«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Los Deberes De Los Padres (Parte 1)

Por J. C. Ryle

    «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Pr. 22:6).

    La verdad lisa y llana es que el mandamiento del Señor en nuestro texto no se tiene en cuenta y, en consecuencia, la promesa del Señor en nuestro texto no se cumple.

    Lector, estas cosas deben llevar a una profunda reflexión. Escuche, pues, una palabra de exhortación de un pastor, sobre la instrucción correcta de los hijos. Créame, el tema es uno que debe sacudir cada conciencia, y hacer que cada uno se pregunte: «Estoy haciendo todo lo que puedo en este sentido?»

    Es un tema que preocupa mayormente a todos. Casi no hay hogar al que no toca. Padres de familia, ayas, maestros, padrinos, madrinas, tíos, tías, hermanos, hermanas – todos se interesan en él. Son pocos, pienso yo, los que no influyen sobre algún padres de familia en la administración de su familia, o que afecta la instrucción de algún niño por medio de sugerencias o consejos. Todos, creo yo, podemos hacer algo en este campo, ya sea directa o indirectamente, y quiero inquietar a todos para que tengan esto muy en cuenta.

    Es un tema, también, sobre el cual todos los involucrados corren el gran peligro de no alcanzar a cumplir su deber. Éste es preeminentemente un punto en que los hombres pueden ver las faltas de sus prójimos antes que las suyas propias. Con frecuencia crían a sus hijos justamente en la senda de cuyos peligros han advertido a sus amigos. Ven la mota en las familias de otros, y no echan de ver la viga en las de ellos mismos. Tienen la vista aguda de águilas para detectar errores ajenos, pero son ciegos como murciélagos para ver los errores fatales que se cometen diariamente en el hogar. Son sabios en cuanto a la casa de su hermano, pero necios en cuanto a su propia carne y sangre. Aquí, más que en ningún otro sentido, necesitamos desconfiar de nuestro propio discernimiento. Usted hará bien en tener esto también en cuenta.

    Como ministro, no puedo dejar de comentar que casi no existe tema sobre el cual la gente parece más tenaz que el de sus hijos. A veces he quedado pasmado ante la renuencia de padres de familia cristianos sensibles de admitir las faltas de sus propios hijos, o que merecen ser culpados. No son pocas las personas a quienes prefiero hablarles de sus propios pecados, que decirles que sus hijos han hecho algo malo.

    Venga ahora, y permítame poner delante suyo algunas pautas sobre la instrucción correcta. Dios el Padre, Dios el Hijo, Dios el Espíritu Santo las bendiga, y las convierta en palabras certeras para todos. No las rechace porque sean francas y sencillas; no las desprecie porque no contienen nada nuevo. Tenga por muy seguro, si es que ha de instruir a sus hijos para el cielo, que son pautas que no deben descartarse ligeramente.

    Primero, entonces, si ha de instruir a sus hijos correctamente, instrúyalos en el camino por el que deben andar, no en el camino que naturalmente tomarían.

    Recuerde que los niños nacen con una decidida inclinación hacia el mal y, por lo tanto, si usted los deja escoger por sí mismos, de seguro escogerán lo equivocado.

    La madre no puede saber lo que su tierno infante llegará a ser – alto o bajo, débil o fuerte, sabio o necio, puede o no ser todo esto – es todo incierto. Pero una cosa puede decir la madre con certidumbre: tendrá un corazón corrupto y pecaminoso. Es natural que hagamos lo incorrecto. «La necedad,» dice Salomón, «está ligada en el corazón del muchacho...» (Pr. 22:15). «...El muchacho consentido [o sea dejado a sus propios recursos] avergonzará a su madre» (Pr. 29:15). Nuestros corazones son como el suelo que pisamos; si no se ocupa de él crecerán malezas.

