«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El Corazón De Jesús

Por Samuel L. Brengle 

Oh darme un corazón
Igual a Ti, Señor,
Con Tu sacro poder
Yo podré siempre ser
Igual a Ti, Señor. 

    Una mañana cantamos esta estrofa con toda nuestra fuerza en una de esas horas de contrición y recogimiento, cuando yo estaba en nuestra escuela de cadetes, y por lo menos uno de mis compañeros de estudio comprendió las palabras, y el espíritu del canto se apoderó de él.

    Al final de la reunión se acercó a mí con mirada grave y, con acento sincero, me preguntó: «¿Cree usted que realmente somos sinceros al decir que podemos tener un corazón como el de Jesús?»  Yo le repliqué que estaba seguro de ello y que el Señor Jesús quiere darnos corazones como el Suyo: 

Un nuevo y puro corazón,
Henchido de Tu amor;
Sin mácula o condenación,
Igual a Ti, Señor.
Contrito y manso corazón,
Creyente, limpio y fiel. 

    Ciertamente, Jesús fue, «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom. 8:29).  Él es nuestro «hermano mayor,» y nosotros debemos ser semejante a Él.  «Como Él es, así somos nosotros en este mundo» (1 Juan 4:17), y «Él que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo» (1 Juan 2:6).  Pero es imposible que andemos con Él o que vivamos como Él, si no tenemos un corazón semejante al Suyo.

    No podemos dar la misma especie de fruto a menos que seamos la misma clase de árbol.  Por eso Él quiere hacer que seamos semejantes a Él.  Juzgamos a los árboles por los frutos que dan; de igual modo juzgamos a Jesús, y así vemos qué clase de corazón tuvo. 

Un corazón amoroso

    En Él hallamos amor; deducimos, por consiguiente, que Jesús tuvo un corazón amoroso.  Él dio el preciado fruto del amor perfecto.  En Su amor no había lugar para el odio, no había rencor, ningún deseo de venganza, ningún egoísmo; Él amaba a Sus enemigos, y oró por Sus asesinos.  No fue un amor variable, que cambiaba cada nueva luna, sino que fue un amor invariable y eterno.  Él dijo: «Con amor eterno te he amado» (Jr. 31:3).  ¡Oh, loado sea Dios!  ¡Cuán maravilloso es eso!

    Esa es la clase de amor que Él quiere que tengamos.  Escuchen: «Un nuevo mandamiento os doy: que os améis unos a otros, como Yo os he amado» (Juan 13:34).  Esa es una cosa tremenda:  ordenarme que yo ame a mi hermano con el mismo amor con que Jesús me ama a mí; pero eso es realmente lo que dice; para poder hacerlo debo tener un corazón semejante al de Jesús.  Sé que, si examinamos el amor, éste incluye todas las demás gracias; pero echemos una mirada al corazón de Jesús para ver algunas de esas gracias. 

Un corazón humilde

    Jesús tenía un corazón humilde.  Él dijo, refiriéndose a Sí Mismo: «Soy manso y humilde de corazón» (Mt. 11:29); y Pablo nos dice: «Se despojó a Sí Mismo, tomando forma de siervo y…se humilló a Sí Mismo» (Flp. 2:7-8).

    ¡Alabado sea Su amado nombre!  Él se humilló, pues, aunque era el Señor de la vida y de la gloria; Él condescendió a nacer de una humilde virgen en un mesón, y durante treinta años vivió como un carpintero desconocido; después escogió vivir entre los pobres, los ignorantes y los vilipendiados, en vez de buscar la compañía de los ricos, los nobles y los entendidos.  Si bien vemos que Jesús jamás se sintió incómodo en presencia de aquellos que eran favorecidos con las grandezas de este mundo, ni con los sabios y eruditos, no obstante, Su corazón sencillo y humilde hacía que encontrase a Sus amistades entre la gente humilde, obrera y del pueblo.  Él se apegó a ellos; Él no consintió en que lo elevasen; ellos quisieron hacerlo, pero Él se alejó, y se retiró a orar entre los cerros, después de lo cual regresó y predicó un sermón tan franco y directo, que casi todos Sus discípulos le abandonaron.

    Poco antes de Su muerte, tomó el lugar humilde del esclavo y lavó los pies de Sus discípulos, después dijo: «Porque ejemplo os he dado, para que como Yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Juan 13:15).

    ¡De cuánta ayuda fue para mí eso, durante el período que pasé en la escuela de cadetes!  Al segundo día de mi llegada a dicho instituto de preparación de oficiales, me mandaron a un oscuro sótano y me ordenaron que lustrase una carrada de zapatos sucios para los cadetes.  El diablo se me acercó y me recordó que pocos días antes yo había recibido mis títulos universitarios, que había pasado dos años en un importante colegio teológico, había sido pastor de una iglesia metropolitana, acababa de dejar la obra de evangelista, en el desempeño de la cual había visto a centenares de personas acudir en busca del Salvador, y que ahora estaba lustrando zapatos para una partida de muchachos ignorantes.

    ¡El diablo es mi viejo enemigo!  Pero yo le recordé el ejemplo que me había dejado mi Señor, y me dejó.  Jesús dijo: «Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis, si las hacéis» (Juan 13:17).  Yo las estaba haciendo, el diablo lo sabía y me dejó.  Yo me sentí feliz.  Ese pequeño sótano se convirtió en una de las antesalas del cielo, y mi Señor me visitó allí.

    «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Stg. 4:6).  Si quieren tener un corazón semejante al de Jesús, tendrá que ser un corazón lleno de humildad, que «no se ensancha,» que «no busca lo suyo» (1 Cor. 13:4-5).  «Revestíos de humildad» (1 Pe. 5:5). 

Un manso de corazón

    Jesús era manso de corazón.

    Pablo se refiere a «la mansedumbre y modestia de Cristo» (2 Cor. 10:1), y Pedro nos dice que «cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente» (1 Pe. 2:23).  Cuando le hirieron Él no retorno el castigo; no hizo nada para justificarse, sino que se encomendó a Su Padre celestial y esperó.  «Angustiado Él, y afligido, no abrió Su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió Su boca» (Is. 53:7).

    Esa fue la perfección de humildad.  No sólo dejaba de responder cuando decían mentiras acerca de Él, sino que soportó los más crueles y vergonzosos vejámenes.  «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mt. 12:34), y por cuánto Su bendito corazón estaba henchido de humildad, Él no contestaba con aspereza a Sus enemigos.

    Esa es la clase de corazón que Él quiere que tengamos cuando nos dice: «No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra…y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos» (Mt. 5:39, 41).

    Conozco a un hermano de una estatura de cosa de seis pies; de ancho pecho y musculosos brazos, a quien le hicieron bajar de un tranvía de manera indecente y brutal, pero donde tenía tanto derecho de estar como el propio conductor.  Alguien que sabía la fama que había tenido como pugilista, le dijo: «¿Por qué no le das una trompada, Jorge?»

    «No puedo pelear con él, porque Dios me ha quitado todo espíritu de contienda,» replicó Jorge.  «Cuando se mete un cuchillo al fuego y se le destempla, pierde el filo y no corta,» añadió, lleno de regocijo.  «Bienaventurados los mansos» (Mt. 5:5), porque Él «hermoseará a los humildes con la salvación» (Sal. 149:4). 

    – Extraído del Auxilios para la santidad por Samuel L. Brengle.