«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Lo Que Cuesta Ser Cristiano Verdadero

Por J. C. Ryle

    «¿Quién de ustedes, queriendo construir una torre, no se sienta primero y calcula el costo?» (Lc. 14:28).

    ¿Cuánto cuesta ésta a un verdadero cristiano? ¿Cuál es el costo de ser realmente salvo? Después de todo, esta es la gran cuestión. Por falta de pensar miles, después de haber comenzado bien, vuelven sus espaldas al camino del cielo y se pierden para siempre en el infierno.

    Vivimos tiempos extraños. Los eventos se producen con una rapidez abismarte. Nunca sabemos «lo que el día nos traerá» ¡y mucho menos sabemos lo que puede pasar en un año! Vivimos en días de gran profesión cristiana. No hay nada más común que ver a las personas recibiendo la Palabra con alegría y luego de dos o tres años, apartándose y cayendo nuevamente en sus pecados. No han considerado el costo de ser creyente consistente y cristiano santo. De seguro estos son tiempos en los cuales debemos sentarnos y contabilizar el costo y considerar el estado de nuestras almas. Debemos pensar en qué estamos. Si deseamos ser verdaderamente santos, es una buena señal. Podemos agradecer a Dios por poner este deseo en nuestros corazones, pero aun así el costo debe ser contabilizado. No hay duda que el camino de Cristo a la vida eterna es un camino de agrado, pero es locura cerrar nuestros ojos al hecho que Su camino es angosto y que la cruz antecede a la corona.

    Que no haya malentendido en lo que digo. No estoy examinando lo que cuesta salvar el alma de un cristiano. Sé muy bien que eso cuesta nada menos que la sangre del Hijo de Dios para dar expiación y redimir al hombre del infierno. El precio pagado por nuestra redención no es nada menos que la muerte de Jesucristo en el Calvario. «Somos comprados por un precio» (1 Cor. 6:20). «[Cristo] se dio a Sí Mismo en rescate de todos» (1 Tim. 2:6). Pero todo esto queda fuera del tema. El punto que quiero considerar es otro absolutamente distinto. Es aquel que un hombre debe estar listo a pagar si desea ser salvado; es la cantidad de sacrificio que un hombre debe ofrecer si pretende servir a Cristo. Ese es el sentido por el cual formulé la pregunta: ¿Cuál es el costo? Y creo firmemente que es una pregunta de mucha importancia.

    Concedo que cuesta poco ser cristiano de palabra no más. Un hombre solo tiene que ir a un lugar de adoración dos veces el domingo y ser moralmente tolerante durante la semana y ya ha ido en religión tan lejos como los miles alrededor suyo que nunca irán. Todo esto es un trabajo barato y fácil; no involucra abnegación ni sacrificio. Si esto es cristianismo salvadora y nos llevara al cielo cuando muramos debemos entonces alterar la descripción de la forma de vida (Mt. 7:16) y escribir «¡Ancha es la puerta y amplio el camino que lleva al cielo!»

Saber el costo

    Sin embargo, de acuerdo a los estándares de la Biblia, cuesta «algo» ser realmente cristiano. Hay enemigos que vencer, batallas que pelear, sacrificios que hacer, un Egipto que abandonar, un desierto por el cual atravesar, una cruz que cargar, una carrera que correr. La conversión no es poner a un hombre en una silla de ruedas y conducirlo fácilmente al cielo. Es el comienzo de un conflicto poderoso, en el cual cuesta mucho ganar la victoria. De ahí que nace la importancia indescriptible de «saber el costo.»

    Déjenme intentar mostrarles en forma precisa y particular cuánto cuesta ser verdadero cristiano. Supongamos que un hombre está dispuesto a enrolarse con Cristo y se siente impelido e inclinado a seguirlo. Supongamos que algunas aflicciones, una muerte inesperada o un sermón iluminador han removido su consciencia y le hace sentir el valor de su alma y desea ser u verdadero cristiano. Todo lo alienta, sus pecados pueden ser perdonados gratis, no importa cuán grandes o muchos sean; su corazón puede ser completamente cambiado, sin importar cuán frió y duro sea. Cristo y el Espíritu Santo, misericordia y gracia, están ahí preparados para el…aun así debe considerar los costos. Veamos en detalle, una por una, las cosas que su religión le costará.

    1. Ser verdadero cristiano costará dejar el propio concepto de justicia y rectitud. Se debe dejar todo el orgullo y buenos pensamientos y conceptos de la propia bondad. Se debe estar contento de ir al cielo como pobres pecadores salvados por la gracia gratuita y debiendo todo el mérito y rectitud a otro. Se debe sentir realmente como lo dice el libro de oraciones que señala que ha «errado y se ha descarriado como una oveja perdida,» que ha «dejado sin hacer las cosas que debió haber hecho y que no hay sanidad en él.» El debe estar deseoso de abandonar toda su confianza en su propia moralidad, respetabilidad, oración, lectura bíblica, concurrencia al templo, la recepción de sacramentos, y confiar en nada más que en Jesucristo. Ahora me imagino que les parece difícil para algunos. Pongamos este punto de primer lugar de nuestra cuenta. Ser cristiano le costará a un hombre dejar el propio concepto de justicia y rectitud.