    Por lo tanto, si va usted a tratar sabiamente a su hijo, no debe dejarlo que se guíe por su propia voluntad. Piense por él, juzgue por él, actúe por él, tal como lo haría por alguien débil o ciego; pero, por lo que más quiera, no lo entregue a sus propios gustos y tendencias caprichosos. No son sus gustos o deseos los que hay que consultar. No sabe todavía lo que es bueno para su mente y alma, tal como no sabe lo que es bueno para su cuerpo. Usted no lo deja decidir lo que comerá, y lo que beberá, y cómo se vestirá. Sea consecuente, y trate con su mente de la misma manera. Instrúyalo en el camino que es bíblico y correcto, y no de la manera que a él se le antoja.

    Si no puede usted decidirse en cuanto a este primer principio de instrucción cristiana, es inútil que siga leyendo esto. La terquedad es casi lo primero que aparece en la mente del niño; y el primer paso de usted es resistirla.

    Instruya a su hijo con toda ternura, afecto y paciencia.

    No quiero decir que lo ha de consentir, pero sí quiero decir que debe usted hacerle ver que lo ama.

    El amor debe ser el hilo de plata que se entreteje en toda su conducta. Bondad, gentileza, mansedumbre, tolerancia, paciencia, comprensión y una disposición de ocuparse de problemas infantiles, listo para participar de alegrías infantiles – estas son las cuerdas por las cuales el niño puede ser guiado con más facilidad – estas son las pistas que debe seguir para encontrar el camino a su corazón.

    Hay pocos, aun entre los adultos, que no sean más fáciles de motivar con amabilidad que con apremiar. Está aquello en nuestra mente que se resiste contra la compulsión; damos la espalda y endurecemos la cerviz ante la mera idea de una obediencia forzada. Somos como potros en manos del domado: trátelos con suavidad y deles importancia y, con el tiempo, los puede guiar tirando de un hilo; use con ellos rudeza y violencia, y pasarán muchos meses antes de que pueda dominarlos.

    Ahora bien, las mentes de los niños han sido fundidas en un molde muy similar al nuestro. La dureza y severidad en el trato les produce frialdad y rechazo. Cierra sus corazones y hace imposible encontrar la puerta para abrirlos.

    Pero hágales ver que siente afecto por ellos – que realmente anhela hacerlos felices y hacerles bien – que si los castiga, es para beneficio de ellos y que, como el pelicano, daría usted la sangre de su corazón para nutrir sus almas; déjelos ver esto, digo, y pronto serán todo suyos. Pero deben ser conquistados con bondad, si es que ha de ganarse su atención.

    Y por cierto que la razón misma nos enseña esta lección. Los niños son criaturas débiles y tiernas y, como tales, necesitan ser tratados con paciencia y consideración. Debemos manejarlos con delicadeza, como máquinas frágiles, no sea que por nuestro toque rudo hagamos más mal que bien. Son como plantas jóvenes, y necesitan ser regados suavemente – con frecuencia, pero poquito por vez.

    No debemos esperar todo de ellos al mismo tiempo. Tenemos que recordar que son niños, y enseñarles lo que pueden entender. Sus mentes son como un trozo de metal – no para ser forjado y hecho útil de una sola vez, sino sólo por una sucesión de pequeños golpes. Lo que pueden comprender es como una vasija de cuello angosto: tenemos que echar en ellos el vino del conocimiento gradualmente, si no, mucho se derramará y perderá. «Renglón por renglón, y precepto por precepto, un poco aquí y un poco allá» debe ser nuestra regla. La piedra de afilar hace su obra lentamente, pero la fricción frecuente afila bien la guadaña. Realmente se necesita paciencia para instruir a un niño, pero sin ella nada se logra.

    Nada puede compensar la falta de esta ternura y este amor. El pastor puede hablar de la verdad que se encuentra en Jesús, con claridad, fuerza, categóricamente, pero si no habla con amor, pocas almas serán ganadas. Debe usted presentar ante sus hijos sus obligaciones – ordene, amenace, castigue, razone – pero si falta el afecto en su trato, su obra será en vano.

    El amor es el gran secreto de la instrucción exitosa. El enojo y la dureza pueden generar temor, no persuaden al niño de que usted tiene razón; y si con frecuencia ve que no controla su enojo, pronto dejará usted de contar con su respeto. El padre que habla a su hijo como le habló Saúl a Jonatan (1 Sm. 20:30), no puede pretender influir sobre su mente.

