«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Hierro – Fuego Divino
Por Oswald J. Smith

    «El mundo no ha visto todavía,» dijo D. L. Moody, «lo que Dios puede hacer por medio de un hombre que se le haya rendido.»  Moody fue ungido, pero fue el hecho de que rindiera su vida lo que le transformó en la potencia que era; en otras palabras, su contacto diario con Dios cuando recibía una nueva unción para cada nuevo servicio.

    Por ejemplo, aquí hay fuego y un trozo de hierro.  Si quiero que el hierro se caliente, he de colocarlo en contacto con el fuego.  Y si quiero darle una experiencia excepcional, que no ha tenido nunca, lo introduzco súbitamente en el fuego, con lo que se volverá rojo, candente.  Pero esto no cubre su necesidad de calor para todo el tiempo futuro.  No puedo decir:

    «Al fin he tenido una gran experiencia, sentimientos maravillosos; estoy candente, y candente para todo el tiempo venidero.  Y ahora todo lo que toque se pondrá también candente.»  Y luego, pensando que esto es suficiente en sí, intencionalmente abandonar el fuego y salir con la misión que sea, dando por sentado que toda la escoria ha sido eliminada y ahora puedo impartir su calor por donde vaya.  ¡Oh, no!  Pronto el hierro volverá a estar frío y totalmente incapaz de impartir calor.  ¿Qué hemos de hacer, pues?  Hemos de tenerlo cerca del fuego, y sólo así participará del calor del fuego.  Sólo así podrá impartir su calor.

    Lo mismo te ocurre a ti, amigo.  Es posible que tengas una gran experiencia.  Que participes del fuego divino.  Puedes haber tenido visiones y revelaciones maravillosas.  Pero a menos que sigas en contacto diario con el fuego de la presencia de Dios, pronto te hallarás frío e impotente.  Si la unción ha de permanecer, será necesario que estés en comunión diaria con el que unge.  La bendición sólo puede ser mantenida por medio del contacto constante con el que bendice.  No hay caminos fáciles; no sé de ninguna experiencia que dure para toda la vida.  Hay que pagar el precio.  Y el precio en este caso es el contacto diario con Dios.  Y este precio sólo pocos están dispuestos a pagarlo.  Procuran bendiciones y manifestaciones.  Agonizan y oran.  Buscan visiones y revelaciones.  Pero esta espera diaria en Dios, que establece y consolida, esto lo descuida.

    ¿Tienes establecido, amigo, un lugar en que encontrarte con Dios?  ¿Has asignado una hora?  ¿O bien estás siempre ocupado?  ¿Observas la vela matutina, la hora quieta?  ¿Es Jesucristo real para ti?  ¿Le conoces?  ¿O bien te lo han presentado meramente?  Le has encontrado, naturalmente.  Le has encontrado cuando te convertiste.  Pero, ¿le conoces?  ¿Te has familiarizado con Él?  ¿Le visitas regularmente?  ¿Qué significa para ti?  Yo he conocido a mucha gente, pero muy pocos de modo íntimo.  Tienes que vivir con las personas que conoces íntimamente.  Pasa mucho tiempo hasta que se establece esta relación.  ¿Le dedicas el tiempo?  Has de andar con Dios.

    ¿No tiene Él deseos de tener comunión con los suyos?  ¡Ay, sí!  Y Él quiere estar contigo cada día.  Y si tú has de participar del fuego divino, tienes que estar en contacto constante con Él, o vas a enfriarte.  Tienes que andar con Dios.