«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Obediencia De Cristo

Por Andrew Murray

    «…Por la obediencia de Uno, los muchos serán constituidos justos… ¿No sabéis que… sois esclavos… de la obediencia para justicia?» (Rom. 5:19; 6:16).

    «Por la obediencia de Uno, los muchos serán constituidos justos.» Estas palabras nos dicen lo que debemos a Cristo. Así como en Adán fuimos constituidos pecadores, así también en Cristo seremos constituidos justos.

    Las palabras nos dicen, también, de lo que en Cristo es que le debamos nuestra justicia. Así como la desobediencia de Adán hizo que fuésemos constituidos pecadores, así la obediencia de Cristo nos constituye justos. Debemos todo a la obediencia de Cristo.

    Entre los tesoros de nuestra herencia en Cristo, éste es uno de los más ricos. Muchos nunca lo han estudiado como para amarlo y deleitarse en él, gozándose en su plena bendición. Que Dios por Su Espíritu Santo revele la gloria de esta verdad, haciéndonos participantes en su poder.

    Todo cristiano sabe bien la bendita verdad de la justificación por la fe. En Romanos 3:21-5:11, la sección que precede los versículos susodichos, Pablo enseñó lo que era (1) su fundamento: la expiación de la sangre de Cristo; (2) su camino y condición: la fe en la gracia gratuita de un Dios que justifica a los impíos; y (3) sus frutos benditos: el don de la justicia de Cristo, con una entrada inmediata al favor de Dios y a la esperanza de la gloria.

    Ahora, comenzando con los versículos a la cabeza de este capítulo, Pablo procede a exponer la verdad más profunda de la unión con Cristo por fe, en la que la justificación tiene sus raíces, y la que hace posible y justo para Dios aceptarnos por Su propia causa.

    Pablo se remonta a Adán y a nuestra unión consigo, con todas las consecuencias que manaron de esa unión, para probar que era razonable y perfectamente natural (en el sentido más extenso de la palabra) para los que reciben a Cristo por la fe, y así siendo unidos consigo, venimos a ser participantes de Su justicia y de Su vida.

    En este alegato él enfatiza especialmente el contraste entre la desobediencia de Adán con la condenación y la muerte que efectuó, y la obediencia de Cristo con la justicia y la vida resultantes. Al estudiar el lugar que la obediencia de Cristo tiene en Su obra por nuestra salvación, y ver en él la misma raíz de nuestra redención, sabremos el lugar que debemos darle en el corazón y la vida.

    «…Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores…» (Rom. 5:19). ¿Cómo fue eso?

    Había una conexión doble entre Adán y sus descendientes: la judicial y la vital.

    Por medio de la judicial, la raza entera, aunque no nacida aún, fue sujetada de inmediato a la condenación de muerte. «…Reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán…» (Rom. 5:14).

    Esta conexión judicial tuvo sus raíces en la conexión vital. Si no hubieran estado en Adán, no hubieran sido posible recibir la condenación. Y de igual modo, la vital se convirtió en la manifestación de la judicial. Cada hijo de Adán entra en la vida bajo el poder del pecado y de la muerte. «…Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores,» tanto por la posición, siendo sujetos al anatema del pecado, como por la naturaleza, siendo sujetos a su poder.

    «…Adán… es figura del que había de venir» (Rom. 5:14), y quien se llama «el Postrer Adán» (1 Cor. 15:45), el Segundo Padre de la raza. La desobediencia de Adán en sus efectos es la similitud exacta de lo que la obediencia de Cristo es para nosotros. Cuando un pecador cree en Cristo, se une con Él y de pronto, por una sentencia judicial, está pronunciado y aceptado como justo ante los ojos de Dios.

