«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Moviendo Montañas

By J. A. MacMillian 

    Con frecuencia hay serios obstáculos que confrontan a los siervos del Señor en su ministerio de establecer el Reino de Dios en la tierra, obstáculos que parecen estar tan profundamente arraigados como los cerros eternos, y de una magnitud igualmente impresionante.  Estos estorbos tapan el camino para el cumplimiento de los fines deseados, cierran la visión de lo que hay adelante, e impiden al obrero desalentado con la gris seguridad de que no van a moverse.  Parecen reírse ante su turbación y burlarse de sus oraciones, y al pasar los meses y los años sin que parezca haber ningún cambio en su contorno, con frecuencia el obrero se conforma y las acepta como un mal necesario.  Tales montañas de dificultades se levantan en todos los campos foráneos, en cada obra dondequiera se levanta una cordillera de picos pastorados hay que no tienen aunque sea un «cerrito.»  Estas montañas de obstáculos son muy variadas en su naturaleza para particularizar, pero son genuinos estorbos capaces de romper el corazón.

    Con respecto a éstos, el Maestro ha dado a Sus siervos la seguridad de que las montañas no tienen por qué continuar sirviendo de obstáculos para el progreso de la obra.  Ahora, debemos reconocer que el asunto de su desaparición depende de la autoridad usada sobre ellas.  El mandato de fe es el medio divino para quitarlos del camino, porque Cristo dijo:  «Si a este monte dijereis:  Quítate y échate en la mar, será hecho» (Mt. 21:21).  Aquí no se trata de una fe que se impone, sino de un nombre de toda suficiencia.

    El obrero no tiene poder en sí mismo para lograr nada, sino que ha sido comisionado para manejar el poder de Dios.  Al hablarle a la montaña en el nombre de Cristo, él está poniendo su mano en la fuerza dinámica que controla el universo; la energía celestial se desata, y su mandato es obedecido.

    Autoridad no es oración, aunque solamente el obrero que ora puede ejercer autoridad.  Moisés clamó a Dios ante el Mar Bermejo (Éx. 14:15), rogándole que obrara en beneficio de su pueblo, pero recibió la fuerte reprensión:  «¿Por qué clamas a Mí?  Dí a los hijos de Israel que marchen.» 

    Al levantar Moisés su rostro en asombrada protesta, porque el camino estaba bloqueado por las olas, Jehová habló otra vez:  «Alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo.»  Cuando el brazo impotente del Legislador levantó sobre las aguas su vara, el símbolo de la autoridad de Dios, la respuesta fue inmediata, «y los hijos de Israel entraron por medio de la mar en seco, teniendo las aguas (que al principio parecían una barrera imposible de vencer) como muro (de protección) a su diestra y a su siniestra» (Éx. 14:15, 22).

    Dios se delicia en delegar Su poder al hombre, cuando puede encontrar siervos obedientes y llenos de fe que lo aceptarán y lo ejercerán.  Así que, cuando las montañas se levantan en su senda, el Señor manda a Sus discípulos que les hablen y les ordenen que se hundan en el mar.  Jesús no mandó que orasen, aunque se sobreentiende.  Esencialmente, es la misma orden que recibió Moisés:  «Me has pedido que obre; Yo te he concedido tu petición, pero prefiero hacer el trabajo por medio de ti; de manera que, háblale al obstáculo que hay delante de ti en Mi nombre, y te obedecerá.»

    Cuando con toda obediencia le hablamos a la montaña que hay delante de nosotros, puede no haber respuesta inmediata; pero cuando día tras día mantenemos nuestra actitud de autoridad, sabiendo que hemos sido comisionados para usar el nombre del Señor, vendrá un temblor, un sacudimiento, un removimiento, y la montaña se deslizará desde su base y desaparecerá en el mar del olvido.  ¡Aleluya!

    Dios está obrando tratando de preparar obreros para un futuro y poderoso ministerio de cooperación con Su Hijo; por lo tanto aquí y ahora les ha conferido el privilegio de compartir la autoridad con la que Cristo fue revestido como Hijo del hombre.  La carga de responsabilidad para su aceptación y su ejercicio, le corresponde al creyente individual. 

    – Extraído del La Autoridad del Intercesor por J. A. MacMillan.