«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Unción Del Espíritu Santo Para Ganar Las Almas

Por Sra. I. F. Nesbitt

    Una fábula de antigüedad nos cuenta de uno de los seguidores del Señor, encontrando a Satanás un día, vestido de monje y ocupado en el evangelismo personal.

    «¿Cómo es posible que tú estás predicando el evangelio?» le preguntó el cristiano en sorpresa.

    «Se ha convertido en mi estratagema más engañosa,» le respondió Satanás, «porque he descubierto que la letra mata, aún como dice la Palabra de Dios, y cuando predico el Evangelio sin ser ungido del Espíritu Santo, endurece el corazón de los hombres, y así es la mejor manera de mantenerlos fuera del reino de Dios.»

    No solamente es necesario en el evangelismo tener una visión del amor de Dios y de Su compasión por los perdidos, sino también necesitamos ser ungidos del Espíritu Santo, para que las palabras que hablemos tengan el poder y la vida, y que tengamos la sabiduría divina al tratar con las almas.

    La unción que vino sobre mi propia vida, llegó a mi lugar secreto de oración, cuando estaba a solas con Dios en una profunda intercesión por el mundo necesitado.  La aflicción de mi alma llegó a ser tan grave que me fue inaguantable, cuando de repente, irrumpió en mi corazón una revelación tan maravillosa del Señor como el todo victorioso Cristo a quien le fue dado todo el poder en el cielo, y en la tierra y bajo la tierra, que desde entonces vi mi lugar de ventaja y poder en Él, y todo lo que hay en la vida cambió completamente para mí.

    La lucha y el esfuerzo se habían ido.  La oración se convirtió en una realidad más allá de lo que las palabras puedan describir, y el evangelismo como algo fácil y gozoso.   

La joven a la orilla de la mar

    Yo enseñaba en una conferencia de verano en Asbury Park.  Antes de que saliera de mi casa para el lugar de esta cita, una de mis queridas muchachas en el estudio bíblico, oró que el Señor me ayudara a ganar almas en el paseo entablado que estuvo atestado de gente en ese gran punto de veraneo.

    La noche del sábado fue mi noche de descanso, y al caminar a solas entre los grupos de gente alegre, de pronto me sentí cansada y un poco nostálgica.  Atravesé uno de los muelles y me senté a descansar.  En el otro lado del banco se sentaba una joven mujer con su cara vuelta hacia el océano, donde la puesta del sol se profundizaba en noche.

    Mirándola, recordé la oración de mi amiga, y dije: «Señor, si ella es una a quien Tú deseas hablar a través de mí, que ella hable primero.»

    En un rato un gran hidroavión descendió rápidamente, acuatizando sobre las olas.  Ella se volteó a mí y dijo: «¿No es una extraña invención aquella?  Puede volar y flotar también.»

    Con eso como un punto de apoyo, entramos luego en conversación, que rápidamente nos trajo a la necesidad profunda en su vida y corazón, dando a mostrar su extrema necesidad del Salvador.  Sus palabras acompañadas con el ir y venir de las olas, contó sollozando la trágica historia de su vida.

    Sucedió que hacía pocos meses se despertó en la noche y encontró que la querida madre, quien era la única familiar que ella tenía en el mundo, estaba muerta a su lado.  El susto y la tristeza fueron tan grandes que resultaron en un serio ataque nervioso.  Ella fue obligada a dejar su lugar de trabajo donde había trabajado feliz y con éxito por muchos años.

    Ella consultó médico tras médico, hasta que sus pocos ahorros fueron agotados, y era necesario encontrar otro empleo o pasar hambre.  Uno de los médicos le había aconsejado que buscara un empleo en una casa privada a la orilla de la playa, en donde ella pudiera recuperarse los nervios y prepararse para regresar a su trabajo acostumbrado.

    Y esto es lo que había hecho, pero la familia para la cual ella trabajaba, desafortunadamente esa misma noche la había despedido sin pagarle por sus servicios.  Sin dinero, sin amigos, enferma y desalentada en espíritu, tomó la determinación de acabar con su vida.  Lo único que esperaba era que en el muelle no hubiese personas y que cayera la noche, para lanzarse al mar.

    «No tengo nada por qué vivir,» repetía llorando una y otra vez.

    Qué alegría, qué gozo fue decirle acerca del todo suficiente Salvador que la amaba y que había llevado su tristeza por ella, así que ella fuese feliz y libre.  Le enseñé como tan tiernamente Él me había llevado hacia ella, y lo terrible que sería si llevara a cabo lo que ella estaba contemplando.

    Al revelarse a su corazón la verdad sin igual del amor tierno del Señor, ella se calmó.  Y muy seriamente inclinamos nuestras cabezas mientras ella aceptaba al Señor como su Salvador personal.

