«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

David Brainerd – Misionero A Las Indígenas Norteamericanas (Parte 2)

    Adaptado del libro, La Vida de David Brainerd (1718 – 1747), mayormente extraído de su diario de vida, editado por Jonathan Edwards. 

    David Brainerd experimentaba privaciones y dificultades severas  cuando viajaba a caballo por los bosques densos de la frontera americana (territorio inhóspito), intentando evangelizar a las indígenas norteamericanas en el sector que ahora se consiste de los estados de New York, Pennsylvania y New Jersey.  Fue invitado, y aun instado, a ser pastor de iglesias dentro de los asentamientos de pioneros donde las condiciones de vida habrían sido más agradables y cmodas.  Sin embargo eligió por seguir su misión con las indígenas.

    «¡O, anhelaba yo llenar los momentos restantes todos para Dios!» escribió.

    Por cerca de un año trabajaba y oraba en el primer asentamiento indígena a la cual fue designado. No había conversos, aunque por medio de su predicación cuidadosamente estudiada, sostenida con horas de oración, muchos se le acercaron con lágrimas en los ojos, preguntándole que tenían que hacer para ser salvos. 

Por lugares remotos a un nuevo asentamiento

    Para alcanzar su tarea siguiente, tenía que viajar unas cien millas a caballo por un campo desolado donde había pocos asentamientos.  «Mi corazón, a veces, está presto a hundirse al pensar en el trabajo y en ir solo a un territorio agreste.  No sabía a dónde,» confió en su diario de vida, «pero, con todo, me sentía consolado al pensar que otros hijos de Dios habían ‘errado pos los montes, por los desiertos, por las cuevas y por las cavernas de la tierra’ (Heb. 11:38), y Abraham, cuando fue llamado a emprender la marcha, ‘partió, sin saber adónde iba’ (Heb. 11:8).  ¡Oh, que yo pudiera seguir a Dios!»           

    Las indígenas en el nuevo lugar estaban bien desparramadas y mostraban poco interés en el cristianismo.  Anot
ó sus pensamientos en su diario de vida: «Para el ojo de la razón todo con respeto a la conversión de las indígenas es tan oscuro como la medianoche; y aun no puedo hacer más sin esperar en Dios para el logro de algo glorioso entre ellos…

    «En oración mi alma se agrandó, y mi fe provocado a ejercicio consciente; fui capaz de pedir con ruegos a Dios por mis pobres indígenas, y aunque la obra de su conversión pareciera imposible con el hombre, aun con Dios yo vi que todo fuera posible.  Mi fe se esforzó mucho por observar la maravillosa ayuda que Dios les proveyó a sus sirvientes Nehemías y Esdras, en reformar a Su pueblo y reestablecer Su iglesia antigua.  Fui ayudado mucho en la oración para mis queridos amigos cristianos, y para otros que yo consideraba estar sin Cristo, pero estaba más preocupado por los pobres incrédulos por todo el mundo, y aquéllos a cargo mío.  Me fue posible estar en constante oración por ellos y esperaba que Dios abriera los cielos para que les llegara la salvación.

    «Me pareció que no pudiera haber ningún impedimento suficiente para obstruir la obra gloriosa, viendo que el Dios viviente, como esperaba  yo, estaba ya involucrado en ella.  Seguí de modo solemne, levantando a Dios mi corazón para ayuda y gracia, para que fuera yo más mortificado al mundo presente, para que mi alma entera se ocupara continualmente del avance del Reino de Cristo.  Deseoso seriamente que Dios me purgara más, que pudiera yo ser  instrumento escogido para llevar Su nombre entre aquéllos en la oscuridad.

    «Mi alma estaba muy solemne en la lectura de la Palabra de Dios, especialmente el capítulo nueve de Daniel.  Vi cmo Dios les había llamado a sus siervos a la oración, y les había hecho luchar con Él cuando Él pensaba otorgar cualquier gran misericordia sobre Su iglesia.  ¡Ay de mí!  Me dio vergüenza al pensar en mi deslustre y mi inactividad cuando al parecer había tanto que hacer para la edificación de Sión. O, ¡cmo queda Sión sin producir!  Yo anhelaba que la iglesia de Dios se agrandara, y yo estaba habilitado para orar, pienso yo, con fe.  Mi alma parecía ser prudente para confiar en Dios, y yo estaba habilitado para luchar con Él...» 

Manteniendo el Espíritu de la oracin

    Cuando Brainerd reconoció que el espíritu de la oración estaba sobre él, dijo que «estaba vigilante, tierno y celoso de mi propio corazón, por temor de que admitiera descuido y pensamientos vanos y entristeciera al bendito Espíritu, para que Él debiera retirar sus influencias dulces, amables y tiernas.»  Tenía miedo de todo pensamiento ocioso que podría contristecer al Espíritu.

    «No me importaba donde o como vivía, o que penalidades tuviera que pasar con tal que pudiera ganar almas para Cristo,» se anota en su diario de vida.

    Oraba con urgencia por un derramamiento del Espíritu Santo sobre las indígenas. Anhelaba ver el poder de Dios manifestado en medio de ellos. Algunos días se retiró cinco o seis veces para la oración. Mientras viajaba a caballo oraba. A veces tenía noches de insomnio a causa del dolor o del cansancio. Durante estos tiempos oraba como pudiera y meditaba en las Escrituras. «Mi alma se deleitaba de continuar en la oración en esta temporada bendita,» escribió una vez en su diario, «que yo no tenía ni deseo de mi comida necesaria.»

    (Para ser continuado)