«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Oración En Armonía Con El Carácter De Dios

Por Andrew Murray

    «Padre, gracias Te doy por haberme oído.  Yo sabía que siempre Me oyes» (Juan 11:41-42).

    «Mi Hijo eres Tú; Yo Te he engendrado hoy: demándame.  Pídeme Te daré» (Sal. 2:7-8).

    En el Nuevo Testamento descubrimos que se establece una distinción entre la fe y los conocimientos.  «A uno es dada por medio del Espíritu palabra de sabiduría: a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu» (1 Cor. 12:8-9).  En un niño, o en una persona mayor, Cristiano, de mente sencilla, puede haber mucha fe, juntamente con poca ciencia.  La sencillez infantil acepta la verdad sin dificultad, y a menudo no se cuida mucho de darse a sí mismo ni a los demás mayor razón para su fe que esta: Dios lo ha dicho.  Pero es la voluntad de Dios que Le amemos y Le sirvamos, no solo con todo el corazón, sino también con toda la mente: vayamos desarrollándonos en una penetración de la Divina sabiduría y de la belleza de todos Sus caminos y palabras y obras.

    Es solamente así que el creyente podrá irse aproximando plenamente, y rectamente adorar la gloria de la gracia de Dios; y es solamente así que nuestro corazón puede inteligentemente apropiar los tesoros de sabiduría y de ciencia que contiene la redención, y estar preparados para entrar de lleno en la más alta nota de esa canción que se levanta delante del trono: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios!» (Rom. 11:33).

    En nuestra vida de oración, esta verdad tiene su completa aplicación.  Mientras que la oración y la fe son tan sencillas que el convertido recién nacido puede orar con potencia, la verdadera ciencia Cristiana encuentra, no obstante, en la doctrina de la oración algunos de sus más profundos problemas.  ¿Hasta dónde es el poder de la oración una realidad?  Si así lo fuera, ¿cómo puede Dios conceder a la oración una potencia tan poderosa?  ¿Cómo puede armonizarse la acción de la oración con la voluntad y los decretos de Dios?  ¿Cómo pueden reconciliarse la soberanía de Dios y nuestra voluntad, la libertad de Dios y la nuestra? – Estas y otras cuestiones semejantes son asuntos propios para la meditación y la investigación Cristianas.  Mientras más anhelosa y reverentemente nos acercamos a tales misterios, tanto más en adoración y asombro nos prosternaremos para alabar a Él, quien en la oración ha dado tal poder al hombre.

    Una de las dificultades secretas acerca de la oración, una, que aunque no se exprese, en realidad con frecuencia impide la oración, se deriva de la perfección de Dios, en Su absoluta independencia de todo lo que está fuera de Sí mismo.  ¿No es el Ser Infinito, quien debe lo que es a Sí mismo solamente, quien Se determina a Sí mismo, y cuya sabia y santa voluntad ha determinado todo lo que debe existir?  ¿Cómo puede la oración ejercer una influencia sobre Él, o ser Él conmovido por la oración para hacer lo que de otros modo no habría hecho?  ¿No será la promesa de una contestación a nuestra oración, meramente una condescendencia a nuestra debilidad?  ¿Todo aquello que se dice acerca del poder prevalecido de la oración – de esa potencia que (se dice) tanto prevalece – será algo más que un acomodamiento a nuestro modo de pensar, puesto que la Deidad nunca puede depender de ninguna acción fuera de Sí para lo que Él obra?  ¿Y no será la bendición de la oración simplemente la influencia que ejerce sobre nosotros mismos?

    Al buscar una respuesta a tales preguntas, hallamos la clave en el mismo ser de Dios, en el misterio de la Santa Trinidad.  Si Dios no fuera más que una sola Persona, aislado dentro de Sí mismo, no podría haber un solo pensamiento de acercamiento a Él ni de influencia sobre Él.  Pero en Dios hay tres Personas.  En Dios tenemos Padre e Hijo, quienes tienen en el Espíritu Santo Su vínculo vivo de unidad y de comunión.  Cuando el Padre dio al Hijo un lugar junto a Él como Su igual y Su consejero, se abrió entonces un camino para la oración y para su influencia dentro de la más íntima vida de la misma Deidad.

    Justamente así como sobre la tierra, así también en el cielo, la completa relación entre el Padre y el Hijo es la de dar y recibir.  Y si ese recibir tiene que ser tan voluntario, y tan determinado por sí mismo, como lo es el dar, tiene que haber de parte del Hijo un pedir y un recibir.  «Yo Te he engendrado hoy: demándame.  Pídeme Te daré.» El Padre dio al Hijo el lugar y el poder para ejercer influencia sobre Él.  El pedir del Hijo no era un mero espectáculo o una mera sombra, sino uno de esos movimientos de vida en el cual se juntó el amor del Padre y del Hijo y se completaron entre sí.  El Padre había determinado que no estaría solo en Sus consejos: y hubo un Hijo de cuyo pedir y aceptar dependerían los cumplimientos de esos consejos.  Y así hubo en el mismo Ser, en la misma Existencia y Vida de Dios un pedir, del cual la oración sobre la tierra había de ser el reflejo y el desborde.

    No fue sin incluir a esta, que Jesús dijo: «Yo sabía que siempre Me oyes.» Justamente así como la relación Filial de Jesús sobre la tierra no puede ser separada de Su condición Filial en el cielo, asimismo en cuanto a Su oración sobre la tierra, es la continuación y la contraparte de Su demandar en el cielo.  La oración del hombre Cristo Jesús, es el vínculo entre el eterno demandar del unigénito Hijo en el seno del Padre, y la oración de los hombres sobre la tierra.  La plegaria tiene su manantial y su más profunda fuente en el mismo Ser de Dios.  En el seno de la Deidad nada se efectúa jamás sin la oración – el demandar del Hijo y el dar del Padre.

