«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Intención De Dios Para La Familia

    «Entra tú y toda tu casa en el arca» (Gn. 7:1).  Se nos ha hecho pensar del arca como una figura de Cristo, el lugar de refugio para el alma del individuo, pero cuando Dios llamó a Noé a entrar en el arca por fe, fue un llamado también que por la fe trajera su familia.

    «Tómese cada uno un cordero…un cordero por familia» (Éx. 12:3).  Dios aquí nos da otra figura, la del Cordero pascual.  «Nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros» (1 Cor. 5:7).  Entendemos que personalmente no conoceremos algo de la gracia de Dios, hasta que nosotros por fe, nos hayamos tomado «cada uno un cordero.»

    Dios nos está enseñando que debemos atrevernos con más valentía y tomar «cada uno un cordero según las familias de los padres, un cordero por familia.»  ¿Ha tomado usted un cordero, cada uno un cordero para su casa?

    Dios prometió ser un Dios a nuestra simiente, pero nos toca a nosotros reclamar el cumplimiento de esa promesa.  No con gritos angustiosos, sino en una fe, quieta y determinada pidamos a Dios que haga como nos dijo.  También sigamos los pasos de fe que tuvo nuestro padre Abraham (Rom. 4:12). 

El primer pacto

    Ahora, vayamos a la primera promesa grande del pacto, la cual es la llave para todo lo demás.  «Y estableceré Mi pacto entre Mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti» (Gn. 17:7).  Una y otra vez en el Antiguo Testamento se repite este mismo pensamiento en maneras diferentes.

    «Guarda y escucha todas estas palabras que Yo te mando, para que haciendo lo bueno y lo recto ante los ojos de Jehová tu Dios, te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti para siempre» (Dt. 12:28).

    David reitera el pensamiento: «Más la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que Le temen, y Su justicia sobre los ­hijos de los hijos; sobre los que guardan Su pacto, y los que se acuerdan de Sus mandamientos para ponerlos por obra» (Sal. 103:17-18).

    Isaías da unas de las más preciosas promesas: «derramaré Mi Espíritu sobre tu descendencia, y Mi bendición sobre cuanto nazca de ti» (Is. 44:3).  Juntemos esto con la declaración de Pedro en el día de Pentecostés: «Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos» (Hch. 2:39), y acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, que nuestros niños así como nosotros, poseamos este don del Espíritu Santo.

    «Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos» (Is. 54:13).  Con cuánta frecuencia el Espíritu ha afrontado esta promesa al corazón de un padre que ora.

    Existe una solemnidad de un pacto en esta promesa del Señor: «El Espíritu Mío que está sobre ti, y Mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tus hijos, ni de la boca de los hijos de tus hijos, dijo Jehová, desde ahora y para siempre» (Is. 59:21). 

El pacto confirmado

    Se ha escrito de la abuela de Fidelia Fiske así: «Sus últimos días fueron días de oración casi continua; y la carga de su oración era entonces, como había sido con anterioridad, que su posteridad pudiera ser una descendencia bendecida por Dios, aun hasta la última generación.»

    La Señorita Fiske escribe de ella a un primo: «¿Has oído a tu padre contar cómo oraba ella por sus descendientes hasta el tiempo del fin?»

    En el año de 1857, trescientos de los descendientes de esta mujer de Dios eran miembros de la iglesia de Jesucristo.  Esta fue una acogida tremenda de la promesa para «los hijos de tus hijos.»  En la introducción de «La vida de la señorita Fiske,» dice: «Fidelia Fiske fue una hija del pacto.»  ¡Precioso historial!

    Conozco a un padre y a una madre que apartaban una hora de cada sábado por la mañana, para orar por sus hijos.  Todos se convirtieron, y cuando ellos crecieron y tuvieron familia, siguieron el costumbre de sus padres de la oración; de manera que al tiempo de escribir este artículo, ha habido cuatro generaciones de este matrimonio consagrado, y ni uno solo de esas cuatro generaciones, se ha sabido que haya muerto sin ser salvo.  Un número de ellos fueron ministros del Evangelio, o misioneros, o sea hombres y mujeres útiles.

    Es la promesa de Dios: «Y les daré un solo corazón, y un solo camino, para que Me teman perpetuamente, para que el bien de ellos, y de sus hijos después de ellos» (Jr. 32:39).

    Aquí está otra preciosa promesa para reclamar: «Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas» (Dt. 30:6).

    Querido padre, ahora que has conocido que Dios estaba circuncidando tu corazón para que Le amaras totalmente, ¿no te ha dado ello fuerzas para arrodillarte y reclamar lo mismo por tus hijos?  Comprender esto espiritualmente le da al padre una valentía grande para acercarse a Dios por su familia. 