    La relación judicial está arraigada en la vital. Tiene la justicia de Cristo sólo por tener a Cristo Mismo, y estar en Él. Antes de que sepa lo que es estar en Cristo, puede saber lo que es ser perdonado y aceptado. Pero luego se le introduce al conocimiento de la conexión vital, y al entendimiento de que tanto como su participación en la desobediencia de Adán fue real y completa, con la muerte y también la naturaleza pecaminosa que le siguieron, así es su participación en la obediencia de Cristo, seguido por la justicia y por la vida y la naturaleza obedientes.

Miremos esto para entenderlo

    Por medio de la desobediencia de Adán, somos hechos pecadores. Lo único que Dios pidió de Adán en el paraíso fue obediencia. Lo único por lo cual una persona puede glorificar a Dios o disfrutar de Su favor y bendición, es la obediencia. La única causa del poder del pecado en el mundo, y de la ruina que efectuó, es la desobediencia. Toda la maldición del pecado sobre nosotros, es por causa de la desobediencia de Adán, que a nosotros nos es contada. Todo el poder del pecado que obra en nosotros es simplemente esto: al recibir la naturaleza de Adán, heredamos su desobediencia – somos nacidos «hijos de desobediencia» (Ef. 2:2).

    Es evidente que la única obra para la cual se necesitaba a Cristo, fue la de quitar de nosotros esta desobediencia – su maldición, su dominio, y su naturaleza y obras pecaminosas. La desobediencia era la raíz de todo pecado y miseria. El primer objeto de Su salvación fue el de suprimir la raíz mala, y restaurar al hombre a su destino original: una vida en obediencia a Dios.

¿Cómo lo hizo Cristo?

    Primeramente, Él lo cumplió por Su venida como el postrer Adán para deshacer lo que hizo el primero. El pecado nos hizo creer que era una humillación siempre buscar, conocer y hacer la voluntad de Dios. Cristo vino para mostrarnos la nobleza, la bendición y lo celestial de la obediencia.

    Cuando Dios nos dio el manto de ser criatura para llevarlo, no supimos que su belleza, su pureza inmaculada, fue la obediencia a Dios. Cristo vino y se puso ese manto para mostrarnos cómo llevarlo, y enseñarnos cómo, con ese manto, podemos entrar en la presencia y la gloria de Dios. Cristo vino para vencer, y llevar sobre sí nuestra desobediencia, sustituyéndola con Su propia obediencia sobre nosotros y en nosotros. Tanto más universal, poderosa, omnipresente fue la desobediencia de Adán, mucho más lo fue el poder de la obediencia de Cristo.

    El propósito de la vida de obediencia de Cristo, era triple: (1) Como Ejemplo – para mostrarnos lo que es la verdadera obediencia; (2) Como nuestra Seguridad – para cumplir por nosotros toda justicia por medio de Su obediencia; y (3) Como nuestra Cabeza – para preparar y darnos una nueva naturaleza obediente.

    También, el propósito de Su muerte fue triple: (1) Como Ejemplo – para mostrarnos que Su propia obediencia significa una prontitud para obedecer al fin, para morir por Dios; (2) Como nuestra Seguridad – para aguantar y expiar en nuestro lugar la culpabilidad de nuestra desobediencia; y (3) Como nuestra Cabeza – para morir al pecado como una entrada en la vida de Dios por Él Mismo y por nosotros.

    La desobediencia de Adán, con todas sus posibles relaciones, fue desechada y reemplazada por la obediencia de Cristo. Judicialmente, por esa obediencia somos constituidos justos. Precisamente como fuimos constituidos pecadores por la desobediencia de Adán, completa e inmediatamente estamos justificados y librados del poder del pecado y de la muerte por la obediencia de Cristo, siendo hombres justos ante los ojos de Dios.

    Vitalmente – porque lo judicial y lo vital son inseparables como en el caso de Adán – «fuimos plantados juntamente con Él en la semejanza de Su muerte, así también lo seremos en la de Su resurrección» (Rom. 6:5). Y puesto que la vida que recibimos de Él es la vida de obediencia, podemos estar tan muertos al pecado y vivos a Dios, como lo está Él. Y la vida que recibimos en Él no es otra que una vida de obediencia.

