuando llegue «el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios» (Rom. 2:5), la retribución será exacta, y no habrá problemas de injusticia cósmica para atormentamos.  Dios es el Juez, de modo que se hará justicia.

    ¿Por qué es, entonces, que los hombres esquivan el pensamiento de Dios como Juez?  ¿Por qué sienten que se trata de un concepto indigno de Dios?  La verdad está en que parte de la perfección moral de Dios es Su perfección para juzgar.  ¿Acaso un Dios a quien no le interesara la diferencia entre el bien y el mal sería un Ser bueno y admirable?  ¿Acaso un Dios que no hiciera distinción entre las bestias de la historia, los Hitler y los Stalin (si nos atrevemos a mencionar nombres), y los santos sería moralmente digno de alabanza y perfecto?  La indiferencia moral sería una imperfección en Dios, no una perfección.  Pero no juzgar al mundo sería mostrar indiferencia moral.  La prueba definitiva de que Dios es un Ser moral perfecto, a quien preocupan cuestiones de bien y mal, es el hecho de que se ha comprometido a juzgar al mundo.

    Resulta claro que la realidad del juicio divino tiene que tener un efecto directo sobre nuestra perspectiva de la vida.  Si sabemos que el juicio retributivo nos espera al final del camino no viviremos como de otro modo lo haríamos.  Pero no debemos olvidar que la doctrina del juicio divino, y particularmente la del juicio final, no debe entenderse como un fantasma con el cual asustar a los hombres para obligarlos a adoptar una apariencia exterior de «justicia» convencional.  Indudablemente tiene aterradoras derivaciones para los impíos; pero su función principal consiste en revelar el carácter moral de Dios, y en impartir significación moral a la vida humana.  Lean Morris escribió así:

    «La doctrina del juicio final…destaca la responsabilidad del hombre y la seguridad de que la justicia ha de triunfar finalmente sobre todos los males que son parte integrante de la vida aquí y ahora.  Lo primero acuerda dignidad a la acción más humilde, lo segundo otorga paz y seguridad a quienes se encuentren en lo más intenso de la lucha.  Esta doctrina le da sentido a la vida…El punto de vista cristiano del juicio significa que la historia se mueve hacia una meta…El juicio protege la idea del triunfo de Dios y del bien.  Resulta inconcebible que el conflicto actual entre el bien y el mal haya de ser resuelto de forma autoritaria, decisiva, y definitiva.  El juicio significa que al final la voluntad de Dios se hará en forma perfecta.»  (The Bíblical Doctrine al Judgment/La doctrina bíblica del juicio, p. 72). 

Jesús el Agente del Padre

    No siempre se comprende que la autoridad principal, en cuanto al juicio final en el Nuevo Testamento, es el propio Señor Jesucristo.  Con toda razón el ceremonial fúnebre anglicano se dirige a Jesús en una misma frase con las palabras «santo y misericordioso Salvador, dignísimo Juez eterno.»  Porque Jesús afirmaba constantemente que en aquel día cuando todos comparezcan ante el trono de Dios para recibir las consecuencias permanentes y eternas de la vida que han vivido, Él Mismo será el agente judicial del Padre, y que Su palabra de aceptación o rechazo será definitiva.  Pasajes que deben considerarse en relación con esto son, entre otros, Mateo 7:13-27; 10:26-33; 12:36-37; 13:24-50; 22:1-14; 24:36–25:46; Lucas 13:23-30; 16:19-31; Juan 5:22-30.

    La prefiguración más clara de Jesús como Juez se encuentra en Mateo 25:31-34, 41: «El Hijo del Hombre…se sentará en Su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones [es decir, todos]; y separará a los unos de los otros…Entonces el Rey dirá a los de Su derecha: Venid, benditos de Mi Padre, heredad…Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno….»

    El relato más claro de la prerrogativa de Jesús como Juez se encuentra en Juan 5:22-23, 26-29: «El Padre juzga a nadie, sino que ha dado todo juicio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre…el Padre…le dio autoridad de ejecutar juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre [a quien le fue prometido dominio, incluyendo funciones Judiciales; Daniel 7:13-14]…porque va a llegar la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán Su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; más los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.»  El mandato de Dios mismo ha hecho inescapable a Cristo Jesús.  Se encuentra al final del camino de la vida para todos sin excepción.  «Prepárate para venir al encuentro de tu Dios» fue el mensaje de Amós a Israel (Amos 4:12); «prepárate para venir al encuentro del Cristo resucitado» es el mensaje de Dios al mundo en la actualidad (véase Hechos 17:31).  Podemos estar seguros de que aquel que es verdadero Dios y perfecto hombre obrará como juez perfecto. 

