«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Compartir La Cruz De Cristo – Compartir Su Vida

Por F. J. Huegel 

    No se puede hacer un estudio del Nuevo Testamento sin experimentar algo de shock, al ver la notable diferencia entre la vida cristiana que estamos acostumbrados a vivir y el ideal del Maestro.  Permítanos repasar brevemente los requisitos de la vida cristiana tal como se establecieron por nuestro Salvador y por los apóstoles.

    Hemos de andar como Cristo anduvo (1 Juan 2:6).  Debemos amar a nuestros enemigos (Mt. 5:44).  Perdonar como Jesús perdonó – como Él lo hizo cuando estaba en medio de la vergüenza y angustia de la cruz, mirando a aquellos que la injuriaban, contemplando a los que le asesinaban, y perdonándolos (Lc. 23:34; Col. 3:13).  Ser amables con aquellos que nos odian y nos persiguen, y orar fielmente por ellos (Mt. 5:44).

    Ser más que vencedores (Rom. 8:37).  Dar gracias a Dios en todo, creyendo que todas las cosas, aun aquellas que marchitan nuestras más doradas esperanzas, obran para nuestro bien (Rom. 8:28; Ef. 5:20).

    No debemos estar afanosos por nada, sino hacer notorias nuestras peticiones delante del Señor, con oración, súplica y acción de gracias, de modo que la paz de Dios que sobrepasa nuestro entendimiento guarde nuestras mentes y nuestros corazones (Flp. 4:6-7).  Debemos regocijarnos en el Señor siempre (Flp. 4:4).  Pensar en todo aquello que es verdadero, todo lo que es honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay algo digno de alabanza (Flp. 4:8).

    Debemos ser santos, porque Dios es santo (1 Pe. 1:16).  El Salvador dijo que si creemos en Él, ríos de agua viva correrían de nuestro interior (Juan 7:38).  Debemos ser irreprensibles y sencillos, sin mancha, en contraste con este mundo malvado y degradado, para resplandecer en medio de una generación maligna y perversa como luminares en el mundo (Flp. 2:15).  Aprender a aborrecernos a nosotros mismos y practicarlo en forma diaria (Mt. 16:24).

    Se nos ha dicho que no podemos ser discípulos de Cristo si no renunciamos completamente a todas las cosas y a nosotros mismos (Lc. 14:26).  Pablo nos dice que nuestros afectos deben de estar colocados arriba (Col. 3:1-2).

    Creo que ya es suficiente.  No nos atrevemos a seguir más adelante.  El hacerlo sólo aumentaría nuestra vergüenza y dolor.  No somos lo que Cristo quiere que seamos.  Si ésta es la medida de la vida cristiana, si ésta es la norma sobre la cual hemos de ser juzgados, si esto es lo que Dios requiere de nosotros como cristianos, debemos gritar como Isaías: «¡Ay de mí, que estoy muerto!» (Is. 6:5).

    ¿Por qué el Salvador, tan tierno y comprensivo, tan amoroso y sabio, no hizo requisitos que estuvieran más acordes con la naturaleza humana?  ¿Por qué parece ser tan poco razonable?  ¿Por qué no demanda de nosotros aquellas cosas que podemos lograr de forma lógica?  Él nos invita a volar, pero no tenemos alas.  ¿Por qué el Salvador va más allá de lo natural, y pone al cristiano viviendo en las bases de lo sobrenatural?

    Yo protesto, no es natural el amar a nuestros enemigos; no es natural estar siempre gozosos; no es natural estar agradecidos por las cosas que nos hieren; tampoco es natural el odiarnos o aborrecernos a nosotros mismos; ni es natural andar como Jesús anduvo.

    ¿Hemos enfrentado este dilema hon­estamente?  ¿Hemos tenido el valor de enfrentarnos con las implicaciones de la Palabra de Dios?  ¿Se gana algo mediante evitarlo, pretendiendo que la distancia entre la humanamente posible, y la ley de Cristo (ej., lo que podemos alcanzar por naturaleza y lo que Dios requiere en Su Palabra) no es tan grande?

    Si no puede darse una respuesta satisfactoria (mi respuesta es que sí es posible), el sistema cristiano merece las infamaciones de los enemigos.  Debe enfrentar el grave calificativo de exageración, fanatismo, o lo que quiera llamarse a esta falta de ajuste entre la ley de Cristo y la naturaleza humana.

    Este no es un dilema nuevo.  Pablo, el gran apóstol a los gentiles, no deja ninguna duda acerca de su convicción de que la naturaleza humana, como tal, nunca puede alcanzar el ideal de Cristo…Romanos 7 es un testigo de este hecho.  Aquí tenemos la confesión de fracaso del apóstol, su grito de desesperación, su clamor amargo al encontrar que el ideal cristiano es inalcanzable, sus gemidos en cuanto a este dilema para el corazón, su honesta admisión de creer que los requisitos de la ley de Cristo son algo a lo que la naturaleza humana, aunque luche hasta el último esfuerzo, nunca podrá adaptarse….

    Pablo lucha, agoniza, llora.  Se esfuerza como sólo este gigante moral, uno de los más grandes de todos los tiempos, podría esforzarse.  Todo es en vano.  Él confiesa que la ley del pecado, como un poderoso torrente, arrastra con todo.

