«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Sigamos Ardorosamente En Pos De Dios

Por A. W. Tozer 

    ...El impulso de salir en busca de Dios emana del propio Dios, pero el ­resultado de dicho impulso es que sigamos ardorosamente en pos de Él.  Y mientras andamos en pos de Él, estamos en Sus manos.  «Tu diestra me ha sostenido» (Sal. 63:8).

    En este «sostén» divino, y «seguimiento» humano no hay contradicción alguna, porque como dice von Hugel, Dios es siempre previo.  Pero en la práctica (esto es, cuando el hombre responde a la obra de Dios) el hombre debe salir en busca de Dios.  Debe haber de nuestra parte una respuesta recíproca a la atracción de Dios, si queremos disfrutar de la experiencia.

    Este interés, este anhelo ferviente, lo tenemos expresado en el Salmo 42, donde dice, «Como el siervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por Ti, oh Dios, el alma Mía.  Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo.  ¿Cuándo vendré, y pareceré delante de Dios?»  Este es un profundo llamado a lo profundo, y así lo entenderá el corazón anhelante….

    Cuando el Espíritu nos da vida en la regeneración todo nuestro ser siente el parentesco con Dios.  Y gozoso se apresura a reconocerlo.  Este es el nacimiento celestial sin el cual no podemos ver el reino de Dios.  Pero la regeneración, o nuevo nacimiento, no es el fin del proceso sino simplemente el principio.  Es el mero momento cuando comenzamos la búsqueda, la feliz exploración que hace el alma en busca de las inescrutables riquezas de la Divinidad.  Es ahí donde comenzamos, pero nadie puede decir dónde nos detendremos, pues las misteriosas profundidades de Dios, Trino y Único, no tienen fin….

    El haber hallado a Dios, y seguir buscándole, es una de aquellas paradojas del amor, que miran despectivamente algunos ministros que se satisfacen con poco, pero que no satisfacen a los buenos hijos de Dios de corazón ardiente.

    San Bernardo se refirió a esta santa paradoja en un sonoro cuarteto que comprenderán fácilmente aquéllos que rinden culto a Dios con sincero corazón:

    Gustamos de Ti, Santo y Vivo Pan
    y ansiamos seguir comiendo aún más;
    Bebemos de Ti, Puro Manantial
    sin querer dejar de beber jamás. 

    Acerquémonos a los santos hombres y mujeres del pasado, y no tardaremos en sentir el calor de su ansia de Dios.  Gemían por Él, oraban implorando Su presencia, y le buscaban día y noche, en tiempo y fuera de tiempo.  Y cuando lo hallaban, les era tanto más grato el encuentro cuanto había sido el ansia con que lo habían buscado.

    Moisés se valió de que ya conocía a Dios para pedir conocerle más:  «Ahora pues, si he hallado gracia en Tus ojos, ruégote que me muestres ahora Tu camino, para que Te conozca, porque halle gracia en Tus ojos» (Éx. 33:13).  Y después se atrevió a hacer una solicitud aún más atrevida:  «Ruégote que me muestres Tu gloria» (v. 18).  A Dios le agradó este despliegue de ardor, y al día siguiente le dijo a Moisés que subiera al monte, y allá le hizo ver toda Su gloria.

    La vida de David fue un torrente de deseos espirituales.  En sus salmos abundan los clamores del que busca y las exclamaciones del que encuentra.  Pablo afirma que el más grande deseo de su corazón era hallar a Cristo:  «Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo» (Flp. 3:8).

    ...Hemos caído en las redes de la falsa lógica que dice que si ya tienes a Dios, no necesitas buscarle.  Tal argumento se presenta como la flor y nata de la ortodoxia, y se da por sentado que ningún cristiano instruido en la Biblia cree otra cosa.  Por eso hacen a un lado toda sincera y afanosa búsqueda de comunión espiritual con Cristo, haciendo que los cultos sean meras formalidades sin vida.

    Rehúyen así la teología del corazón que experimentaron y experimentan aún multitudes de santos, y aceptan una presunta interpretación de las Escrituras que habría asombrado a Jesús y los apóstoles. 

¡Oh, Dios, muéstrame Tu gloria!

    Reconozco que hay muchos todavía, en medio de esta general tibieza, que no se conforman con ese lógica superficial.  Pero se alejan llorando, buscando algún sitio tranquilo donde orar diciendo, «¡Oh, Dios, muéstrame Tu gloria!»  Es que quieren probar, tocar con sus corazones y ver con los ojos del alma al Dios maravilloso.

    Mi deliberada intención es estimular este deseo de hallar a Dios.  Es la carencia de ese deseo, de esa hambre, lo que ha producido la actual situación de desgano, tibieza y desinterés en que está sumida la iglesia.  La vida religiosa, fría y mecánica que vivimos es lo que ha producido la muerte de esos deseos.  La complacencia es la enemiga mortal de todo crecimiento espiritual.  Si no sentimos vivos deseos de verle, Cristo nunca se manifestará a Su pueblo.  ¡Él quiere que le deseemos!  Y triste es decirlo, Él nos está esperando a muchos de nosotros por mucho tiempo.  Y hasta ahora ha sido en vano.

