«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Omnisciencia De Dios

Por Arthur W. Pink

    Dios es omnisciente, lo conoce todo: todo lo posible, todo lo real, todos los acontecimientos y todas las criaturas del pasado, presente y futuro.  Conoce perfectamente todo detalle en la vida de todos los seres que están el cielo, en la tierra y en el infierno.  «Conoce lo que está en tinieblas» (Dn. 2:22).  Nada escapa a Su atención, nada puede serle escondido, no hay nada que pueda olvidar.  Bien podemos decir con el salmista: «Más maravillosa es la ciencia (conocimiento) que mi capacidad; alta es, no puedo comprenderla» (Sal. 139:6).  Su conocimiento es perfecto; nunca se equivoca, ni cambia, ni pasa por alto cosa alguna.  «Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en Su presencia; antes todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de Aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Heb. 4:13).  ¡Sí, tal es el Dios a quien tenemos que dar cuenta!

    «Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme, has entendido desde lejos mis pensamientos.  Mi senda y mi acostarme has rodeado, y estás impuesto en todos mis caminos.  Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, Tú la sabes toda» (Sal. 139:2-4).  ¡Qué maravilloso ser es el Dios de la Escritura!  Cada uno de Sus gloriosos atributos debería de honrarle en nuestra estimación.  La comprensión de Su omnisciencia debería de inclinarnos ante Él en adoración.  Con todo, ¡cuán poco meditamos en su perfección divina!  ¿Es ello debido a que, aun el pensar en ella, nos llena de inquietud?

    ¡Cuán solemne es este hecho: nada puede ser escondido a Dios!  «Las cosas que suben a vuestro espíritu, yo las he entendido» (Ez. 11:5).  Aunque sea invisible para nosotros, nosotros no lo somos para Él.  Ni la oscuridad de la noche, ni la más espesa cortina, ni la más profunda mazmorra pueden esconder al pecador de los ojos de la Omnisciencia.  Los árboles del huerto fueron incapaces de esconder a nuestros primeros padres.  Ningún ojo humano vio a Caín cuando asesinó a su hermano, pero su Creador fue testigo del crimen.  Sara podía reír burlonamente oculta en su tienda, mas Jehová la oyó.  Acán robó un lingote de oro que escondió cuidadosamente bajo tierra, pero Dios lo sacó a la luz.  David se tomó mucho trabajo en esconder su iniquidad, pero el Dios que todo lo ve no tardó mucho en mandar uno de sus siervos a decirle: «Tú eres aquel hombre.»  Y al escritor y al lector se les dice: «Sabed que os alcanzará vuestro pecado» (Nm. 32:23).

    Si pudieran, los hombres despojarían a la Deidad de Su omnisciencia; ¡qué prueba de que «la intención de la carne es enemistad contra Dios»! (Rom. 8:7).  Los hombres impíos odian esta perfección Divina que, al mismo tiempo, se ven obligados a admitir.  Desearían que no existiera el Testigo de sus pecados, el Escudriñador de sus corazones, el Juez de sus acciones.  Intentan extirpar de sus pensamientos a un Dios tal: «Y no dicen en su corazón que tengo en la memoria toda su maldad» (Os. 7:2)  ¡Cuán solemne el octavo versículo del Salmo 90:8!  Todo aquel que rechaza a Cristo tiene buenas razones para temblar ante Él: «Pusiste nuestras maldades delante de Ti, nuestros yerros a la luz Tu rostro.»

    Pero la omnisciencia de Dios es una verdad llena de consolación para el creyente.  En la perplejidad, dice con Job: «Mas Él conoció mi camino» (23:10).  Ello puede ser profundamente misterioso para mí, completamente incomprensible para mis amigos, pero ¡«Él conoce»!  Cuando se sienten fatigados y decaídos, los creyentes se dicen a sí mismos: «Él conoce nuestra condición; acuérdense que somos polvo» (Sal. 103:14).  Cuando les asaltan la duda y la desconfianza apelan a este mismo atributo, diciendo: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y reconoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno» (Sal. 139:23-24).  En el tiempo de triste fracaso, cuando nuestros actos han desmentido a nuestro corazón, nuestras obras repudiadas a nuestra devoción, y hemos oído la pregunta escrutadora «¿Me amas?», hemos dicho como Pedro: «Señor, Tú sabes todas las cosas; Tú sabes que Te amo» (Juan 21:17).

    Ahí hallamos estímulo para orar.  No hay razón para temer que las peticiones de los justos no sean oídas, ni que sus lágrimas y suspiros escapen a la atención de Dios, ya que Él conoce los pensamientos e intentos del corazón.  No hay peligro de que un santo sea pasado por alto en la multitud de aquellos que cada día y cada hora presentan sus peticiones, porque la Mente infinita es capaz de prestar la misma atención a millones, que a uno solo de los que buscan su atención.  Asimismo, la falta de un lenguaje apropiado y la incapacidad de dar expresión al más profundo de los anhelos del alma, no comprometerá nuestras oraciones, porque «será que antes que clamen, responderé Yo; aun estando ellos hablando, Yo habré oído» (Is. 65:24). 