    2. Ser verdadero cristiano le costará al hombre sus pecados. Debe estar deseoso de abandonar cada hábito y práctica que es mala a los ojos de Dios. Debe encararlos, reñir contra ellos, romper con ellos, pelear con ellos, crucificarlos y trabajar para controlarlos, sin importar lo que el mundo alrededor suyo pueda decir o pensar. Debe hacerlo de manera honesta y equitativa. No puede dar ninguna tregua a cualquier pecado especial que ame. Debe contabilizar todos los pecados como sus enemigos de muerte y aborrecer cualquier camino falso. Sea pequeño o grande, sea público o secreto; debe renunciar por completo a todos sus pecados. Está escrito: «Se llevó todas sus transgresiones ...» (Ez. 18:31). «...Apártense de sus pecados…e iniquidad...» (Dn. 4:27). «...Dejen de hacer el mal» (Is. 1:16).

    Esto suena difícil, no lo dudo. Nuestros pecados son, a menudo, tan queridos para nosotros como lo son nuestros hijos: los amamos, los abrazamos, somos fieles a ellos y nos complacemos en ellos. Apartase de ellos es tan difícil como cortarse la ma derecha o arrancarse el ojo derecho, pero debe hacerse. El abandono debe producirse. «Aunque el mal sea dulce en la boca del pecador, aunque lo oculte debajo de su lengua, aunque no prescinda de él y no lo abandone,» aun así debe ser abandonado si desea ser salvo (Job 20:12-13). El y el pecado deben discutir si él y Dios van a ser amigos. Cristo está ansioso de recibir a cualquier pecador, pero no lo recibirá si se queda pegado a sus pecados. Pongamos este punto en segundo lugar de nuestra cuenta. Ser cristiano le costará al hombre sus pecados.

    3. El cristianismo le cuesta al hombre su amor por lo cómodo. Debe tomar los dolores y problemas si quiere correr una carrera exitosa al cielo. Diariamente debe vigilar y mantenerse en guardia, como un soldado en territorio del enemigo. Debe prestar atención a su comportamiento en cada hora del día, en cualquier compañía y lugar, en público como en privado, tanto entre extraños como en su propia casa. Debe ser cuidadoso con su tiempo, su lengua, su temperamento, sus pensamientos, su imaginación, sus motivos, su conducta en cada relación de vida. Debe ser diligente en sus oraciones, en la lectura de su Biblia, en el uso del domingo, con todos sus medios de gracia. Al considerar estas cosas, logrará pronto alcanzar perfección pero no debe descuidarse ni confiarse. «El alma del holgazán desea y no tiene nada, mas el alma del diligente será prosperada» (Pr. 13:4). Esto también es difícil. …Cualquiera cosa que requiera esfuerzo y trabajo es contra los principios de nuestros corazones. No obstante, el alma no puede tener «ganancias sin dolores.» Pongamos este punto en tercer lugar de nuestra cuenta. Ser cristiano le costará al hombre su amor por lo cómodo.

    4. Ser verdadero cristiano le costará al hombre el favor del mundo. Debe estar contento de ser considerado insano si agrada a Dios. No debe extrañarse si se mofan, si es ridiculizado, calumniado, perseguido y aún odiado. No debe sorprenderse que sus opiniones y prácticas religiosas sean despreciadas y desdeñadas. Debe rendirse a ser llamado un tonto, un entusiasta y un fanático; a que sus palabras sean malinterpretadas y sus acciones tergiversadas. El Maestro dice: «Recuerden la palabra que les dije: ‘El sirviente no es mayor que su Señor.’ Si ellos me han perseguido, también los perseguirán a ustedes. Si ellos guardan Mi palabra, también guardarán la de ustedes» (Juan 15:20).

    Me atrevo a decir que esto es también duro. En forma natural nos disgusta el trato injusto y las falsas acusaciones, y pensamos que es muy difícil ser imputado sin causa. No seríamos de carne y sangre si no deseáramos que nuestros vecinos tuvieran buena opinión de nosotros. Siempre es desagradable que se hable contra nosotros, nos abandonen y se nos mienta y que nos deje solos. Nada se puede hacer contra esto. La copa que nuestro Maestro bebió debe ser bebida por Sus discípulos. Ellos deben ser «despreciados y desechados entre los hombres» (Is. 53:3). Pongamos este punto en el último lugar de nuestra cuenta. Ser cristiano le costará a un hombre el favor del mundo.

Bien vale el costo

    ¡Considerando el peso de este gran costo, descarado en realidad es el hombre que se atreve a decir que podemos mantener nuestra propia justicia, nuestros pecados, nuestra flojera y nuestro amor por el mundo y aún así ser salvos!