    Cada siglo tiene sus propias características.  Actualmente estamos en una época de complejidad religiosa.  Es muy raro encontrar la sencillez de Cristo.  Esta ha sido reemplazada por planes, métodos, organizaciones y un mundo de actividades frenéticas que se llevan todo nuestro tiempo y atención, pero que no satisfacen los anhelos del alma.  La escasa profundidad de nuestra experiencia, lo hueco de nuestro culto, y la manera servil como imitamos al mundo, todo india el superficial conocimiento que tenemos de Dios.  Y que es muy poco lo que sabemos acerca de Su paz.

    Si queremos hallar a Dios en medio de tanta aparatosidad religiosa, lo primero que debemos hacer es encontrarlo a Él, para luego seguir en pos de Él con toda sencillez.  Hoy en día, como lo ha hecho siempre, Dios se manifiesta a los «niños,» y se oculta de los sabios y entendidos.  Debemos allegarnos a Él del modo más sencillo, y para ello, debemos valernos de medios esenciales, que son ciertamente muy pocos.  Debemos evitar toda cosa que tienda a llamar la atención, y acercarnos a Él con el candor y la sinceridad de la niñez.  Si así lo hacemos, Dios no tardará en responder.

    Cuando la religión ha dicho la última palabra, nada necesitamos sino a Dios Mismo.  La mala costumbre de buscar a Dios junto con otras cosas, nos impide hallarle a Él Mismo, y que nos revele toda Su plenitud.  Es en esas otras cosas donde está la causa de nuestra desdicha.  Si dejamos esa vana búsqueda adicional muy pronto encontraremos a Dios, y en Él hallaremos todo lo que anhelamos.

    El autor del clásico libro inglés The Cloud of Unknowing (La Nube de lo Desconocido), nos dice cómo podemos hacerlo:  «Eleva tu corazón a Dios con amor humilde y sincero, y búscalo a Él, y no a Sus dones.  Piensa en Dios y busca solo a Dios, solo por lo que Dios es.  Esta es la obra del alma que más agrada a Dios.»

    También recomienda el mismo autor que al orar nos despojemos de todo, hasta de nuestra teología, pues «basta la intención desnuda que se dirige a Dios sin apelar a ningún otro recurso, sino dependiendo únicamente de Él.»  Por debajo de estos pensamientos descansa la verdad del Nuevo Testamento, pues sigue explicando que «Dios te ha hecho, y te ha comprado, y movido por su tierna gracia, te llama.»  Lo que él quiere es la sencillez.  «Si queremos que se nos dé la religión envuelta y arrollada en una sola palabra, esta una palabra de dos sílabas, que por su misma pequeñez concuerda con la obra del Espíritu.  Esta palabra es AMOR.»

    Cuando Dios dividió la tierra de Canaán entre las tribus de Israel, Leví no recibió ninguna porción.  A esta tribu Dios le dijo simplemente «Yo soy tu parte y tu heredad» (Nm. 18:20).  Y por esta palabra Leví fue más rico que ninguna de las otras tribus, y que todos los reyes del mundo.  Aquí hay un principio espiritual que continúa en vigor en el Nuevo Testamento.

    El hombre que tiene a Dios por su posesión, tiene todo lo que es necesario tener.  Podrá carecer de todos los tesoros materiales, o si los posee, estos no le producirán ningún placer especial.  Y si los ve desaparecer, uno tras otro, apenas podrá sentir la pérdida, porque teniendo a Dios tiene la fuente de toda felicidad.  No importa cuántas cosas pierda, de hecho no ha perdido nada.  Todo lo que posee, lo posee en Dios, pura y legítimamente para siempre.

    ¡Oh Dios!  He probado Tus bondades, y a la par que ellas me han satisfecho, me han dejado sediento por más.  Reconozco que necesito más y más gracia.  Estoy avergonzado de mi falta de interés.  Oh Dios, Trino Dios, quiero tener más vivos deseos de Ti; deseo que me llenes de esos deseos; quiero que me des más dé Ti.  Te ruego que me hagas ver Tu gloria, para que pueda conocerte mejor.  Comienza dentro de mí una nueva obra de amor.  Dile a mi alma, «¡Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y vente!» (Cant 2:10).  Dame la gracia necesaria para que pueda levantarme y seguir en pos de Ti, elevándome por encima de esta tierra baja y nublada donde he andado errante tanto tiempo.  En el Nombre de Jesús, amén. 

    – Condensar de La Búsqueda De Dios por A. W. Tozer.  Copyright © 1948 por Christian Publications.  Usado con permiso de Wingspread Publishers, an imprint of Moody Publishers. www.MoodyPublishers.com