«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Mil Conversiones En Una Noche (Parte 2)

Por Albert Widmer

    Este artículo fue publicado originalmente en la edición del 18 de julio de 1942 de «Pentecostal Evangel.» Permiso para reimprimir el artículo se otorgó por el Flower Pentecostal Heritage Center (www.iFPHC.org).

    Cuando la multitud de 2.000 indígenas sudamericanos de la selva del Gran Chaco reunidos en la orilla del río le escucharon el anuncio del misionero Birger Johanson que regresaba a su base de misión en el pequeño pueblo de Embarcacion debido a su falta de interés en el Evangelio lo cual él les predicaba, y que estarían sin ninguna esperanza, ¡las indígenas se pusieron de pie de inmediato y comenzaron a llorar con voces fuertes y sinceras para que Dios les tuviera misericordia! Conmovido profundamente, el misionero Johanson se postró de rodillas inundado de lágrimas. Él continúa la historia:

    «La lamentación de las indígenas [clamando a Dios por misericordia] continuó hasta las primeras horas de la mañana, y hasta el amanecer del sol sobre el Gran Chaco. Solo entonces se retiraron las indígenas, con sus rostros hinchados de tanto llanto.

    «Un rato después los soldados de los fuertes bolivianos en Monte Cristo llegaron, atraídos por los llantos de las indígenas durante la noche entera, que se escuchaban a más de 20 kilómetros de lejos. Los soldados se quedaron y asistieron a las reuniones las noches siguientes pero no sin miedo, a pesar de estar armados. Tenían miedo de la manifestación del poder de Dios que se había apoderado de las indígenas. Los soldados me preguntaron, ‘¿Qué poder es esto? ¿No tienes miedo de que estas indígenas salvajes te coman?’

    «‘¡No!’ les respondí. ‘El peligro ya pasó. Ahora están bajo el poder de Dios, y este poder cambia a las personas para mejor. Solo Dios puede hacer un milagro así tal como vieron transformando los corazones de estos salvajes.’

    «Estas indígenas fueron rescatadas de los espíritus malos que los tormentaban y de sus tradiciones peligrosas, y ahora que son salvos, muchos de ellos bautizados en el Espíritu Santo.

    «Me fue difícil separarme de las indígenas después cuando me tocó regresar a mi hogar en Embarcacion. Llegué a casa muy enfermo a causa del viaje, que fue a través de un desierto inhabitable y hostil. Viajé 200 millas, durmiendo bajo las estrellas, sufriendo con el calor intense de día y el frío de noche. Todo esto me arruinó la salud y me mantuvo en cama por mucho tiempo.

    «Un día un grupo de indígenas, algunos de los cuales se salvaron en las orillas del Pilcomayo, llegaron a mi casa. Los caciques de los Tobas y los Matacos los habían enviado para encontrarme y llevarme de vuelta a ellos, porque querían saber más de Dios. Sin embargo, se fueron muy tristes porque no les pude acompañar por el hecho de estar enfermo de gravitud.»

No es el fin de la historia

    Un poco más que un año, continúa el cuento, el pequeño pueblo de Embarcacion donde Johanson residía, fue despertado por algunos movimientos raros y extraños en la vecindad de la misión. Los habitantes del pueblo fueron de prisa para informarle al misionero de edad que las indígenas salvajes habían invadido el pueblo. Pronto las personas se unieron para protegerse contra lo que pensaban eran agresores. El misionero se levantó de su cama, y cuando se dio cuento que eran las indígenas conversas les gritó a la gente que no les hiciera daño a ninguno, porque eran sus hijos en el Señor, nacidos de sus aflicciones. Había 2.000 indígenas que habían llegado para estar cerca a aquél que les había hablado de Jesús, viendo que él no pudo ir a visitarlos.

    Las palabras faltan para expresar lo que pasó después, el gozo de las indígenas al ver una vez más a su querido misionero. Un rico fazendeiro (granjero) inglés les ofreció gratis un terreno grande donde las indígenas podían construir su aldea, lo cual fue aceptado. Luego se habían hecho casas de postes y yeso. El suburbio que edificaron las indígenas es el más limpio y más interesante de toda la región. La aldea se divide por una avenida donde viven los Matacos y los Tobas. Está compuesta totalmente de creyentes. Tienen sus reuniones diariamente. Un anciano y tres diáconos (todas indígenas) dirigen las reuniones de oración y testifican con sabiduría y sinceridad las cosas de la Palabra de Dios.

    Poco después de escribir esta historia, una de las crónicas más brillantes en las páginas de la historia misionera, Birger Johanson se fue para estar con el Señor a quien amaba con devoción y servía fielmente. Nunca buscó lo fácil, el buen trato, un clima agradable, iglesias grandes o el estima del hombre. El fuego santo que ardía en llamas insaciables en su pecho lo impulsaba a ganar almas preciosas para el Salvador entre las indígenas. ¿Quién de nosotros seguirá su ejemplo y soportar dificultades y despreciar la vergüenza para que los no evangelizados del mundo puedan saber que en Cristo hay perdón de pecado y salvación eternal y maravillosa?

    ¿Y quién de nosotros ayudará a satisfacer la necesidad urgente de intercesores que oran y ayunan para el flujo del Espíritu sobre las regiones de la tierra donde viven multitudes sin Cristo y sin esperanza?