El pacto es para usted

    Algunos tal vez dirán: «Oh, estas promesas son buenas, pero son sólo para los judíos.»  Nos parece que Dios no pudiera dar más fuerte negación a esto, como cuando Pedro valientemente en el día de Pentecostés, en el principio de la nueva dispensación, dio de nuevo a la intención de Dios para la familia, cuando dijo: «Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos» (Hch. 2:39).  ¿A caso no se puede decir de muchos: «No tienen porque no piden?»  (Lea Santiago 4:2.)

    El Espíritu Santo ordenó a Pedro también hablar a Cornelio las palabras, por las cuales él y su familia serían salvos (Hch. 11:14).  Y cuando el carcelero de Filipos gritó: «¿Qué debo hacer para ser salvo?»  Pablo le dijo: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa» (Hch. 16:30-31).

    Mucho me temo que como misioneros no hayamos sido del todo fieles a la gente en la exposición de todo el Evangelio.  Siempre les hemos exhortado a «creer en el Señor Jesucristo y serás salvo,» y hemos parado allí.  Pero en una nación donde un hombre tiene que romper todo vínculo sagrado para convertirse en un seguidor de Jesucristo, y literalmente dejar a sus padres, o esposa, y muchas veces, hasta hijos, deberíamos de ir hasta el fin del versículo y añadir: «y tu casa.»

    Los enlaces familiares son uno de los más grandes obstáculos con los que las almas conmovidas al arrepentimiento se tienen que enfrentar – en los campos misioneros – para confesar al Señor Jesús.  Nosotros creemos que si esta promesa pudiera deslumbrar sus corazones por medio del Espíritu Santo, como la Palabra de Dios, que la vida que de ella sale, diera el poder para afirmarse, y para animarle regresar a sus amigos y contar lo que Dios ha hecho para ellos, y les daría la fe para trabajar para ganar a sus amigos a Cristo aun en medio de la persecución, y tal vez hasta el martirio. 

La fe es confianza

    «Mantenga su confianza hasta el fin» (lea Hebreos 10:22-23,35-39).

    Algunos dirán: «Conozco a muchas buenas gentes quienes tienen hijos que no afecta esta verdad.»  «Sea hallado Dios veraz, y todo hombre mentiroso» (Rom. 3:4).  Tal vez nunca han creído en estas promesas.  La Biblia está llena de promesas, ¡pero cuántas buenas personas las han aceptado!  Estas promesas son dadas a los padres bajo ciertas condiciones, y como los padres creen y obedecen, les es dado el poder para «gobernar» su casa (Gn. 18:19), y una fidelidad a «enseñar» a sus hijos, que no hubieran podido hacer por otro medio (Dt. 11:19).

    Tal vez otros dirán: «Mis hijos han vivido por muchos años, y apenas he aprendido de esta promesa,» o «yo no conocía a Dios cuando estaba con mis hijos, ni me importaba cuando me encontraba con ellos, y ahora hace mucho tiempo que ellos ya se han ido lejos de mi influencia.»  No sabemos qué hacer, sólo humillarnos a Dios, y confesarlo todo, y confesarlo a los hijos, y entonces recordarle a Dios acerca de sus promesas.

    «Por la fe Noé…preparó un arca para salvación de su casa» (Heb. 11:7).  Andrés Murray dice: «La fe de Noé, perfeccionada por las obras, salvó a su familia, y juntamente con su familia, salvó a la raza humana.

    «La fe nunca se limita sólo a la persona del creyente, sino que incluye su familia y parentela.  Y ¿cómo puede un padre cristiano asegurar esta bendición tan anhelada para sus hijos?  Sólo hay una respuesta: Por la fe.  Nuestra vida debe ser toda de fe.

    «La fe no sólo significa un conocimiento de la promesa del pacto para nuestros hijos, y un clamor por ella en oración.  Este es un ejercicio de la fe, y tiene un gran valor.  Pero la cosa más importante es la vida.  La fe es hacer camino para Dios y darle Él lugar en nuestra vida.

    «Y cuando a veces se tarda la visión, y parece fallar la promesa, la fe entiende que esto es sólo un llamamiento a confiar en Dios más completamente y con más confianza.  Mientras mantengamos firme nuestra confianza hasta el fin, mientras seamos fuertes en la fe tanto en paciencia como en mansedumbre, dando la gloria a Dios, sabremos con seguridad que también heredaremos esta promesa: ‘Estableceré mi pacto… para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti’» (Gn. 17:7).  (Lea Habacuc 2:3; Romanos 4:13-25; Hebreos 3:6.)

    Para terminar, recuerden, queridos amigos, que Dios nunca dio a entender que sólo tu familia sería salva.  La palabra de Dios fue para Abraham, y es también para usted: «Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Gn. 12:3).  No deje que su pensamiento y oración sean solamente: «Mis hijos y los hijos de mis hijos,» sino que dé sus hijos a Dios, ahora mismo, para que Él pueda tomarlos y hacerlos una bendición a las naciones de la tierra.

    ¡Oh, que nuestros hijos sean hijos del pacto en su más amplio cumplimiento!  ¡Amén!

    –  Seleccionado.