    Hacemos bien en enfrentar honestamente todos los aspectos de este dilema.  Pablo también lo hizo.  Él no echó ninguna cortina de humo sobre el asunto, ni sobre su incapacidad ni sobre el inalcanzable carácter de la ley de Cristo.  Es completamente franco sobre el hecho de que en sí mismo (esto es, en su carne, Rom. 7:18) no mora el bien.  Confiesa que se deleita en la ley de Dios, pero encuentra que hay algo en la naturaleza humana que hace que no se puede someter a ella.  Si hemos de ser honestos en cuanto a estas cosas, nos sentiremos llevados en forma inconsciente a tomar ciertos pasos, los cuales nos conducirán a un glorioso despertar.  Lo mismo que condujo a Pablo a un gran descubrimiento, nos ha de conducir a nosotros.

    No se trata de que Pablo, cuando escribió Romanos siete, era todavía un desobediente por voluntad propia como en sus días anteriores a la conversión camino a Damasco.  Él amaba realmente al Señor.  Era un soldado de la cruz, un cristiano consagrado.  Sólo que en ese momento se estaba viendo a la luz de una nueva revelación – a luz deslumbrante de la cruz de Cristo.

    Lo que antes, como un estricto discípulo de Moisés, hubiera sido excusable ahora lo abrumaba por su magnitud.  Actitudes aparentemente inocentes, pequeñas cosas, pecados insignificantes que bajo la ley mosaica hubieran pasado desapercibidos, si no es que se hubieran constituido en pequeñas virtudes, ahora rompía su corazón.  Eran cosas repulsivas, intolerables.  Parecían arder con el fuego del infierno.  Se clavaban como la lanceta de un escorpión. 

Pablo deseaba ser como Jesús

    Ya no era solamente una cuestión de ética, un asunto entre lo correcto y lo incorrecto, sino que todo se expresaba en una sola interrogante: ¿es como Cristo quiere que sea?  Pablo deseaba ser libre.  El amor por sí mismo, aun en las formas más secretas e inocentes, le producía náuseas.  Él quería ser como Jesús en lo amoroso de Su humildad, y en lo infinito de Su compasión.  Deseaba amar a Dios con un amor puro y servirle con esa sencillez que caracterizó (Rom. 7:24).

    ¿Hay una salida?  Sí.  La hay.  Pablo la encontró, y nosotros también podemos encontrarla.

    Ahora bien, mi tesis es la siguiente: hemos estado procediendo sobre bases falsas.  Hemos concebido la idea de la vida cristiana como una imitación de Cristo.  No es una imitación de Cristo, sino una participación de Él.  «Porque somos hechos participantes de Cristo» (Heb. 3:14).  En el libro de Thomas Kempis, La Imitación de Cristo, hay algunas cosas buenas, pero la idea básica que concierne a los principios que rigen la vida cristiana es completamente falsa.  El proceder sobre las bases de la imitación no haría otra cosa que sumirnos en la desesperación en que Pablo se halló cuando escribió el capítulo siete de Romanos.

    No somos lo que Cristo desea que seamos.  El Sermón del Monte no encuentra expresión activa en nuestras actitudes; el problema es que no hemos escuchado al Señor Jesús.  Él nos dice que debemos de permanecer en Él como el pámpano en la Vid.  Mateo capítulos cinco, seis y siete sin Juan capítulo quince serían como un camión de carga sin motor, como una ballena sin agua, o un pájaro sin aire.

    En aquel aposento alto, el Maestro, sabiendo que era Su última oportunidad para imprimir en la mente de Sus discípulos los principios fundamentales, colocó el mayor énfasis sobre la unión mística, esta unión espiritual de Él con los creyentes, este hecho sublime de la participación.  «Permaneced en Mí, y Yo en vosotros.»  Nuestros fracasos no hacen sino confirmar la veracidad de las palabras del Salvador, pues al decir: «Porque separados de Mí nada podéis hacer» (Juan 15:5).

    No, no hemos sido llamados a imitar a Cristo.  La verdad es que el principio no tendría mucho valor si fuera así.  Pablo lo mencionó en el capítulo 13 de Corintios, el capítulo del amor.  Tal imitación vendría a ser como algo artificial.  Aun aquí Jesús diría: «La carne no aprovecha para nada» (Juan 6:63).

    El cristiano no está llamado a esforzarse hasta más no poder para imitar la vida de Cristo.  La vida cristiana en el pensamiento de Dios es mucho más bendecida y triunfante.  «Porque somos hechos participantes de Cristo» (Heb. 3:14).  Dios nos da preciosas y grandísimas promesas, como dice en 2 Pedro 1:4 – «Para que por ellas llegaseis a ser participantes de la Naturaleza Divina.»  El creyente está injertado en el Tronco de la Deidad eterna.  «Yo soy la Vid, vosotros los pámpanos» (Juan 15:5).

    «Las riquezas de la gloria de este misterio…Cristo en vosotros, la esperanza de gloria» (Col. 1:27). 

    – Sacado de Hueso de Sus huesos por F. J. Huegel.  Copyright © 2008.  Usado con permiso del Editorial CLC.