    Luego la llevé a la casa de una mujer cristiana en el pueblo Ocean Grove donde pasó varios días.  Descubrimos que el deseo de su corazón era lo de ser enfermera.  Así que mi amiga le consiguió una posición de empleo como enfermera en una Casa de Ancianas. Y allí Marta llegó a ser una portadora de gozo para muchas vidas tristes.  Las ancianitas la llamaron «Marta Luz del Sol,» porque siempre era radiante su cara, y parecía que su paciencia nunca se agotó, no importa cuán difíciles fueran sus pacientes.  Ella se convirtió en la empleada más amada en toda la institución.  De vez en cuando recibí relatos espléndidos del superintendente, quien dijo: «El cristianismo se hace real, cuando se ve una vida como la de Marta.» 

El viejo ateísta, perturbador de sesiones

    Estábamos celebrando reuniones en una de nuestras ciudades del este.  Entre aquellos que regularmente asistían a nuestros servicios, había un hombre de más o menos setenta años de edad, quien era ateo fanático.  Era fuente de gran molestia para los cristianos, siendo que él asistía a las sesiones sólo para burlarse de la verdad de Dios, y muchas veces trastornaba a los recién convertidos por sus agudos argumentos en contra de la Palabra de Dios.

    Él estaba considerado como un caso desahuciado, y cuando llegamos a la Misión por primera vez, nos aconsejaron que no fuésemos a turbarnos por él, que él había resistido por tanto tiempo al Espíritu Santo, que el Espíritu había dejado de luchar con él, y que solamente sería gastar el tiempo hablar con él, puesto que él se jactó de su éxito en echar a un lado cada rayo de la verdad del Evangelio que se le acercó.  Él estaba endurecido tanto en el pecado como en la incredulidad.

    A pesar de todo este pronóstico desalentador de su caso, yo sentía mucha responsabilidad de orar por él.  Intercedía por su alma, y le pedí a Dios que efectuara en su propia manera la conversión de Su alma.

    Una mañana me sentí inquieta en el Espíritu, y una urgencia de ir a la Misión.  Pensando que tal vez el Señor quería que fuera a solas para orar, y sabiendo que el lugar estaba vacío a tal hora, seguí la urgencia del Espíritu y encaminé mis pasos a la Misión.

    El cuarto estaba vacío, excluyendo el conserje quien trabajaba silenciosamente.  Bajé mi cabeza en oración, sintiendo una sensación muy preciosa de la cercanía del Señor.  Luego el sonido de la puerta abriéndose, hizo que levantara la cabeza, y fue muy grande mi sorpresa al ver que el mismo hombre por quien había estado orando, entró.

    Fui convencido de que era una hora de crisis en su vida.  Una y otra vez mientras hablábamos, él decía: «No puedo imaginarme lo que era que me trajo aquí esta mañana.  No tenía planes de venir.»

    Utilicé cada una de las formas que sabía, pensando llegar a su corazón, pero todos mis argumentos, súplicas y oraciones ni siquiera lo movieron.  Una onda fría de desaliento trataba de vencerme.  Entonces yo le clamé amargamente al Señor, arrojándome a Él en una realidad más grande que nunca antes había hecho.  Le pedí que me enseñara la manera de tratar con este hombre, para que su voluntad terca y rebelde fuera quebrada y que el Espíritu Santo obrara con éxito en su corazón. 

Cantando un himno mandado por Dios

    Tiernamente comencé a cantar, con sollozos en mi voz, mientras pensaba en la necesidad del corazón de ese hombre, y del amor del Salvador, extendiéndose hacia él y ofreciéndole el perdón y la seguridad eterna.  Las palabras fueron reales a mi corazón: «Cuán tiernamente nos está llamando Cristo a ti y a mí.»

    Canté todas las estrofas y el coro, con mi cabeza inclinada y mi corazón orando a Dios.  Cuando terminé hubo un silencio profundo; entonces para mi asombro, el hombre se levantó de su asiento, y se arrodilló, inclinado bajo una emoción fuerte.  Todos sus argumentos fueron barridos, mientras que el Espíritu de Dios lo convencía del pecado.

    Jamás he oído tal confesión terrible de pecado que parecía ser arrancada de su corazón.  Parece que Dios me hizo sorda, porque mientras escuchaba las palabras, no tenían un significado real para mí.  Yo pienso que de otra manera no hubiese podido aguantarlo.  Cuando él terminó de derramar su corazón confesándose a Dios, y de apropiarse de la gracia de Dios por toda su culpa y necesidad, en la provisión de la sangre derramada, entonces él me dijo lo que al fin lo venció.

