«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Vida Centrada En Uno Mismo

Por Andrew Murray 

    «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame» (Mt. 16:24). 

    En el versículo 13 de Mateo capítulo 16 leemos que en Cesárea de Filipo Jesús preguntó a Sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?»  Cuando le contestaron, les preguntó: «Y vosotros, ¿quién dicen que soy Yo?»  En el versículo 16 Pedro contestó y dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.»  Jesús respondió diciéndole: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo revelo carne ni sangre, sino Mi Padre que está en los cielos.  Y Yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré Mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.»

    Luego, en el versículo 21 leemos que Jesús empezó a decirles a Sus discípulos que se aproximaba Su muerte; y en el versículo 22 Pedro comenzó a refutarle, diciendo: «“Señor, no lo permita Dios; en ninguna manera te suceda esto.”  Pero [Jesús] volviéndose dijo a Pedro: “¡Quítate de delante de Mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque tus sentimientos no son los de Dios, sino los de los hombres.”  Entonces Jesús dijo a Sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.”»

    A menudo oímos hablar acerca de la vida de entrega y surge la pregunta: ¿Cuál es el secreto?  ¿Por qué hay tantos creyentes que desperdician su vida en alianza con el mundo en lugar de vivir el testimonio, el privilegio y la gloria de los hijos de Dios?

    Entonces suele surgir otra pregunta: ¿Por qué es que cuando vemos algo que está mal, luchamos, pero no podemos vencerlo?  ¿Por qué, después de orar y prometer cientos de veces, estamos todavía viviendo una vida disminuida, dividida, ambivalente?

    Para esas preguntas hay una sola respuesta; el yo es la raíz de todo el problema.  Por tanto, si alguien me pregunta: «¿Cómo puedo liberarme de esta vida conflictiva?» la respuesta no puede ser: «Debes hacer esto o aquello, o tal otra cosa.»  Debiera ser: «La vida nueva que viene de lo alto, la vida de Cristo, debe reemplazar a la vida del yo; sólo entonces podemos ser vencedores.»

    Siempre vemos desde afuera hacia adentro.  Hagamos lo mismo aquí; consideremos en este versículo solamente la frase «sí mismo».  Jesús le dijo a Pedro: «Si alguien quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome se cruz, y sígame.»

    Esa es la marca del discípulo; ese es el secreto de la vida cristiana: neguemos el yo y todo saldrá bien.  Observemos que Pedro era creyente, un creyente que había sido instruido por el Espíritu Santo.  Había dado una respuesta que había agradado mucho a Cristo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.»  No pensemos que era algo fácil de hacer.  Nosotros lo aprendimos en el credo.  Pedro no.  Pero Cristo advirtió que el Espíritu Santo del Padre le había estado enseñando y dijo: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás.»

    Pero fijémonos cuán fuerte era aún la naturaleza carnal en Pedro.  Pedro podía entender lo de la divinidad: «Tu eres el Hijo de Dios»; pero cuando Cristo habló acerca de la cruz y de la muerte no lo pudo entender y se aventuró, con la confianza que tenía en sí mismo, a decir: «Señor, tal no te acontezca.»  En otras palabras: «Tú no puedes ser crucificado y no puedes morir.»

    Y Cristo tuvo que reconvenirle: «Quítate de delante de Mí, Satanás.  Me eres tropiezo.»   Jesús estaba diciendo: «Porque tus sentimientos no son los de Dios, sino los de los hombres.»

    Luego continuó diciendo: «Recuerda, no sólo Yo voy a ser crucificado, sino ustedes también.  El hombre que quiera ser Mi discípulo, debe negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme.»

    Examinemos la expresión «sí mismo.»  Sólo cuando empezamos a comprender qué es el yo, sabemos realmente lo que hay en la base de nuestros fracasos, y estamos preparados para buscar la liberación en Cristo. 

La naturaleza de la vida centrada en uno mismo

    Consideremos ahora, antes que nada, la naturaleza de la vida centrada en uno mismo; luego señalaremos algunas de sus obras y finalmente plantearemos la pregunta: «¿Cómo podemos liberarnos de ella?»

    El yo es el poder con el que Dios ha creado y dotado a cada criatura racional.  Constituye el centro mismo de cada ser.

    ¿Y por qué Dios ha dado este yo a los ángeles o al hombre?  El propósito era que pudiéramos traerlo como una vasija vacía ante Dios para que Él la llenara con Su vida.  Dios me dio el poder de la autodeterminación para que le trajera mi ser cada día y le dijera: «Oh, Dios, obra en él.  Te Lo entrego.»

    Dios quería una vasija en la que pudiera derramar la divina plenitud de la belleza, la sabiduría, el poder; y así creó el mundo, el sol, las estrellas, los árboles, las flores, la hierba, todo lo cual muestra las riquezas de Su sabiduría, belleza y bondad.  Pero lo hacen inconscientemente.