    Más aún, concedo que cuesta mucho ser cristiano verdadero. Sin embargo, ¿puede un hombre o mujer sano dudar si vale tal costo salvar su alma? Cuando el barco está en peligro de naufragar, la tripulación no duda en tirar por la borda la preciosa carga. Cuando un miembro es mortificado, un hombre se somete a cualquier operación severa, incluso una amputación, para salvar su vida. Es seguro que un cristiano estará gustoso de dejar cualquier cosa que se interponga entre él y el cielo. Una religión que nada cuesta, nada vale. Una cristiana barata, sin una cruz, probará en el final ser inútil, sin una corona.

Invitar a otros a "considerar el costo"

    Me atrevo a decir que sería bueno que el deber de «considerar el costo» se enseñara más frecuentemente. La urgencia impaciente es la orden de hoy día de en muchos religiosos. Conversiones instantáneas y una paz sensible inmediata son los únicos resultados de los cuales ellos se preocupan al comunicar el Evangelio. Comparadas con ellas todas las otras cosas quedan destinadas a las sombras. Aparentemente, producirlas es el gran fin y objeto de sus trabajos. Digo sin vacilación que una enseñanza desnuda, de un modo parcial es en extremo maliciosa.

    Que ninguno se equivoque con esto. Apruebo a conciencia que se ofrezca a los hombres una salvación en Cristo Jesús completa, libre, en el momento e inmediata. Apruebo a conciencia urgir en un hombre la posibilidad y el deber de una conversión inmediata. En estas materias no le doy orden a nadie, sin embargo, digo que estas verdades no deben ser puestas delante de los hombres desnudas, en forma simple y por sí mismas. Deben exponerse en forma honesta, indicando a lo que ellos se están enfrentando al profesar su deseo de salir del mundo y servir a Cristo. No puede ofrecérseles ser parte del ejercito de Cristo, en cualquiera de sus rangos, sin indicarles las batallas que ello involucra. En una palabra, se les debe decir honestamente que deben «considerar el costo.»

    Si alguna persona se pregunta cuál fue la práctica del Señor Jesucristo en este tema, que lea el evangelio de Lucas. El nos dice que, en una cierta ocasión: «Grandes multitudes iban con Él; y volviéndose, les dijo: Si alguno viene a Mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser Mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de Mí, no puede ser Mi discípulo» (Lc. 14:25-27). Debo decir abiertamente que no puedo reconciliar este pasaje con las conductas de muchos maestros religiosos modernos. Y aún más, en mi opinión, la doctrina de esta es clara como la luz del mediodía. Nos muestra que no debemos apresurar a los hombres a un discipulado de profesión sin advertirles claramente sobre «considerar el costo.»

    Si deseamos hacer bien, nunca tengamos vergüenza de caminar los pasos de nuestro Señor Jesucristo. Trabaje duro si usted desea, y tiene la oportunidad, de cuidar las almas de los otros. Presiónelos a considerar sus caminos. Compélalos con violencia santa a venir, bajar sus armas y someterse a Dios. Ofrézcales salvación, lista, libre, completa e inmediata. Hágales que acepten a Cristo y Sus beneficios, pero en todo su trabajo dígales la verdad y toda la verdad. Avergüéncese de usar las artes vulgares para reclutar contingente. No hable sólo del uniforme, la paga y la gloria, hable también de los enemigos, la batalla, la armadura, la vigilia, la marcha y el ejercicio. No presente tan solo un lado de la cristiana. No guarde la cruz de la abnegación que debe ser llevada cuando usted hable de la Cruz en la cual Cristo murió por nuestra redención. Explique en su todo lo que el cristianismo involucra. Ruegue a los hombres para que se arrepientan y vengan a Cristo pero decláreles al mismo tiempo que deben «considerar el costo.»

Perseveren y continúen

    Si algún lector realmente siente que ha considerado el costo y ha tomado su cruz, lo conmino a perseverar y continuar. Me atrevo a decirles que aun cuando a menudo sientan su corazón débil y sean profundamente tentados a abandonar en desesperación; cuando sus enemigos parecen ser muchos, sus pecados arremetan fuerte; sus amigos sean tan pocos, el camino tan empinado y angosto, y ustedes puedan saber apenas qué hacer, les digo, perseveren y continúen.

    El tiempo es breve. Unos pocos años más vigilando y orando, unos pocos más zarandeos en el mar de este mundo, un poco de muertes y cambios, un poco más de inviernos y veranos y todo acabará. Habremos peleado nuestra última batalla y no necesitaremos pelear más.

    La presencia y compañía de Cristo nos compensará por todo lo que sufrimos aquí abajo. Cuando veamos cómo hemos sido vistos y miremos atrás el viaje de la vida, nos asombraremos de nuestra propia debilidad de corazón. Nos maravillaremos de cuánto hicimos por nuestra cruz y de lo poco que pensamos en nuestra corona. Nos maravillaremos que al «considerar el costo» no podríamos haber dudado de cual lado la balanza ganadora se inclina. Tomemos coraje. No estamos lejos de casa. Puede costar mucho ser un verdadero cristiano y un hombre consistentemente santo, pero recompense.

    – Extraído y editado del libro Santidad por J. C. Ryle.