«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Humildad En La Vida Diaria

Por Andrew Murray 

    «Él que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Juan 4:20). 

    Que pensamiento solemne es este: que nuestro amor a Dios será medido por nuestro contacto diario con los hombres y el amor que Él exhibe; y que nuestro amor a Dios será tenido como una desilusión, excepto cuando su verdad es probada en las situaciones de prueba de la vida diaria con hombres como nosotros.

    También es así con nuestra humildad.  Y fácil pensar en que nos humillemos delante de Dios, pero la humildad delante de los hombres será la única prueba suficiente de que nuestra humildad delante de Dios es real, de que la humildad ha hecho Su morada en nosotros y se hace nuestra propia naturaleza, prueba de que nosotros, en la verdad, como Cristo, hicimos de nosotros mismos personas sin reputación.  Cuando, en la presencia de Dios, la humildad de corazón se hace, no una postura que asumimos por un tiempo, cuando pensamos en Él u oramos a Él, pero el propio espíritu de nuestra vida, eso se manifestará en todo el «conducir delante de» nuestros hermanos.

    La lección es de profunda importancia: la única humildad que es realmente nuestra no es aquella que intentamos mostrar delante de Dios en oración, pero aquella que cargamos con nosotros, y sostenemos, en nuestra conducta común; las insignificancias de la vida diaria son la importancia y las pruebas de la eternidad, pues ellas prueban cual es realmente el espíritu que transmitimos.  Es en la mayoría de nuestros momentos desprotegidos que realmente mostramos y vemos lo que somos.  Para conocer el hombre humilde, para conocer como el hombre humilde se comporta, usted tiene que seguirlo en la vida común de su día a día.

    ¿No fue eso que Jesús enseñó?  Cuando los discípulos disputaron quién sería el mayor, cuando Él vio como los fariseos amaban los primeros lugares en los banquetes y los primeros bancos en las sinagogas, cuando Él les dio el ejemplo al lavarles los pies; ahí Él enseñó Sus lecciones de humildad.  La humildad delante de Dios no es nada si no fuera probada en humildad delante de los hombres.

    Es también así en las enseñanzas de Pablo.  A los romanos, él escribió: «En cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros» (Rom. 12:10); «Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes.  No seáis sabios en vuestra propia opinión» (12:16).  A los corintios: «El amor,» y no hay amor alguno sin la humildad como raíz, «el amor no es jactancioso, no se envanece…no busca lo suyo, no se irrita» (1 Cor. 13:4-5).

    A los gálatas: «Sino servíos por amor los unos a los otros….  No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros» (Gál. 5:13, 26).  A los efesios, inmediatamente después de tres maravillosos capítulos sobre la vida celestial: «Andéis…con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor» (Ef. 4:2); «Dando siempre gracias por todo…, someteos unos a otros en el temor de Dios» (5:20-21).

    A los filipenses: «Nada hagáis por contienda, o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a vosotros mismos….  Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús…tomando forma de siervo…se humilló a Sí Mismo» (Flp. 2:3, 5, 7-8).  Y a los colosenses: «Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros…de la manera que Cristo os perdonó» (Col. 3:12-13).

    Es en nuestra relación unos con los otros, en nuestro tratamiento unos para con los otros, que la verdadera humildad de mente y el corazón de humildad serán mostrados.  Nuestra humildad delante de Dios no tiene valor, pero nos prepara para revelar la humildad de Jesús a los hombres como nosotros.  Vamos a estudiar la humildad en el vivir diario a la luz de esas palabras. 

¿Cómo es posible?

    El hombre humilde busca a todo tiempo actuar de acuerdo con la regla: «En honra prefiriéndoos unos a los otros; siervos unos de los otros; considerando cada uno los otros superiores a sí aún; sujetándoos unos a los otros.»

    La pregunta frecuentemente hecha es: ¿Cómo podemos considerar a otros superiores a nosotros mismos, cuando vemos que ellos están mucho más bajos de nosotros en sabiduría y santidad, en dones naturales o en gracia recibida?  Ese asunto prueba que entendemos muy poco lo que es realmente la humildad.

    La verdadera humildad viene cuando, a la luz de Dios, nos vemos a nosotros mismos como nada siendo, consintiendo en desistir y en deshacernos de nosotros mismos, para permitir que Dios sea todo.  El alma que hizo eso y puede decir: «Yo me perdí encontrando a Ti,» ya no se compara con otros.  Desistió para siempre de todo pensamiento del ego en la presencia de Dios; encuentra a los hombres comunes como alguien que no es nada y no recoge aún nada para sí, es un siervo de Dios y, a causa de Él, un siervo de todos.

    Un siervo fiel puede ser más sabio que el maestro y, aun así, conservar el verdadero espíritu y postura del siervo.  El hombre humilde respeta a cada hijo de Dios, aún al más débil y al más indigno, y lo honra y lo prefiere en honra como el hijo de un Rey.  El espíritu de aquel que lavó los pies de los discípulos hace con que nos sea, de hecho, una alegría que seamos los menores, que seamos siervos unos de los otros.