    Luego Dios creó a los ángeles con ser y voluntad propia, para ver si voluntariamente acudirían a rendirse como vasijas para ser llenadas.  ¡Pero no todos lo hicieron!  Uno de ellos, encabezando una multitud, comenzó a admirarse a sí mismo y a pensar en los maravillosos poderes con que Dios lo había dotado, y a deleitarse en ellos.  Comenzó a pensar: «¿Puede un ser como yo permanecer siempre dependiendo de Dios?»

    Se exaltó a sí mismo, y el orgullo lo enfrentó a Dios.  En el mismo instante se transformó de ángel celestial en diablo del infierno.  El yo entregado a Dios con lleva la gloria de permitirle al Creador revelarse en nosotros.  El yo que rechaza a Dios es la oscuridad misma y el fuego del infierno.

    Todos conocemos las terribles consecuencias de esta acción.  Dios creó al hombre y Satanás vino en la forma de una serpiente y tentó a Eva con la idea de hacerse igual a Dios, de tener un «yo» independiente, conociendo el bien y el mal.  Y mientras le hablaba, le inspiró, a través de esas palabras, todo el veneno y la esencia del infierno.  Su propio espíritu diabólico, el veneno del infierno, ingresó en la humanidad, y es este «yo» maldecido el que hemos heredado de nuestros primeros padres.

    Fue ese «yo» el que trajo destrucción y ruina al mundo.  Y todo lo que hay de pecado, oscuridad, miseria y ruina; y todo lo que habrá a lo largo de interminables años de eternidad en el infierno, no será otra cosa que el reinado del «yo», la maldición del yo, separando al hombre de Dios.  Si queremos entender plenamente lo que Cristo hizo por nosotros, y si queremos ser partícipes de una salvación plena, debemos aprender a conocer, odiar y renunciar totalmente a este «yo» condenado. 

Las obras del yo

    Ahora bien, ¿cuáles son las obras del yo?  Podría mencionar muchas, pero tomemos las formas más simples que manifestamos continuamente: la autodeterminación, la autoconfianza y la autoexaltación.

    La autodeterminación, que lleva a satisfacerse a uno mismo, es el gran pecado del hombre.  Está en la raíz de todo compromiso con el mundo, que es lo que destruye a tanta gente.

    Los hombres no pueden entender por qué no habrían de satisfacerse a sí mismos a su antojo.  Numerosos creyentes nunca han llegado a entender que cristiano es el hombre que nunca busca su propia voluntad, sino que busca siempre la de Dios, como lo hace aquel en quien vive el propio espíritu de Cristo.  «¡Heme aquí, vengo a hacer Tu voluntad, Dios Mío!»  Hay creyentes que hacen su propia voluntad en cientos de maneras, y que sin embargo tratan de ser felices, buenos, útiles; y no saben que dentro de ellos está su autodeterminación robándoles la posibilidad de la bendición.  Cristo le dijo a Pedro: «Pedro, niégate a ti mismo.»  Pero en lugar de hacerlo, Pedro dijo: «Negaré a mi Señor y no a mí mismo.»  Nunca lo dijo con esas palabras, pero Cristo le dijo la última noche: «Tú me negarás,» y así lo hizo.  ¿Cuál fue la causa?  El deseo de hacer su propia voluntad.  Se atemorizó cuando la sirvienta la señaló como seguidor de Jesús, y tres veces exclamó: «No conozco a ese hombre, no tengo nada que ver con Él.»  Negó a Cristo.

    ¡Imaginemos la situación!  No en vano Pedro derramó luego amargas lágrimas.  Fue una elección entre el yo – ese ­horrible, maldito yo – y Jesús, el hermoso y bendito Hijo de Dios.  Y Pedro eligió el «yo».  No en vano pensó: «En lugar de negarme a mí mismo, he negado a Jesús; ¡qué elección he hecho!»  Con razón lloró amargamente.

    Hermanos, observemos nuestra vida a la luz de las palabras de Jesús.  ¿Encontramos autodeterminación, autosatisfacción?  Recordemos esto: cada vez que nos complacemos a nosotros mismos, negamos a Jesús.  Es una cosa o la otra.  Debemos agradarle a Él sólo y negarnos a nosotros mismos, o complacernos a nosotros mismos y negarle a Él.

    Si nos complacemos a nosotros mismos, obtendremos la autoconfianza, con sus efectos relacionados: el autoesfuerzo, la autodependencia.  ¿Qué llevó a Pedro a negar a Jesús?  Cristo se lo había advertido.  ¿Por qué no siguió la advertencia?  A causa de su autoconfianza.  Estaba seguro de sí mismo: «Señor, Te amo.  Durante tres años Te he seguido.  Señor, estoy seguro de que nunca Te negaré.  Estoy dispuesto a ir a la cárcel y aun a la muerte.»  Era autoconfianza simplemente.