    Su esposa había sido una mujer devota, una mujer de oración.  Ella era más preciosa a su corazón que cualquier otra cosa que la vida le había dado.  Vez tras vez ella le había suplicado que aceptara al Salvador, pero siempre se enfrentaba con la burla y los hábiles argumentos, hasta que por último ella dejó de suplicarle, pero muchas veces cuando ella se ocupaba de las tareas de la casa, solía cantar el mismo himno que yo acabé de cantar.

    Aquel himno era uno de sus favoritos, pero raras veces pudiera cantarlo completamente, siendo ahogada por sus propios sollozos.  Ahí él era consciente de que las notas cesaron para dar lugar a una petición intercesora en su favor.  Un día su esposa estaba agonizando, y le suplicó por última vez; pero aun en la hora cuando él se quebrantaba de corazón, se volvió duro a la verdad.

    Y así que cuando canté el himno, las memorias inundaron su corazón.  Le pareció haber oído la voz de ella, cantando de nuevo con sollozos en tonantes de un deseo ardiente por su salvación.

    Él me dijo: «Soy un viejo, y no me queda mucho tiempo.  Ahora estoy seguro de que voy a la ‘cuidad más clara que el día,’ donde ella está cantando sin llorar, y alabaremos a este maravilloso Salvador para siempre.»

    Jamás he visto tan gran gozo como el que se llevó a cabo en la sesión esa noche, cuando él se levantó y dio su testimonio.  Fue el comienzo de un tiempo «de refrigerio de la presencia del Señor,» tiempo que vale la pena recordar.  ¡Oh, la fidelidad del Espíritu de Dios, que me movió a cantar dicho himno! 

Cómo Dios estimó la monedita de una viuda

    Mientras celebrábamos unas sesiones en Nueva York, fuimos sorprendidos una noche por una ventisca severa.  Cuando la sesión se terminó, una mujer vino hacia mí y dijo: «Quiero darle algo, porque he sido bendecida por el mensaje de esta noche.  Quisiera darle mucho, pero puedo darle sólo lo que tengo, y no lo que no tengo.»

    Ella puso en mi mano una monedita de cinco centavos, y con lágrimas en sus ojos me dijo que su esposo no era salvo, que estaba muy amargado hacia la religión, y que le daba solamente suficiente para pagar el billete de autobús, y nada más.  Ella había llegado en autobús a la sesión, y tenía planes de regresarse caminando a su casa, la cual quedaba bastante lejos, para poder darme lo que era su pasaje.

    Mi primer impulso fue el de protestar.  A mí me parecía casi imposible considerar tal cosa, como la de permitirle aguantar la tormenta severa, pero el Espíritu Santo refrenó mi negativa.  Me recordé de cuando el Señor dio honor a la viuda que dio todo lo que tenía, así que tomé el dinero, pero le dije a la mujer que si quería, podríamos orar para que el Señor salvara a su marido, y también a su hijo mayor quien empezaba a tomar los mismos pasos que el padre.

    La noche siguiente la señora, con su rostro lleno de alegría, me saludó al terminarse el servicio.  Ella había ido a su casa caminando la noche anterior, pero los vientos y los torrentes de nieve eran tan fuertes que ella avanzaba lentamente.  Casi a la medianoche llegó a la casa, cansada y mojada, pero con una paz extraña y nueva en su corazón que nunca antes había experimentado.

    Su esposo la estaba esperando, intensamente enojado por la ansiedad que ella le había causado.  Ellos se quedaron en la cocina, la nieve derritiéndose y cayendo gota a gota de su ropa, mientras ella le contaba de las bendiciones que había recibido, repitiéndole el mensaje de la noche, y luego diciéndole acerca de la ofrenda.

    Mientras ella platicaba, el enojo del esposo empezó a cambiarse en convicción.  Él encaminó sus pasos a la habitación más cercana, donde ella le escuchó caminar de un lado a otro sin descansar.  Ella se quitó la ropa mojada, y estaba preparando una bebida caliente cuando él se acercó a la mesa de la cocina, y que ella nunca podría agradecer a Dios lo suficiente por poner en su corazón el deseo de darme la ofrenda de cinco centavos.

    Su esposo dijo que lo que más le tocó el corazón, fue que ella amaba al Señor lo suficiente para caminar con gusto a través de la oscuridad y la tormenta, para que pudiera dar algo a la causa de Dios.  Él empezó a ver una realidad en la religión, que nunca antes había visto.

    Dios sabe abrir corazones, y sabe elegir los medios más extraños para realizarlo, si sólo nos rindamos a Él y le permitamos hacerlo.

    – Tomado de Vida de Cristo.