«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Oración, Fuente De Poder

Por Andrew Murray

    «Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu Mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.  Mas Él que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos» (Rom. 8:26-27). 

    Aquí tenemos la enseñanza de Dios respecto a la ayuda que el Espíritu Santo nos dará en la oración.  La primera parte de este capítulo es muy importante en cuanto a la enseñanza de la Palabra de Dios con respecto al Espíritu.

    En Romanos 6 leemos sobre el estar muertos al pecado y vivos para Dios, y en Romanos 7, respecto al estar muertos a la ley y desposados con Cristo, y también sobre la incapacidad del hombre no regenerado para hacer la voluntad de Dios.  Todo esto no es sino una introducción para demostrarnos nuestra incapacidad.

    Luego en el capítulo 8 llega la bendita obra del Espíritu, expresada brevemente en las siguientes palabras: «El Espíritu nos ha libertado de la ley del pecado y de la muerte.»  El Espíritu nos libera del poder del pecado, y nos enseña y nos guía de manera que podamos andar en Él.  Llegamos a tener una mente espiritual y una disposición interior capaz de mortificar los deseos de la carne.  El Espíritu Santo nos ayuda en nuestra debilidad.

    La oración es lo más necesario en la vida espiritual.  Sin embargo, no sabemos por qué orar ni como orar adecuadamente.  Pablo dice que el Espíritu ora con gemidos indecibles.

    Y de nuevo nos dice que nosotros muchas veces no sabemos qué es lo que el Espíritu hace dentro de nosotros; pero hay uno, Dios, que escudriña los corazones.  Las palabras a menudo revelan mis pensamientos y mis deseos, pero no lo más profundo de mi corazón.  Pero Dios llega y escudriña mi corazón, y encuentra, en lo profundo, lo que yo no puedo ver y lo que para mí es indescriptible. 

Buscando la carga de Dios

    Amado si nos tomamos el tiempo para dejar que Dios haga que la angustia por los perdidos se ponga tan pesada que comencemos a sentir que nunca hemos orado realmente, esa será la experiencia más bendita de nuestra vida.

    Y lo mismo con relación a la iglesia: Queremos tomar nuestra posición como miembros de la iglesia de Cristo en esta tierra, y como partícipes de ese gran Cuerpo, decir: «Señor, Dios, ¿acaso no hay nada que pueda hacerse para bendecir a la iglesia de este país y sacarla de su mundanalidad y su debilidad?»

    Es posible conversar y llegar a la conclusión desesperanzada de que: «No, no sabemos lo que hay que hacer; no tenemos ninguna influencia sobre todos esos ministros del evangelio y sus iglesias.»

    Pero por otro lado, hay también la bendita posibilidad, que es la de acudir a Dios y decirle: «Señor, no sabemos qué pedir.  Más Tu sabes qué conceder.»  El Espíritu Santo podría orar cientos de veces más en nosotros si solo fuéramos conscientes de nuestra ignorancia, porque entonces comprenderíamos en qué medida dependemos de Él.  Que Dios nos enseñe nuestra ignorancia acerca de la oración y nuestra incapacidad y nos lleve a decir: «Señor, no podemos orar; no sabemos qué es la oración.»  Por cierto que algunos de nosotros sabemos en alguna medida lo que es el pecado, y agradecemos a Dios por lo que Él ha sido para nosotros en respuesta a la oración; pero es apenas un comienzo comparado con lo que el Espíritu Santo de Dios enseña.

    He aquí el primer pensamiento; nuestra ignorancia.  «Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu Mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.» 

La alabanza y la comunión

    En la oración hay diferentes fases o etapas.  Está la adoración, cuando el hombre se inclina a adorar al gran Dios.  No dedicamos tiempo a la adoración.  Necesitamos adorar en secreto, para ponernos cara a cara con el eterno Dios para que Él nos cubra y nos llene de Su amor y de Su gloria.  Es el Espíritu Santo el que puede obrar para despertar un anhelo tal que renunciemos a todos los placeres, y aun no aparte de nuestro trabajo para que podamos encontrarnos más frecuentemente con Dios.

    La fase siguiente de la oración es la comunión.  En la oración no es sólo de adorar al Rey, sino que se tiene un compañerismo especial con Dios.  Los cristianos dedican poco tiempo a la comunión.  Piensan que la oración es simplemente un recurso para presentar peticiones.

    Si Cristo me va a transformar en lo que debo ser, debo detenerme a encontrar el compañerismo con Dios.  Para que Dios haga que su luz entre y brille y arda en mi corazón, debo tomarme tiempo para estar con Él.

    El herrero pone su vara de hierro sobre el fuego.  Si sólo lo deja un breve lapso, no alcanzará el rojo vivo.  Quizás lo retire para hacer algo con él, y luego lo vuelve a poner por algunos minutos, pero tampoco ahora se pondrá rojo.  En el curso del día quizás ponga la vara muchas veces al fuego por dos o tres minutos, pero nunca llega a calentarse a fondo.  Sólo si se lo deja diez o quince minutos se pondrá realmente caliente por el contacto con el fuego.

    Así es con nosotros; si queremos obtener el fuego de la santidad, el amor y el poder de Dios, debemos pasar más tiempo en comunión con Dios.  Eso es lo que les daba a los hombres como Moisés y Abraham la fuerza que los caracterizaba.  Eran hombres separados para estar en comunión con Dios, y el Dios viviente los fortalecía.  ¡Si sólo advirtiéramos lo que puede hacer la oración! 

La intercesión

    Otro aspecto importante de la oración es la intercesión.  ¡Qué obra ha dado Dios a aquéllos que cumplen la función de sacerdotes: los intercesores!