    La gente me ha preguntado muchas veces: «¿Por qué fracaso?  Deseo sinceramente vivir en la voluntad de Dios y oro tan fervientemente para lograrlo.»  Mi respuesta generalmente es: «Simplemente porque confía en sí mismo.»

    Pero dicen:  «No, no es así.  Sé que no soy bueno, y sé que Dios está dispuesto a cuidarme.  Pongo mi confianza en Jesús.»

    Pero les contesto: «No, hermano, no.  Si usted confiara en Dios y en Jesús no fracasaría, en cambio confía en sí mismo.»  Debemos convencernos de que la causa de todo fracaso en la vida cristiana no es otra cosa que ésta.  Confío en este yo condenado en lugar de confiar en Jesús.  Confío en mis propias fuerzas en lugar de confiar en la fuerza omnipotente de Dios.  Y ese es lo que dice Cristo: «Este yo debe ser negado.»

    La tercera manifestación del yo es la autoexaltación.  Cuánto celo y orgullo hay en el mundo cristiano; cuánta sensibilidad respecto a lo que otros dicen o piensan de nosotros; cuánto deseo de alabanza humana y de agradar a los hombres, en lugar de vivir siempre en la presencia de Dios con un solo pensamiento: «¿Le estoy agradando a Él?»  Cristo dijo: «¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros?» (Juan 5:44).  El rendirse mutuo honor hace totalmente imposible la vida de fe.  El yo nacido del infierno nos separó de Dios, y es un engañador maldito que nos aleja de Jesús. 

Un solemne canje

    Finalmente, ¿qué debemos hacer para librarnos del él?  Jesús nos contesta en este mismo versículo: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame.»

    Atendamos bien.  Debo negarme a mí mismo y tomar a Jesús Mismo como mi vida; tengo que elegir.  Hay dos vidas: la vida del yo y la vida de Cristo; debo elegir una de las dos.  «Sígueme,» dice nuestro Señor.  «Hazme la ley de tu existencia, la regla de tu conducta; dame todo tu corazón; sígueme, y Yo me haré cargo de todo.»

    Amigos, es un solemne canje el que tenemos delante de nosotros: aducir y, advirtiendo el peligro del yo con su orgullo y su maldad, arrojarnos ante el Hijo de Dios, diciendo: «Niego mi propia vida.  Tomo Tu vida para mí.»

    La razón por la que los cristianos oran y oran pidiendo que la vida de Cristo surja en ellos, sin lograrlo, es que no han negado su yo.  Usted se preguntará: «¿Cómo puedo librarme de la vida del yo?»

    Recordemos la parábola del hombre fuerte que guardaba su casa, hasta que vino uno más fuerte y lo expulsó.  Luego la casa fue barrida y arreglada, pero estaba vacía, y entonces el hombre volvió con otros siete espíritus peores que él (Lc. 11:21-26).  Sólo Cristo Mismo posesionándose de nuestra vida puede dominar la vida del yo.

    Recuerde al Apóstol Pablo cuando vio la visión celestial.  Para que no se enorgulleciera de sí mismo.  Cristo le dio un aguijón en la carne para humillarlo (2 Cor. 12:2-9).  Tenía una tendencia natural a la autoexaltación que lo hubiera dominado, pero Cristo le libró de ello porque cuidaba fielmente al siervo que Lo amaba.  Jesucristo es capaz, por Su divina gracia, de impedir que el poder del yo se afirme o tome primacía.  Jesucristo desea llegar a ser la vida del alma.  Está deseoso de enseñarnos a seguirle de tal forma, y a tener el corazón y la vida de tal modo consagrados a Él, que siempre sea Él la luz del alma.

    Entonces podremos decir con al Apóstol Pablo: «No yo, sino Cristo en mí» (Gál. 2:20).  Las dos verdades van juntas.  Primero «No yo,» y luego «sino Cristo vive en mí.»

    Volvamos a Pedro otra vez.  Cristo le dijo: «Niégate a ti mismo y sígueme.»  ¿Adónde lo guiό?  Lo guiό hasta el Getsemaní, y allí Pedro falló, porque se durmió cuando debió estar despierto, velando y orando.  Lo guiό hasta el Calvario, hacia el lugar donde Pedro le negó.  ¿Era esa la guía de Cristo?  Alabado sea Dios, sí que lo era.  El poder del Espíritu Santo no había venido aún.  Pedro era todavía un hombre carnal (el espíritu estaba dispuesto, pero era incapaz de vencer; la carne era débil).