    El hombre humilde no siente celos o envidia.  Él puede loar a Dios cuando otros son preferidos y bendecidos antes de él.  Él puede soportar que otros sean loados y él siendo olvidado, pues en la presencia de Dios él aprendió a decir como Pablo: «Nada soy» (2 Cor. 2:11).  Él recibió el espíritu de Jesús – que no se agradó a Sí Mismo y no recogió Su propia honra – como el espíritu de su vida.

    Entre lo que son consideradas tentaciones para haber impaciencia e irritación, para haber opiniones duras y palabras bruscas, tentaciones que vienen de fallos y pecados de cristianos, el hombre humilde carga a determinación frecuentemente repetida en su corazón, y muestra eso en su vida: «Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros…de la manera que Cristo os perdonó» (Col. 3:13).

    Él aprendió que, revistiéndose del Señor Jesús, él se revistió «de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia» (Col. 3:12).  Jesús tomó el lugar del ego, y no es una imposibilidad perdonar como Jesús perdonó.  La humildad de Jesús no consiste meramente en opiniones o palabras de auto-deprecio, pero, como Pablo coloca, «en un corazón de humildad,» cercado de compasión y amabilidad, mansedumbre y longanimidad, la dulce y humilde gentileza reconocida como la marca del Cordero de Dios.

    En esforzarse por tener las experiencias más elevadas de la vida cristiana, el creyente está frecuentemente bajo el peligro de visar a y de regocijar en lo que alguien puede llamar de la virtud más humana y valiosa, como osadía, alegría, desprecio al mundo, celo, auto-sacrificio – incluso los antiguos estoicos enseñaron y practicaron eso.

    Mientras las más profundas y gentiles, las más divinas y más celestiales, aquellas que Jesús primero enseñó sobre la tierra, pues las trajo del cielo, aquellas que están más evidentemente conectadas a la cruz y con la muerte del ego – pobreza de espíritu, mansedumbre, humildad, modestia – son raramente consideradas o valoradas.  Por tanto, vamos en el revestir de un corazón de compasión, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad, y vamos a probar nuestra semejanza con Cristo, en nuestro celo por salvar al perdido, pero antes de todo en nuestra relación con los hermanos, soportando y perdonando unos a los otros, así como el Señor nos perdonó.

    Compañeros cristianos, vamos a estudiar la imagen de la Biblia con respecto al hombre humilde.  Y vamos a preguntar a nuestros hermanos, y preguntar al mundo, si ellos reconocen en nosotros la semejanza al original.  Vamos a contentar con nada menos que tomar cada uno de esos textos como la promesa de lo que Dios irá a trabajar en nosotros, como la revelación en palabras de lo que el Espíritu de Jesús nos dará dentro de nosotros.  Y vamos, en cada fallo y flaqueza, simplemente en apresurar en hacernos humildes y mansos para el manso y humilde Cordero de Dios, en la certeza de que donde Él es entronizado en el corazón, Su humildad y bondad serán unas de los torrentes de agua viva que fluyen de dentro de nosotros.

    Siento profundamente que tenemos muy poca percepción de que la iglesia sufre a causa de la falta de esa humildad divina, el ser nada que da lugar para Dios probar Su poder.  No hace mucho tiempo que un cristiano, con un humilde y amable espíritu, comunicó sin pocos puntos de misión de varias sociedades y expresó su profunda tristeza, pues en algunos de ellos el espíritu de amor y tolerancia estaba tristemente ausente.  Hombres y mujeres que podrían escoger su propio círculo de amigos, hallan difícil soportar y amar y mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz por estar próximos de otros con mente incompatible.  Y aquellos que deberían haber sido compañeros y ayudadores de la alegría unos de los otros se hicieron un obstáculo y un enfado.

    Y todo por la única razón: la falta de la humildad que se considera nada, que se regocija en hacerse y ser considerada como la menor, y busca apenas, como Jesús, ser el siervo, el auxiliar y consolador de otros, hasta de los más débiles y más indignos.

    ¿Y cómo acontece de hombres que han desistido alegremente de ellos mismos por Cristo hallen tan difícil desistir de ellos mismos por sus hermanos?  ¿Eso no es culpa de la iglesia?  Ella ha enseñado tan poco a sus hijos que la humildad de Cristo es la primera de las virtudes, la mejor de todas las gracias y poderes del Espíritu.  Ella ha probado tan poco que la humildad de Cristo es lo que ella, como Cristo, coloca y predica en primer lugar como lo que es, de hecho, necesario y posible también.

    Permitamos que el descubrimiento de la ausencia de esa gracia nos mueva para mayor expectativa de Dios.  Vamos a respetar a todo hermano que nos intenta o irrita como medio de la gracia de Dios, instrumento de Dios para nuestra purificación, para nuestro ejercicio de la humildad que Jesús, nuestra Vida, sopló para dentro de nosotros.  Y vamos a tener tal fe en lo todo de Dios y en nada el ego para que, como nada a nuestros propios ojos, en el poder de Dios, nos proponemos solamente a amar los unos a los otros en amor.

    – Extraído del Humildad la Belleza de la Santidad por Andrew Murray.