«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Cristo En Su Pueblo

Por Lois J. Stucky

    Hace poco hablé con alguien por teléfono y al terminar la conversación tuve la impresión que el espíritu de la persona con la cual hablé era maravillosamente como el de Cristo. Había humildad y mansedumbre, una pureza con dulzura y una franqueza calurosa. Durante varios días mi corazón se alegró al pensar en lo que Jesús llega a ser por medio de una persona que lo manifiesta de esta manera. Pensaba que entendía más que nunca al espíritu de nuestro Señor que motivó a las multitudes necesitadas que lo oyeron a acercarse a Él – un ambiente celestial como en el caso del hermano del cual hablé, mientras que Su predicación tan fuerte y valiente ofendía a otros.

    Muchos de nosotros, de vez en cuando, captamos una nueva mirada de Jesús. En nuestros corazones anhelamos de nuevo llegar a ser como Él, tan amado que es. Queremos que Jesús sea visto entre nosotros. Queremos tener una vida cristiana más auténtica y ser más fieles a Dios, una vida de obediencia alegre e inmediata y una voluntad de hacer sacrificios. Oramos para ser más dignos de llevar Su nombre. ¿Sabemos lo que debemos pedir? Leemos en la Palabra de Dios lo que es la vida de una persona que sigue a Cristo. Sin embargo, aunque conocemos el lenguaje y lo usamos, no estamos satisfechos con la medida por la cual tenemos y practicamos tal vida.

    Es verdad que estamos agradecidos por todo lo que Dios hace en nuestras vidas. Estamos muy agradecidos que el pecado ya no domina nuestras vidas como hacía anteriormente, por lo menos en general. Pero si examinamos de una manera seria nuestros corazones, podremos encontrar muchas cosas, tal vez casi escondidas en las grietas y las hendeduras. Una palabra fea puede sorprendernos por aparecer en un momento inesperado, o una maleza de amargura puede crecer desde las raíces que se mantienen debajo de la superficie. Una disposición o unas palabras poco amables o un comportamiento egoísta o sensual dan muestras de una necesidad profunda.

    Recuerdo que durante una época pedí que Cristo fuera mi «obsesión magnífica» una expresión que había oído que parecía ser todo lo que yo quisiera que fuera Jesús en mi vida. Pero poco a poco el Señor me guiaba a ver que yo necesitaba la plenitud del Espíritu Santo en mi vida para que Jesús fuera céntrico. Las provisiones de Dios para nosotros por medio del Señor Jesús y por el Espíritu Santo son tan excelentes y completas. ¡Ojalá que las pudiéramos comprender y apropiar de una manera total!