    Procure diligentemente mantener el afecto de su hijo. Es peligroso hacer que sus hijos le tengan miedo. Casi cualquier otra cosa es mejor que la distancia y coacción entre su hijo y usted; y esto aparece cuando hay temor. El temor impide el actuar sin reservas; el temor lleva a la ocultación; el temor siembra la semilla de mucha hipocresía y lleva a muchas mentiras. Las palabras del apóstol a los Colosenses son muy ciertas: «Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten» (Col. 3:21). No tenga en poco el consejo que contiene.

    Instruya a sus hijos con la permanente convicción de que mucho depende de usted.

    La gracia es el más fuerte de todos los principios. Vea qué revolución causa la gracia cuando entra en el corazón de un viejo pecador – cómo destruye los baluartes de Satanás, cómo echa abajo las montañas, llena los valles, endereza lo torcido, y hace nuevo al hombre. Realmente nada es imposible para la gracia.

    También la naturaleza es muy fuerte. Vea cómo lucha contra las cosas del reino de Dios, cómo pelea contra todo intento de ser más santo, cómo sigue librando una guerra en nuestro interior hasta la última hora de vida. Sí, la naturaleza es muy fuerte.

    Pero, después de la naturaleza y la gracia, sin duda no hay cosa más poderosa que la educación. Los primeros hábitos (si me permite decirlo) significan todo para nosotros, bajo Dios. Llegamos a ser lo que somos por la instrucción. Nuestro carácter toma la forma del molde en que fueron echados nuestros primeros años.

    Dependemos, en gran medida, de los que nos crían. Adquirimos de ellos el color, gusto, prejuicio que se nos pega más o menos toda la vida. Adoptamos el lenguaje de nuestras ayas y madres, y aprendemos a hablarlo casi sin sentirlo y, sin duda alguna, al mismo tiempo nos contagiamos de algo de sus modales, conductas y maneras de pensar. Sólo el tiempo mostrará cuánto cosas en nosotros pueden identificarse como semillas sembradas por los que nos rodeaban en los días de nuestra infancia.

    Y todo es uno de los arreglos misericordiosos de Dios. Él da a los hijos de usted una mente que recibirá impresiones como arcilla húmeda. Les da al comienzo de la vida una disposición de creer lo que usted les dice, y de creer que es bueno lo que usted les aconseja y de confiar en su palabra en lugar de la de un extraño. Le da, en suma, una oportunidad preciosa de hacerles bien. Asegúrese de no descuidar o desaprovechar la oportunidad. Una vez que se le escapa de entre las manos, la ha perdido para siempre.

    Cuídese de ese miserable error en que han caído algunos – que los padres no pueden hacer nada por sus hijos, que no se los debe molestar, que se debe esperar la gracia y estar quieto. Estas personas tienen para sus hijos deseos como los de Balaam (Nm. 23:10) – les gustaría verlos morir la muerte del hombre justo, pero nada hacen para hacerlos vivir su vida. Desean mucho, y no tienen nada. Y el diablo se regocija al ver tal razonamiento, como siempre lo hace por cualquier cosa que parezca excusar la indolencia o promover el descuido de las cosas de Dios.

    Sé que uno no puede convertir a su hijo. Sé muy bien que los que nacen de nuevo, nacen no por voluntad de hombre, sino de Dios. Pero sé también que Dios dice expresamente: «Instruye al niño en su camino,» y que nunca ha dado al hombre un mandato sin darle la gracia para cumplirlo. Y sé, también, que nuestro deber no es quedarnos de brazos cruzados y discutir, sino marchar hacia adelante y obedecer. Sólo al marchar hacia adelante se encontrará Dios con nosotros. La senda de la obediencia es la manera como nos da Su bendición. Tenemos que sencillamente hacer lo que los siervos fueron ordenados hacer en la fiesta de la boda en Caná, llenar las vasijas con agua y podemos dejar, sin titubear, que el Señor convierta el agua en vino (Juan 2:1-10).

    (Para ser continuado)