«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Dirección Infalible Del Espíritu Santo

Por Samuel L. Brengle 

    El trabajo del Espíritu Santo es el de guiar a la gente de Dios, a través de las incertidumbres y peligros y las obligaciones de esta vida, a sus hogares en el cielo.  Cuando guió a los israelitas fuera de Egipto bajo la dirección de Moisés, Él los llevó a través de los desolados desiertos montañosos en una columna de nube por el día y fuego por la noche, así pues dándoles confianza para su bienestar y seguridad.  Y esto fue sólo una muestra de Su eterna dirección espiritual para Sus gentes.

    «Pero ¿cómo puedo estar seguro de qué es lo que Dios quiere de mí?» es seguro de llegar a ser el grito fervoroso y algunas veces agonizante de cada cristiano humilde y lleno de celo por Dios.  «¿Cómo puedo saber la dirección del Espíritu Santo?» se pregunta una y otra vez. 

Siempre necesitamos ser guiados por Él

    Es bueno que nosotros siempre tengamos en mente la necesidad de ser guiados siempre por Él.  Un barco naufragó en una costa rocosa, muy lejos del rumbo del cual el capitán pensaba ir.  Al examinar las causas de por qué se hundió, se encontró que la brújula había sido ligeramente desviada por un pedacito de metal que se había metido dentro de la caja.

    Pero en la travesía de la vida que cada uno de nosotros navegamos, estamos expuestos a muchos peligros como los barcos en la mar, ¿y cómo vamos a ir rumbo a nuestro puerto celestial sin ninguna dirección divina?  Hay casi un infinito de cosas que nos puedan influenciar a desviarnos del derrotero seguro y cierto.

    Empezamos en la mañana, pero no sabemos cuál persona vayamos a encontrar, cuál párrafo vayamos a leer, cuál palabra vayamos a escuchar, cuál carta que recibamos, cuál pueda ser la tentación sutil que nos asalte o nos halague, cuáles decisiones inmediatas tengamos que tomar durante el día, que puedan voltearnos invisiblemente, pero con todo seguramente, de la senda correcta.  Nosotros necesitamos la dirección del Espíritu Santo.

    No solamente necesitamos la dirección divina, sino que la podemos recibir.  La Palabra de Dios nos asegura de esto.  Oh, cómo mi corazón fue confortado y asegurado una mañana por estas palabras: «Y Jehová te pastoreará siempre» (Is. 58:11).  Y no de vez en cuando, no ciertos días, sino «siempre».  ¡Aleluya!

    El salmista dice: «Porque este Dios es Dios nuestro eternamente y para siempre; Él nos guiará aun más allá de la muerte» (Sal. 48:14).  Y Jesucristo dijo del Espíritu Santo: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad» (Juan 16:13).  Y Pablo el apóstol escribió: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Rom. 8:14).

    Estas escrituras establecen la verdad de que los hijos de Dios puedan ser guiados siempre por el Espíritu de Dios. 

Guíame, o mi gran Jehová,
Peregrino en esta tierra estoy.
Soy débil, pero Tú eres poderoso,
Guíame con Tu mano hoy.

¿Cómo nos guía Dios?

    Pablo dice: «Porque por fe andamos, no por vista» (2 Cor. 5:7).  «Más el justo por la fe vivirá» (Rom. 1:17).  Así que podemos resumir que la dirección del Espíritu Santo es tal que demanda el ejercicio de la fe.  Dios nunca nos guiará en la manera que pongamos a un lado, la necesidad de fe.

    Cuando Dios advirtió a Noé, leemos que fue por fe que Noé fue llevado a construir el arca.  Cuando Dios le dijo a Abraham que fuese a la tierra que Él le enseñaría, fue por la fe que Abraham se fue (Heb. 11:7-8).

    Si creemos, por seguro que seremos guiados, pero si no creemos, seremos dejados a nuestra propia cuenta.  Sin fe es imposible agradar a Dios (Heb. 11:6), o seguirlo en donde nos quiera llevar.

    El salmista dice: «Encaminará a los humildes por el juicio» (Sal. 25:9).  De esto podemos discernir que el Espíritu nos guía de tal forma que demandará el ejercicio de nuestro mejor juicio.  Él alumbra nuestro entendimiento y dirige nuestros juicios por darnos razón y juicio sanos.

    Juan Wesley dijo que Dios casi siempre le guiaba en presentarle a su mente razonamientos por cualquier curso de acción.

    El salmista dice: «Me has guiado según Tu consejo» (Sal. 73:24), y también «Te haré entender, y Te enseñaré el camino en que debes andar» (Sal. 32:8).  Ahora bien, el consejo, instrucción, y la enseñanza no son solamente tareas del instructor, sino también el estudio y la pronta atención por parte de quien está siendo enseñado.

    Y así el ser guiado del Espíritu Santo insistirá en que escuchemos cuidadosamente, estudiemos con diligencia, y aprendamos con paciencia las lecciones que Él nos enseñará.  Vemos que el Espíritu Santo no hace a un lado nuestros poderes y facultades personales, sino busca la manera de despertarlas y movilizarlas en una actividad llena y completa, y envolverlas en plena perfección, y así haciendo de ellas canales por los cuales Él pueda inteligentemente influenciar y guiarnos.

    Lo que el Espíritu Santo busca hacer es de iluminar todo el ser espiritual así como el sol ilumina nuestro cuerpo físico, y traernos en tanta unión y simpatía, tanta unidad de pensamiento, deseo, afección y propósito con Dios, que sabremos en todo instante por medio de algo así como un instinto espiritual, lo que Dios quiere concerniente a nosotros, y nunca dudando de Su voluntad. 

El Espíritu Santo nos guía:

    1. Por exponer a nuestras mentes las profundas verdades santificantes de la Biblia, y especialmente por revelarnos a nosotros el carácter y espíritu de Jesucristo y Sus apóstoles, y llevándonos a seguir sus pasos – pasos de fe, amor y devoción desinteresada a Dios y al hombre, aun hasta el de dar sus vidas por ellos.

    2.  Por las circunstancias y alrededores de nuestro vivir diario.

    3.  Por el consejo de otros, especialmente de sabios y devotos hombres y mujeres de Dios con experiencia.

    4.  Por una profunda e íntima convicción, la cual crece mientras esperamos en Él en la oración, siendo dispuestos para obedecer.  Y es por esta soberana convicción que los hombres son llamados a predicar, a ir a los rincones de la tierra como misioneros, a dedicar su tiempo, talentos, dinero y sus vidas a los propósitos de Dios por los cuerpos y las almas de los hombres.