El pasado y el futuro

    «Grande es el Señor nuestro, y de mucha potencia; y de Su entendimiento no hay número» (Sal. 147:5).  Dios, no solamente conoce todo lo que sucedió en el pasado en cualquier parte de Sus vastos dominios, y todo lo que ahora acontece en el universo entero, sino que, además, es sabedor de todos los hechos, desde el más insignificante al más grande, que tendrán lugar en el porvenir.  El conocimiento del futuro por parte de Dios es tan completo como completo es Su conocimiento del pasado y el presente; y esto es así porque el futuro depende enteramente de Él.  Si algo pudiera en alguna manera ocurrir sin la directa agencia o el permiso de Dios, ello sería independiente de Él, y Dios dejaría, por ende, de ser Supremo.

    El conocimiento Divino del futuro no es una mera abstracción, sino algo inseparablemente relacionado con Su propósito y acompañado del mismo.  Dios Mismo ha designado todo lo que ha de ser, y lo que Él ha designado debe necesariamente efectuarse.  Como Su Palabra infalible afirma: «En el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, hace según Su voluntad: ni hay quien estorbe Su mano» (Dn. 4:35).  Y: «Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre; mas el consejo de Jehová permanecerá» (Pr. 19:21).  El cumplimiento de todo lo que Dios ha propuesto está absolutamente garantizado, ya que Su sabiduría y poder son infinitos.  Que los consejos Divinos dejen de ejecutarse es una imposibilidad tan grande como lo es que el Dios tres veces santo mienta.

    En lo relativo al futuro, nada hay incierto en cuanto a la realización de los consejos de Dios.  Ninguno de Sus decretos, tanto los referentes a criaturas como a causas secundarias, es dejado a la casualidad.  No hay ningún suceso futuro que sea sólo una mera posibilidad, es decir, algo que pueda acaecer o no: «Conocidas son a Dios desde el siglo todas Sus obras» (Hch. 15:18).  Todo lo que Dios ha decretado es inexorablemente cierto, porque en Él no hay mudanza ni sombra de variación (Stg. 1:17).  Por tanto, en el principio de aquel libro que nos descubre tanto del futuro, se nos habla de «cosas que deben suceder presto» (Ap. 1:1).

    El perfecto conocimiento por Dios de todas las cosas es ejemplificado e ilustrado en todas las profecías registradas en Su Palabra.  En el Antiguo Testamento se hallan docenas de predicciones concernientes a la historia de Israel que fueron cumplidas hasta en los más pequeños detalles siglos después de que fueran hechas.  Ahí, también, se hallan docenas prediciendo la vida de Cristo en la tierra, y éstas también fueron cumplidas literal y perfectamente.  Tales profecías sólo podían ser dadas por Uno que conocía el final desde el principio, y cuyo conocimiento descansaba sobre la certeza absoluta de la realización de todo lo preanunciado.  De la misma manera, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento contienen muchos anuncios todavía futuros, los cuales deben cumplirse porque fueron dados por Aquel que los decretó.

    Pero debe señalarse que ni la omnisciencia de Dios ni Su cognición del futuro, considerados en sí mismos, son causativos.  Jamás sucedió, o sucederá, algo meramente porque Dios lo sabía.  La causa de todas las cosas es la voluntad de Dios.  El hombre que realmente cree las Escrituras sabe de antemano que las estaciones continuarán sucediéndose con indefectible regularidad hasta el final de la historia de la tierra (Gn. 8:22), pero su conocimiento no es la causa de esta sucesión.  Así, el conocimiento de Dios no proviene del hecho de que las cosas son o serán, sino de que Él las ha ordenado de ese modo.  Dios conocía y predijo la crucifixión de Su Hijo muchos siglos antes de que se encarnara, y esto era así porque, en el propósito Divino, Él era el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, de ahí que leamos que fue «entregado por determinado consejo y providencia de Dios» (Hch. 2:23).

    Permítansenos ahora unas palabras a modo de aplicación.  El conocimiento infinito de Dios debería llenarnos de estupor.  ¡Cuán ilimitadamente superior al más sabio de los hombres es el Eterno!  Ninguno de nosotros conoce lo que el día de mañana nos traerá; pero el futuro entero está abierto a Su mirada omnisciente.  El conocimiento infinito de Dios debería llenarnos de santo temor.  Nada de lo que hacemos, decimos, o incluso pensamos, escapa a la percepción de Aquel a quien tenemos que dar cuenta: «Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos» (Pr. 15:3).  ¡Qué ayuda significaría esto para nosotros si meditásemos más a menudo sobre ello!  En lugar de obrar indiferentemente, diríamos, con Agar: «Tú eres el Dios de la vista» (Gn. 16:13).  La comprensión del infinito conocimiento de Dios debe llenar al cristiano de adoración.  Mi vida entera ha permanecido abierta a Su mirada desde el principio.  Él previó todas mis caídas, mis pecados, mis reincidencias; empero, así y todo, fijó Su corazón en mí.  La comprensión de este hecho, ¡cómo debe postrarme en admiración y adoración delante de Él!

    – Sacado de Los atributos de Dios por Arthur W. Pink.