    Esto podrá ayudarnos a comprender algo como la oración del hombre, viniendo por medio del Hijo, puede tener efecto sobre Dios.  Los decretos de Dios, no son decisiones hechas por Él sin referencia al Hijo, o a Su petición de Él, o a la petición a ser enviada por medio de Él.  De ninguna manera. El Señor Jesús es el primogénito, Cabeza y Heredero de todas las cosas: todas las cosas fueron creadas por medio de Él, y para Él, y todas las cosas consisten en Él.  En los consejos del Padre, el Hijo como Representante de toda la creación, siempre tuvo voz: en los decretos del propósito eterno siempre se dejaba lugar para la libertad del hijo como Mediador e Intercesor, y así lugar para las peticiones de todos los que se acercan al Padre en el Hijo.

    Y si se presentara el pensamiento que, esa libertad y poder del Hijo de obrar sobre el Padre, están opuestas a la inmutabilidad de los decretos Divinos, no olvidemos que no existe con Dios – como existe con el hombre, – un pasado por el cual Él se encuentra irrevocablemente limitado.  Dios no vive en el tiempo con su pasado y futuro; las distinciones del tiempo no tienen referencia alguna para Aquel quien habita la eternidad.  Y la eternidad es un siempre presente, ahora, en el cual el pasado nunca es pasado, y el futuro es siempre presente.  Para acomodarse a nuestra debilidad humana la Escritura tiene que hablar de decretos pasados, y de un porvenir futuro.

    En realidad la inmutabilidad del consejo de Dios está siempre en perfecta armonía con Su libertad de hacer lo que Él quiera.  No así fueron la oración del Hijo y de Su pueblo incorporados en los eternos decretos para que su efecto fuera solamente un efecto oponente; sino, así, que el corazón Paternal se mantiene abierto y libre para escuchar a cada súplica que asciende por medio del Hijo, y que Dios en verdad se permite a Sí mismo, ser decidido por la oración para hacer lo que Él de otra manera no habría hecho.

    Esta perfecta armonía y unión de la soberanía Divina y la libertad humana, es para nosotros un misterio insondable, porque Dios, como el Ser Eterno, trasciende a todos nuestros pensamientos.  Pero sea nuestro consuelo y nuestra fuerza el sentirnos asegurados que en la eterna comunión del Padre y del Hijo, el poder de la oración tiene su origen y su certidumbre, y que por medio de nuestra unión con el Hijo nuestra oración es aceptada, y puede tener su influencia en la vida interna de la Bendita Trinidad.  Los decretos de Dios no son armazones de hierro, contra los cuales la libertad del hombre buscaría de luchar en vano.  No, Dios mismo es el amor viviente, quien en Su Hijo, como hombre, ha entrado en las tiernas relaciones con todo lo que es humano, quien por medio del Santo Espíritu toma todo lo que es humano y lo incorpora en la Divina vida de amor, y se mantiene a Sí mismo libre para dar a toda oración humana su lugar en el gobierno del mundo.

    Es en la luz de alborada de pensamientos como estos, que la doctrina de la Bendita Trinidad no es ya más una especulación abstracta, sino la viva manifestación del modo por el cual fue posible para el hombre ser recibido en la comunión de Dios, y llegar a ser su oración un factor real en el gobierno Divino de este mundo, y podemos, como a la distancia, vislumbrar visiones de la luz que del mundo eterno irradian sobre palabras como estas: «Por medio de Él los unos y los otros tenemos acceso por un mismo Espíritu al Padre» (Ef. 2:18). 

«¡Señor, enséñanos a orar!»

    ¡Sempiterno Dios! en profunda reverencia, con rostro velado, quisiera yo adorar ante el misterio de Tu Ser Divino.  Y si Te pluguiera, oh gloriosísimo Dios, descorrer el velo sobre algo de ese misterio, quisiera prosternarme con temor y temblor, por si pecara contra Ti, al meditar sobre Tu gloria.

    ¡Padre!  Te doy gracias que Tu llevas este nombre no solo como el Padre de Tus hijos aquí sobre la tierra, sino como habiendo subsistido desde la eternidad como el Padre, con Tu unigénito Hijo.  Te doy gracias que, como Padre, Tú puedes escuchar nuestra súplica, porque desde la eternidad Tú has dado lugar en Tus consejos para el demandar de Tu Hijo.  Te doy gracias porque hemos visto en Él, sobre la tierra, cual fue la bendita comunión que Él tuvo contigo en el cielo; y como desde toda la eternidad en todos Tus consejos, hubo lugar existente para todas las demandas de Él, y para las repuestas a las mismas.  Y Te doy gracias por encima de todo, que por medio de Su humana naturaleza de Él, en Tú trono en las alturas, y por medio de Tú Santo Espíritu en nuestra naturaleza humana aquí abajo, se ha abierto un camino por el cual todo humano clamor de necesidad puede llegar a ponerse en contacto con, y ser incorporado en la vida y el amor de Dios, y recibir en la respuesta lo que hubiere demandado.

    ¡Bendito Jesús! En quien como el Hijo, el sendero de la oración ha sido abierto, y quien nos das la seguridad de la contestación, Te imploramos, enseñes a Tu pueblo a orar.  Oh permite que esta sea cada día la señal de nuestra condición de hijos de Dios, que, a semejanza de Ti, sabemos que el Padre siempre nos oye.  Amén. 

    – Tomado del libro La Escuela de la Oración publicado por Editorial CLIE.  Usado con permiso.