    Que cada uno que desee saber lo que es la obediencia, considere bien que la obediencia de Cristo es el secreto de la justicia y de la salvación que encuentro en Él. La obediencia es la misma esencia de esa justicia: la obediencia es la salvación. Cuando acepto Su obediencia, confiando y regocijándome en ella al cubrir, tragar y poner un fin a mi desobediencia, entonces esa obediencia es el único fundamento inalterable e innegable de nuestra aceptación. Entonces, de la misma manera en que la desobediencia de Adán fue el poder de la muerte en mí que dominaba mi vida, ahora la obediencia de Cristo hace que ese poder de la muerte se convierta en el poder vivo de la nueva naturaleza en mí.

    Ahora entiendo la razón por la cual Pablo en esta porción de la Escritura, eslabona tan estrechamente la justicia con la vida. «Pues si por la transgresión de uno solo, por ese uno reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia» (Rom. 5:17), incluso aquí en la tierra. «…Por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida» (v. 18).

    Entre más cuidadosamente trazamos el paralelo entre el primer y el Segundo Adán, viendo como en el anterior la muerte y la desobediencia reinaban tanto en su descendencia como en sí mismo, y como ambas fueron igualmente transmitidas por medio de la unión con él, más estaremos convencidos de que la obediencia de Cristo ha de ser igualmente la nuestra, no sólo por la imputación, sino también por posesión personal. Es tan inseparable de Él, que el recibir de Él y de Su vida, es recibir Su obediencia. Cuando recibimos la justicia que Dios nos ofrece sin precio, a la vez nos encamina hacia la obediencia de la cual nació, de la cual es inseparablemente una, y en la cual sólo puede vivir y florecer.

    Note cómo esta conexión se presenta en el siguiente capítulo. Después de haber hablado de nuestra unión viva con Cristo, por primera vez en la epístola Pablo nos da un mandato: «No reine, pues, el pecado… sino presentaos vosotros mismos a Dios…» (Rom. 6:12-13); y entonces de inmediato procede a enseñar que esto no significa nada más que la obediencia: «¿No sabéis que...sois esclavos... del pecado para muerte, ya sea de la obediencia para justicia?» (v. 16).

    Su relación con la obediencia es práctica: usted ha sido librado de la desobediencia (la de Adán y la de sí mismo), y ahora se ha convertido en un siervo de la obediencia – y «para justicia.» La obediencia de Cristo era para justicia – la justicia que es el don de Dios para usted. El sometimiento suyo a la obediencia es la única manera en la que se puede mantener su relación con Dios y con la justicia. La obediencia de Cristo para la justicia es el único comienzo de la vida para usted; y su obediencia para la justicia, su única permanencia.

    Hay sólo una ley para la cabeza y para los miembros del cuerpo. Tan cierto como que estaba con Adán y su simiente (la desobediencia y la muerte), también está con Cristo y Su simiente (la obediencia y la vida). El único lazo de la unión, la única señal de semejanza entre Adán y sus descendientes, era la desobediencia. El único lazo de unión entre Cristo y Sus seguidores, la única señal de parecido, es la obediencia.

    Fue la obediencia la que hizo a Cristo el objeto del amor del Padre (Juan 10:17-18), y la que lo hizo nuestro Redentor; y sólo la obediencia es la que puede guiarnos en el camino para permanecer en ese amor (Juan 14:21, 23), y disfrutar con esa redención.

    «…Por la obediencia de Uno, los muchos serán constituidos justos» (Rom. 5:19). Todo depende de nuestro conocimiento de, y nuestra participación en, la obediencia como la puerta y el camino al pleno disfrute de la justicia. Cuando somos convertidos, reclamamos por fe la justicia, que se da completamente de una vez para siempre, pero con poco o ningún conocimiento de la obediencia. Sin embargo, al seguir creyendo en la justicia, sometiéndonos a su completo dominio sobre nosotros, y buscándola como «siervos de la justicia,» reconoceremos su naturaleza bendita al haber nacido de la obediencia, y por lo tanto, siempre guiándonos hacia su origen divino.