    ¿Qué hizo Cristo?  Guiό a Pedro hasta que cayó en total abatimiento y humillación en lo hondo del dolor.  Jesús le guiό  más allá de la tumba, pasando por la resurrección, hasta Pentecostés.  Y luego vino el Espíritu Santo, por medio del cual Cristo vino con Su vida divina.  Ahora Pedro podía decir: «Cristo vive en mí.»

    Hay una sola manera de ser liberado de la vida del yo.  Debemos seguir a Cristo, dirigir nuestro corazón hacia Él, escuchar Sus enseñanzas, entregarnos al Señor cada día para que Él sea todo en nosotros; y por el poder de Cristo la negación del yo se hará una bendita e incesante realidad.  No llegará nunca la hora en que el creyente pueda decir: «No tengo yo que negar.»  Jamás podrá decir: «No necesito negar mi yo.»

    No, la comunión con la cruz de Cristo comprende una incesante negación del yo en cada hora y en cada momento por la gracia de Dios.  Debemos ser crucificados con Cristo Jesús.  Debemos vivir con Él como los que han sido bautizados en Su muerte.  ¡Pensemos en esto!  Cristo no tenía un yo pecaminoso, pero tenía un yo, y de hecho lo estuvo negando hasta la muerte.  En el Getsemaní dijo: «Padre, pero no sea como Yo quiero, sino como Tú.»  Negó ese yo inmaculado hasta la muerte, para que el Padre pudiera recibirlo después de la tumba, resucitado y glorificado.  ¿Podemos esperar ir al cielo de alguna forma diferente a la que fue Él?

    ¡Cuidado!  Recordemos que Cristo fue a la muerte y la tumba, y es en la muerte del yo, siguiendo a Cristo hasta las últimas consecuencias, que se alcanza la liberación y la vida. 

Humíllese delante del Señor

    Y ahora, ¿cómo podemos aprovechar esta lección del Maestro?»  La primera enseñanza es que nos debemos ocupar en humillarnos delante de Dios al considerar lo que el yo es en nosotros; reconocer que el yo es la causa de todo pecado, de todo defecto, todo fracaso, de todo lo que deshonra a Dios, y decir: «Señor, esto es lo que soy.»  Luego dejemos a Cristo tomar el control total de nuestra vida, creyendo que Su vida puede ser la nuestra.

    No pensemos que es fácil librarse del yo carnal.  En una reunión de consagración es fácil librarse del yo carnal.  En una reunión de consagración es fácil hacer una promesa, y realizar un acto de entrega, pero la negación y muerte de nuestro yo debe ser tan solemne como la muerte de Cristo en el Calvario, como la entrega de Su ser sin pecado.  El poder de la muerte de Cristo debe ejercer influencia sobre nosotros cada día.

    Pensemos en el contraste entre ese Pedro obstinado y Jesús entregando Su voluntad a Dios.  ¡Qué contraste entre la autoexaltación de Pedro y la profunda humildad del Cordero de Dios, manso y humilde de corazón, ante Dios y los hombres!  ¡Qué contraste entre la autoconfianza de Pedro y la honda dependencia de Jesús en Su Padre cuando dijo: «Nada hago por Mí Mismo»!

    Estamos llamados a vivir la vida de Cristo, y Cristo viene a vivir Su vida en nosotros.  Pero hay algo que debe ocurrir antes: debemos aprender a negar y odiar a nuestro yo.  Como dijo Pedro cuando negó a Cristo: «No tengo nada que ver con Él,» así debemos decir nosotros: «No tengo nada que ver con mi yo,» para que Cristo sea todo en todos.

    Humillémonos ante el pensamiento de lo que ha hecho este yo y cómo ha deshonrado a Jesús.  Oremos fervientemente: «Señor, con Tu luz descubre este yo; te rogamos que nos lo muestres.  Abre nuestros ojos y revélanos lo que ha hecho, y muéstranos que es el único obstáculo que no ha demorado.»  Oremos así fervientemente, y luego esperemos en Dios hasta que nos descarguemos de todos nuestros ejercicios espirituales, de toda nuestra experiencia espiritual, y de todas nuestras bendiciones, hasta que podamos acercarnos a Dios con esta sola oración: «Señor y Dios, el yo tornó un arcángel en demonio, y el yo arruinó a mis primeros padres y los arrojó del paraíso a la oscuridad y a la miseria.  El yo ha sido también la ruina de mi propia vida y la causa de todos mis fracasos; te ruego que me reveles esto.»

    Y luego viene el bendito intercambio, cuando el hombre se vuelve capaz de decir: «Otro va a vivir mi vida, es otro el que hará todo por mí.»  Ninguna otra cosa sirve.  Neguemos el yo; tomemos la cruz para morir con Jesús; sigámoslo sólo a Él.  Que Él nos dé la gracia para entender, recibir y vivir la vida de Cristo.

    – Extraído del En busca de la vida victoriosa por Andrew Murray.