«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

David Brainerd – Misionero A Los Indígenas Norteamericanos (Parte 3) 

    Adaptado del libro, La Vida de David Brainerd (1718 – 1747), mayormente extraído de su diario de vida, editado por Jonathan Edwards. 

    Después de trabajar por un año más o menos en el segundo sitio entre los indígenas norteamericanos con pocos resultados aparentemente, David Brainerd se trasladó a un tercer sitio. Encontró a las familias aquí desparramadas, pero reunió a siete u ocho mujeres y niños y les predicó. Después de escucharle una vez, estas mujeres viajaban de aquí para allá para buscar a otros para reunirse con ellas para escucharle predicar otra vez. Alrededor de treinta personas se reunieron, y luego mostraron preocupación por sus almas. No hacía muchos meses que ellos se habían opuesto a la conversación del intérprete sobre el cristianismo, pero ahora Dios les había preparado los corazones. Querían que Brainerd les predicara dos veces al día.

    Fue ese entonces que tuvo sus primeros conversos indígenas. Su intérprete y su esposa hicieron su profesión pública de fe en Cristo. La interpretación ahora tomó nueva vida y ferverancia. Después de que Brainerd había terminado de predicar, el intérprete seguiría, repitiendo lo que se había predicado e instándolo con sus oyentes.

    Algunos de los otros indígenas llegaron a preocuparse de sus almas y averiguaron como ser salvos. Unas pocas palabras dirigidas a ellos provocarían caer las lágrimas. Aun un mensaje sobre el amor de Dios les penetró los corazones con convicción. Unos se postraron en la tierra  pidiendo misericordia. Otros comenzaron a orar continuamente hasta encontrar la paz y el gozo de la salvación. 

Dios a la obra poderosamente

    La congregación crecía en números de manera que llegaba la gente. Brainerd reportó con respecto a la reunión de una tarde: «Había un interés visible ya entre ellos cuando hablaba en público; pero cuando después hablé individualmente con aquellos en quienes había observado mucho interés, el poder de Dios pareció descender sobre la asamblea ‘como un viento recio y poderoso’ y con una asombrosa energía que lo llevó todo adelante.  Los ancianos, hombres y mujeres, que habían sido borrachos empedernidos durante muchos años, y algunos niños de unos seis o siete años, así como personas de mediana edad, parecían angustiados por sus almas.  Era patente que estos niños, algunos por lo menos, no estaban meramente asustados por lo que veían en la emoción general, sino eran sensibles a su peligro, a la maldad de sus corazones y a su miseria sin Cristo, como expresaron algunos.  El corazón más obstinado se veía ahora obligado a inclinarse.

    «Un hombre principal entre los indígenas, que antes se consideraba seguro y satisfecho de sí mismo y pensaba que su estado era bueno, porque sabía más que la generalidad de los otros indígenas, y que con mucha confianza el día anterior me había dicho ‘que era cristiano desde hacía más de diez años’ ahora fue llevado a sentir ansiedad solemne por su alma y lloraba amargamente.  Otro hombre avanzado en años, que había sido un homicida, un powaw o brujo, un conocido borracho, fue reducido ahora a clamar pidiendo con lágrimas misericordia, quejándose mucho de que no pudiera estar más preocupado cuando veía que su peligro era tan grande.

    «Había gente por toda la casa que estaba orando y clamando misericordia, y muchos estaban afuera; y muchos no podían ni moverse de allí.  Esta ansiedad era tan grande, cada uno por sí mismo, que ninguno parecía darse cuenta de los que había a su alrededor, y cada uno oraba libremente por sí mismo.  Me incliné a pensar que estaban mucho más aparte uno del otro, en lo que se refiere a darse cuenta de los demás, que si hubieran estado solos por completo, o en un desierto alejado…

    «Pensé que esto tenía semejanza con aquel día del poder de Dios, mencionado en Josué 10:14, porque he de decir que nunca había visto nada semejante en ningún sentido:  fue un día en que estoy persuadido de que el Señor hizo mucho para destruir el reino de las tinieblas entre esta gente…

    «Una joven indígena, que, según creo, nunca había sabido que tenía alma, ni había pensado en cosa semejante, al oír que había algo extraño entre los indígenas, vino, según parece, para averiguar la cosa.  De camino hacia el poblado se detuvo en mi alojamiento, y cuando le dije que en aquel momento tenía intención de ir a predicar a los indígenas, se puso a reír y pareció burlarse; pero sin embargo, se fue a donde ellos estaban.  No había avanzado mucho en mi mensaje público antes de que ella misma sintiera de modo efectivo que tenía alma; y antes de haber concluido mi plática, se sentía reargüida de su pecado y de miseria, y tan afligida en la preocupación por la salvación de su alma, que parecía que la hubieran atravesado con un dardo, y lloraba en alta voz incesantemente.

    «No podía sostenerse de pie ni sentada, y tenían que sujetarla.  Después que hubo terminado el servicio público se echó sobre el suelo, orando con fervor, y no hacía caso de nada, ni contestaba a nadie que le hablara.  Me acerqué a escuchar lo que decía y noté el contenido de su oración, que era:  ‘Ten misericordia de mí, y ayúdame Tu mi corazón’ ella siguió diciendo esto incesantemente durante horas.  Este fue verdaderamente un día sorprendente del poder de Dios, y me pareció bastante para convencer a un ateo de la verdad, importancia y poder de la Palabra de Dios…»

    (Para ser continuado)