    Encontramos una maravillosa expresión en la profecía de Isaías.  Dios dice: «Que echen mano…de Mi fortaleza» (Versión Moderna), y luego en otros pasajes Dios se refiere a los intercesores de Israel: «No hay quien…se despierte para echar mano de ti» (Versión Moderna).  ¿Hemos echado mano alguna vez de Dios?

    Gracias a Dios, algunos lo hemos hecho.  Pero, amigo, representante de la iglesia de Cristo, si Dios nos mostrara cuánta oración intensa se hace en la iglesia pidiendo un avivamiento, cuánta confesión sincera de los pecados de la iglesia, cuánta imploración para que haga de Jerusalén algo glorioso en la tierra, creo que nos sentiríamos avergonzados.  Debemos rendir nuestro corazón al Espíritu Santo, para que Él pueda orar por nosotros y en nosotros con gemidos indecibles.

    ¿Qué debo hacer si quiero tener al Espíritu Santo dentro de mí?  El Espíritu quiere tiempo y espacio en mi corazón; quiere todo mi ser.  Quiere que todo mi interés e influencia sean usados para la honra y la gloria de Dios; quiere que me entregue totalmente.

    Amado amigo, no sabemos cuánto podríamos hacer si nos entregásemos a la intercesión.  Es el tipo de obra que un enfermo postrado en cama año tras año puede hacer con poder.  Es el tipo de obra que una persona pobre que no tiene un centavo para contribuir a la sociedad misionera, puede hacer cada día, es el tipo de obra que el Espíritu Santo puede hacer en una joven que todavía está en el hogar paterno y debe ayudar en las tareas de la casa.

    La gente pregunta a menudo: ¿Qué hace la iglesia hoy por alcanzar a las masas?  Preguntan, pero lo hacen temblorosamente, porque se sienten incapaces: ¿Qué podemos hacer contra el materialismo y contra la infidelidad en lugares como en el mundo?  Hemos renunciado a eso como algo imposible.

    ¡Ah, si se pudiera hacer un llamado a hombres y mujeres para unirse a fin de echar mano de Dios!  No estoy hablando de una Liga de Oración o de un horario dedicado concretamente a la oración, pero si el Espíritu pudiera encontrar a hombres y a mujeres que dieran su tiempo para clamar a Dios, el Espíritu seguramente vendría.  No es egoísmo ni simple felicidad lo que buscamos cuando nos referimos a la paz, el descanso y la bendición que Dios puede dar.  Dios nos quiere, Cristo nos quiere, porque tiene una obra que realizar.  La obra del Calvario debe llevarse a cabo en nuestro corazón; debemos sacrificar nuestra vida a Dios por otros hombres.  Qué podamos consagrarnos cada día y pedir a Dios que le plazca permitir que el Espíritu Santo obre en nosotros.

    Pensemos en ese misterio maravilloso. Dios el Padre en el trono listo para concedernos Sus bendiciones según las riquezas de Su gloria.  Cristo el sacerdote todopoderoso intercediendo día y noche.  Su persona toda es una sola intercesión, y desde Él surge sin cesar el ruego al Padre: «Bendice a Tu iglesia.»

    Y luego viene la respuesta del Padre al Hijo, y del Hijo llega a la iglesia, y si no llega hasta nosotros, es porque nuestro corazón está cerrado.

    Abramos y ensanchemos nuestro corazón y digámosle a Dios: «¡Oh, que Dios me permitiera ser sacerdote para entrar en Su presencia permanentemente y echar mano de Dios para traer una bendición a los que se pierden condenados!

    Dios anhela ver la intercesión de Jesús manifestada en el corazón de Sus hijos.  Y aquel que escudriña el corazón conoce la mente del Espíritu, porque Éste ora por los santos de acuerdo con la voluntad de Dios. 

Soportar la carga del pecado

    …No querremos decir: «Estoy tratando de ser lo más santo posible.  ¿Qué tengo que ver con toda esta gente mundana alrededor de mí?»  Si tengo una terrible enfermedad en la mano, el resto del cuerpo no puede decir: «No tengo nada que ver con eso.»

    Cuando el pueblo pecó, Esdras rasgó su vestido y se postró a tierra en confesión.  Se arrepintió de parte del pueblo.  Y cuando la nación pecó, Nehemías hizo confesión y se arrojó ante Dios, lamentando su desobediencia ante el Dios de sus padres.  Daniel hizo lo mismo.

    ¿Y acaso no tenemos nosotros una tremenda obra para hacer como creyentes?  Supongamos que cada uno de nosotros estuviera sin pecado (es una suposición nada más); ¿podríamos hacer confesión así? ¡Miremos a Cristo, el hombre sin pecado!  Pero bajó a las aguas del bautismo junto a los pecadores.  Se hizo uno con ellos.  Dios nos ha hablado para preguntarnos si advertimos lo que somos.  Ahora nos pregunta si pertenecemos a la iglesia de este país, si hemos llevado sobre nosotros la carga del pecado que nos rodea.

    Vayamos a Dios y que Él llene nuestro corazón con una pena indescriptible por el estado de la iglesia, y que Dios nos dé la gracia de llorar delante de Él.  Y cuando comencemos a confesar los pecados de la iglesia, empezaremos a sentir como nunca antes nuestros pecados.  En cinco de las Epístolas a las siete iglesias en Asia, la nota clave es: «Arrepiéntete»; no había perspectivas de victoria y de obtener bendición a menos que se arrepintieran.  Arrepintámonos de parte de la iglesia de Cristo, y Dios nos dará la valentía necesaria para sentir que Su obra sea reavivada. 

    – Extraído del En busca de la vida victoriosa por Andrew Murray.