    Tanto más sinceramente creamos en la justicia de Cristo en el poder del Espíritu, más intenso será nuestro deseo de compartir en la obediencia, de la cual nació esta justicia. Desde este punto de vista, estudiaremos la obediencia de Cristo para que, como Él, podamos vivir como siervos de obediencia para justicia.

1. En Cristo esta obediencia era un principio de vida

    Con Él, la obediencia no significaba un solo acto de obediencia, ni siquiera una serie de actos, sino el espíritu de toda Su vida. «Porque he descendido del cielo, no para hacer Mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Juan 6:38). «…He aquí que vengo, oh Dios, para hacer Tu voluntad» (Heb. 10:9). Él había venido al mundo con un solo propósito: poner por obra la voluntad de Dios. El único poder supremo que controlaba todo en Su vida, era la obediencia.

    Él quiere hacer lo mismo en nosotros. Nos lo prometió cuando dijo: «Porque todo aquel que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos, ése es Mi hermano, y hermana, y madre» (Mt. 12:50).

    El vínculo de parentesco consiste en una vida común compartida por todos, y en un aire de familia. El lazo entre Cristo y nosotros es el hecho de que Él y nosotros juntos hacemos la voluntad de Dios.

2. En Cristo esta obediencia era un gozo

    «El hacer Tu voluntad, Dios Mío, me ha agradado…» (Sal. 40:8). «…Mi alimento es hacer la voluntad del que Me envió…» (Juan 4:34).

    Nuestro alimento nos es un refresco que da vigor. El hombre sano come su pan con alegría. Pero la comida es más que un placer – es una necesidad de la vida. Y así, hacer la voluntad de Dios era el alimento por el cual Cristo tuvo hambre, y sin el cual no podía vivir. Fue lo único que podía satisfacer el hambre, refrescarle, fortalecerle y regocijarle.

    David estaba pensando en algo así cuando dijo que las palabras de Dios eran más dulces que la miel (Sal. 19:10). Cuando uno entiende y acepta esta verdad, la obediencia le será más natural y necesaria, y aun más refrescante que su pan cotidiano.

3. En Cristo esta obediencia le guió a esperar en la voluntad de Dios

    Dios no le reveló de pronto toda Su voluntad a Cristo, sino día tras día, según las circunstancias de la hora. En Su vida de obediencia experimentó crecimiento y progreso; la lección más difícil llegó hasta el final. Cada acto de obediencia le hizo apto para el descubrimiento del próximo mandamiento del Padre. Él dijo: «Has horadado mis orejas… El hacer Tu voluntad, Dios Mío, me ha agradado…» (Sal. 40:6, 8).

    Cuando la obediencia llega a ser la pasión de nuestra vida, el Espíritu de Dios abrirá nuestros oídos para esperar Su enseñanza, y no estaremos contentos con nada que no sea una guía divina dentro de la voluntad divina para nosotros.

4. En Cristo esta obediencia fue para muerte

    Cuando dijo: «…He descendido del cielo, no para hacer Mi voluntad, sino la voluntad del que Me envió» (Juan 6:38), estaba dispuesto a hacer todo lo posible para negar Su propia voluntad y hacer la del Padre. Lo dijo en serio. «En nada Mi voluntad; a toda costa la voluntad de Dios.»

    Esta es la obediencia a la cual nos invita y por la cual nos da el poder. El rendimiento total a la obediencia en todo, es la única obediencia verdadera, es el único poder que durará hasta la victoria. ¡Que Dios ayude a los cristianos a entender que sólo esto es lo que trae al alma la alegría y la fuerza!