El índice del corazón

    El juicio final, como vimos, será según nuestras obras, es decir, nuestros actos, todo el curso de nuestra vida.  La relevancia de nuestros «actos» no está en que jamás merezcan un premio del tribunal – son demasiado imperfectos para que así sea – sino en que proporcionan un índice de lo que hay en el corazón, lo que, en otras palabra, constituye la verdadera naturaleza de cada agente.  Jesús dijo cierta vez que «de toda palabra ociosa que hablen los hombres, darán cuenta en el día del juicio.  Porque por tus palabras serás justiciado, y por tus palabras serás condenado» (Mt. 12:36-37).  ¿Qué significación tiene las palabras que emitimos (emisión que constituye, desde luego, una «obra» en el sentido que aquí corresponde)?  Nada más que ésta: las palabras demuestran lo que uno es por dentro.  Jesús acababa de decir esto mismo.  «Por el fruto se conoce el árbol…¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?  Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca» (vv. 33-34).  De igual modo, en el pasaje de las ovejas y los cabritos, se apela al hecho de si los hombres habían o no aliviado las necesidades de los cristianos.  ¿Qué importancia tiene esto?  No se trata de que un modo de obrar fuese meritorio mientras que el otro no, sino de que estas acciones pueden determinar si hubo amor a Cristo, el amor que surge de la fe, en el corazón (véase Mateo 25:34-36).

    Unas vez que comprendamos que la importancia de las obras en el juicio final es la de ofrecer un índice del carácter espiritual, se hace posible contestar un interrogante que desconcierta a muchas personas.  Lo podemos formular de este modo.  Jesús dijo: «El que oye Mi palabra, y cree al que Me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de la muerte a la vida» (Juan 5:24).  Pablo dijo: «Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno recoja según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo» (2 Cor. 5:10).  ¿Cómo podemos conciliar estas dos afirmaciones?  ¿Pueden ser compatibles el perdón gratuito y la justificación por la fe con el juicio según las obras?

    La respuesta parece ser la siguiente.  Primero, el don de la justificación protege indudablemente a los creyentes de la condenación y de la expulsión de la presencia de Dios como pecadores.  Esto surge de la visión de juicio en Apocalipsis 20:11-15, donde, a la par de «los libros» que contienen las obras de cada hombre, se abre también «el libro de la vida,» y aquellos cuyos nombres están escritos en él no son lanzados «al lago de fuego,» como el resto de los hombres.  Pero, segundo, el don de la justificación no impide en absoluto que el creyente sea juzgado como tal, ni lo protege contra la pérdida del bien que disfrutarán otros, si resulta que como cristiano ha sido negligente, malicioso, y destructivo.  Esto es lo que surge de la advertencia de Pablo a los corintios, en el sentido de que tuvieran cuidado en cuanto al estilo de vida que edificaban en Cristo, el único fundamento.  «Si sobre este fundamento oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el Día la declarará, pues por el fuego será revelada…Si permanece la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa.  Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como a través del fuego» (1 Cor. 3:12-15).  La «recompensa» y la «pérdida» significan una relación enriquecida o empobrecida con Dios, aunque en qué forma no nos es dado saberlo en el presente.

    El juicio final se hará también según nuestro conocimiento.  Todo el mundo tiene algún conocimiento de la voluntad de Dios a través de la revelación general, aun cuando no hayan sido instruidos en la ley o el Evangelio, y todo el mundo es culpable ante Dios por no haber cumplido según su grado de conocimiento del bien.  Pero el castigo merecido será graduado según haya sido ese conocimiento del bien; véase Romanos 2:12, y compárese con Lucas 12:47-48.  El principio que está en juego aquí es el de que «a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le exigirá» (v. 48).  La justicia de esto resulta obvia.  En cada caso el Juez de toda la tierra obrará con justicia.

No hay por qué huir

    Pablo se refiere al hecho de que todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo denominándolo «el temor del Señor» (2 Cor. 5:11), y nada más justo.  Jesús el Señor, igual que Su Padre, es santo y puro; nosotros no somos ninguna de las dos cosas.  Vivimos a la vista del Señor, Él conoce nuestros secretos, y en el día del juicio la totalidad de nuestra vida será pasada en revista, por así decido, en Su presencia.  Si realmente nos conocemos, sabemos que no estamos en condiciones de aparecer delante de Él.  ¿Qué hemos de hacer, entonces?  La respuesta del Nuevo Testamento es esta: pedidle al Juez que ha de venir que sea vuestro Salvador presente.  Como Juez, Él es la ley, pero como Salvador es el Evangelio.  Si nos escondemos de Él ahora, nos encontraremos con Él luego como Juez – y ya sin esperanza.  Busquémoslo ahora, y lo encontraremos (porque «el que busca halla»), y entonces descubriremos que podemos esperar ese futuro encuentro con alegría, sabiendo que ahora ya «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Rom. 8:1).

    Por lo tanto, Mientras haya de vivir; y al instante de expirar, cuando vaya a responder, a tu augusto tribunal, sé mi escondedero fiel, Roca de la eternidad. 

    – Extraído del libro Hacia el conocimiento de Dios publicado por Editorial Unilit. Copyright © 1997 por Logoi, Inc., 1973 por J.I. Packer.  Usado con permiso.