«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Iglesia Sin El Espíritu

Por Samuel Chadwick 

    La iglesia es la creación del Espíritu Santo.  Es una comunidad de creyentes que debe su vida religiosa, desde el principio hasta el final, al Espíritu de Dios.  «Y nadie puede decir: Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo» (1 Cor. 12:3).  La confesión del señorío de Jesucristo es la primera condición para ser un miembro de Su iglesia.

    El mandamiento de quedarse en la ciudad de Jerusalén en tanto viniera el poder de lo alto, prueba que el elemento esencial de la iglesia cristiana es el Espíritu Santo.  Nada tiene más valor en la obra de la iglesia.  La iglesia moderna se ha llenado de actividades sociales, clubes, instituciones, picnics, campamentos, etc., queriendo sustituir con ellos la obra del Espíritu Santo.  Los servicios religiosos y las instituciones organizadas no constituyen la iglesia cristiana, y éstos pueden funcionar sin el don del fuego pentecostal. 

La vida del cuerpo

    La obra del Espíritu en la iglesia está manifestada en las promesas de Jesús durante la víspera de Su partida, y demostrada en los Hechos de los apóstoles.  Los Evangelios nos relatan todo lo que el Señor Jesús hizo y enseñó hasta el día en que fue recibido arriba en los cielos (Hch. 1:1-2).  El Libro de los Hechos nos da el registro de todo lo que Él continuó haciendo y enseñando después del día en que fue recibido arriba.  El Espíritu Santo es el Agente activo y administrativo del Hijo glorificado.  Él es el Paracleto, el Sustituto, el Representante activo de Señor ascendido.  Su misión es glorificar a Cristo perpetuando Su carácter, estableciendo Su reino y llevando a cabo Su propósito redentor en el mundo.  La iglesia es el Cuerpo de Cristo, y el Espíritu es el Espíritu de Cristo.  El Espíritu llena el Cuerpo, dirige sus movimientos, controla sus miembros, inspira su sabiduría y suple su fortaleza.  Él guía a los creyentes a toda verdad, los santifica y les da poder para testificar.  La obra de la iglesia es ministrar el Espíritu, hablar del mensaje del Evangelio y transmitir Su poder.  El Espíritu llama y distribuye, controla y guía, inspira y fortalece.

    El Espíritu nunca ha abdicado Su autoridad ni relegado Su poder.  No hay ninguna figura, ni Papa, ni Parlamento, ni conferencias o concilios, que le sobrepase o que se le iguale en autoridad suprema sobre la iglesia de Cristo.  La iglesia que en lugar de estar gobernada por Dios lo está por el hombre, se dirige directamente a un fracaso total.  Un obrero que tenga mucha preparación universitaria, pero que no esté lleno del Espíritu, obtendrá una obra estéril.  La iglesia que multiplica sus comités y reuniones administrativas y hace abandono de las reuniones de oración, trabaja en vano.  Todo el ruido o el alboroto que haga en sus organizaciones será inútil.  Se puede sobresalir en los medios mecánicos y sofisticados, pero una total ausencia de poder.  Para hacer marchar una organización no se necesita a Dios.  Así lo hacen las empresas de este mundo.  El hombre puede facilitar la energía, el esfuerzo y el entusiasmo para cosas humanas.  La obra real de una iglesia depende únicamente del poder del Espíritu.

    La presencia del Espíritu es vital y central en la obra de la iglesia.  Nada más tiene valor.  Apartados de Él, toda la sabiduría humana se convierte en locura, y la fortaleza en debilidad.  La adoración sin la inspiración del Espíritu es como la idolatría.  La predicación carece de poder si no es en sí una demostración de Su poder.  La oración es en vano a menos que el Espíritu la inspire y le dé energía.  Los recursos humanos de aprendizaje y organización, bienestar y entusiasmo, reforma y filantropía, son más que inútiles si el Espíritu Santo no está en ellos.  La iglesia siempre falla en su fe y confianza en Dios.  Puede haber muchas reuniones, conferencias y organizaciones, pero si el poder y la presencia del Espíritu no están allí de nada sirven; son esfuerzos estériles que al fin acabarán en la nada.  Es por eso que he dicho anteriormente que la oración es sumamente importante.  Ella es la prueba de la fe y el secreto del poder.  El Espíritu de Dios obra en el alma cuando ésta lleva una vida de oración constante y profunda.  Los milagros son la obra directa de Su poder, y sin ellos la iglesia no puede vivir.  La carne puede discutir y argumentar varios razonamientos, pero es el Espíritu el que da la convicción.  La educación puede civilizar, pero lo que en realidad salva es el ser nacido del Espíritu.  La energía de la carne puede hacer reuniones, organizar conferencias, números especiales, etc., pero es la presencia del Espíritu Santo lo que hace que la iglesia sea un Templo del Dios viviente.  Las dificultades existentes en nuestro tiempo, dentro de la iglesia cristiana, se producen porque la iglesia tiene más fe en el mundo y en la carne que en el Espíritu Santo; y las cosas no mejorarán hasta que retornemos a Su presencia y poder.  Sólo por medio de la oración la muerte puede tornarse en vida y los huesos secos en poderoso ejército.

     – Extraído de Volvamos a Pentecostés por Samuel Chadwick.