    Mientras abrigamos dudas acerca de la obediencia universal, y con las dudas un sentido siniestro de la posibilidad de fracaso, perdemos la confianza que hace segura la victoria. Pero cuando decidimos con seriedad que Dios realmente nos está pidiendo la plena obediencia, preparándose para obrarla en nosotros, y cuando vemos que no osamos ofrecerle menos, entonces nos rendiremos a la operación del poder divino, el cual por el Espíritu Santo, puede asumir el mando de toda nuestra vida.

5. En Cristo esta obediencia nació de la humildad más profunda

    «Haya, pues, entre vosotros los mismos sentimientos que hubo también en Cristo Jesús, el cual… se despojó a sí Mismo, tomando forma de siervo,… y… se humilló a sí Mismo, al hacerse obediente hasta la muerte…» (Flp. 2:5-8).

    El hombre que está dispuesto por un vaciamiento completo de sí mismo, dispuesto a ser y a vivir como siervo – un siervo de la obediencia – dispuesto a ser humillado profundamente ante Dios y ante los hombres, es al cual se revela la obediencia de Jesús en su belleza celestial y su poder obligatorio.

    Es posible tener una voluntad fuerte que en secreto confía en sí mismo y lucha para vencer, pero no tiene éxito. Sólo cuando nos rebajamos ante Dios en humildad, mansedumbre, paciencia y en una resignación entera a Su voluntad, y cuando estamos dispuestos a rebajarnos en un desamparo completo y una dependencia de Él, renunciando por completo a nosotros mismos, ¡podremos recibir la revelación de que el obedecer a este Dios glorioso es el único deber y la única bendición de su criatura!

6. En Cristo esta obediencia era de fe, y en una dependencia entera de la fuerza de Dios

    «No puedo yo hacer nada por Mí Mismo…» (Juan 5:30). «…El Padre que mora en Mí, Él hace las obras» (Juan 14:10).

    La entrega incondicional del Hijo a la voluntad del Padre, fue igualada por el otorgamiento continuo y libre del poder del Padre que obraba en Él.

    Y así será con nosotros. Si aprendemos que la entrega de nuestra voluntad a Dios es siempre la medida de Su donación de Su poder en nosotros, veremos que una rendición a la obediencia completa no es sino una fe plena de que Dios obrará todo en nosotros.

    Las promesas del Nuevo Convenio se basan en que: «Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón...para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón...y oirás la voz de Jehová...» (Dt. 30:6-8). «Y pondré dentro de vosotros Mi Espíritu, y haré que andéis en Mis estatutos, y guardéis Mis ordenanzas» (Ez. 36:27).

    Vamos a creer, como el Hijo, que Dios obra todo en nosotros, y tendremos el valor de cedernos a una obediencia incondicional – una obediencia para muerte. Creamos que el cedernos a Dios se convertirá en la entrada a la experiencia bendita de conformarnos al Hijo de Dios en cuanto a Su ejecución de la voluntad del Padre, porque Él contaba con el poder del Padre. Demos nuestro todo a Dios, y Él obrará Su todo en nosotros.

    ¿No sabemos que, hechos justos por la obediencia de Cristo, somos semejantes a Él, y en Él somos siervos de obediencia para justicia? Es en la obediencia del Único, que la obediencia de los muchos, tiene su raíz, su vida y su seguridad. Volvamos para contemplar, estudiar y creer en Cristo como el Obediente, como nunca antes. Que éste sea el Cristo que recibamos y amemos, buscando ser semejantes a Él. Así como Su justicia es nuestra única esperanza, que Su obediencia sea nuestro único deseo. Que nuestra fe en Él pruebe la sinceridad y la confianza en el poder sobrenatural de Dios que obra en nosotros, al aceptar a Cristo, el Obediente, como nuestra vida misma, como el Cristo que mora en nosotros.

    – Extraído del libro Aprendiendo la obediencia por Andrew Murray.