«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

El Regreso Al Señor Y A Su Rectitud

Por Rich Carmicheal

    Una de las tragedias de nuestro día es el rechazo de la norma de santidad y rectitud de Dios. Lo que se considera malo por el Señor se le llama bueno, y lo que Él considera ser bueno se le llama malo (Is. 5:20). Muchas personas han perdido el temor del Señor and son sabios en sus propios ojos. La verdad se calumnia y se reprime en la iniquidad (Rom. 1:18; 2 Pe. 2:2), la gracia de Dios está siendo convertida en el libertinaje (Jude v. 4), las personas ya no reconocen a Dios y se entregan a la depravación mental para hacer lo que no deben hacer (Rom. 1:28), tienen la conciencia encallecida (1 Tim. 4:2), sus corazones son duros (Ef. 4:18) y la autoridad se desprecia (2 Pe. 2:10).

    ¡Lo que especialmente hace trágica la situación es que estas condiciones son prevalentes en la iglesia! Mientras podemos comprender cómo los que están fuera de Cristo tienen una perspectiva distorsionada del pecado y son entregados a tales pecados como inmoralidad, impureza, homosexualidad, codicia, engaño, burlas, disensiones, borrachera, hablando mal y más, que triste es que quienes dicen conocer y seguir a Cristo podrían pensar y actuar de manera tan contraria a Su Persona y Palabra reveladas. Al parecer, o hay una enorme ignorancia de muchos en la iglesia en relación al Señor y a Su Palabra, o hay una rebelión abierta y rechazo.

La gracia, la verdad y la rectitud

    Una parte del problema hoy en la iglesia es la énfasis en la gracia del Señor aparte de una énfasis correspondiente en la verdad del Señor. Jesús vino lleno de gracia y verdad (Juan 1:14), y Su ministerio revela que las dos son esenciales. Por un lado, Él extiende misericordia y gracia hacia los pecadores, pero por el otro lado, Él jamás suaviza la verdad en cuanto al significado del pecado. Él jamás trata el pecado livianamente.

    Por ejemplo, considera el relato de la mujer sorprendida en el adulterio. Jesús fue muy amable hacia la mujer y no la condenó. Sin embargo, como Él le dijo que siguiera por su camino, Él también le dijo: «De ahora en adelante no peques más» (Juan 8:11). O piensen en el rato que pasó en la casa de Mateo comiendo con «muchos publicanos y pecadores.» A pesar de que les mostró tal compasión hacia ellos, Él nunca perdió de vista el hecho de que ellos estaban espiritualmente enfermos. Él pasó tiempo con ellos, no para brindarles consuelo al sufrir de su pecado, sino para ayudarles a dejar el pecado (ver Mateo 9:9-13).

    No importa cómo el hombre puede tratar de redefinir la verdad de Dios sobre el pecado, Jesús siempre mantiene los estándares más altos de la verdad y de la rectitud. Él Mismo es «santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores y exaltado sobre los cielos» (Heb. 7:26). En Él no hay pecado (1 Juan 3:5). Así como Él está lleno de santidad y rectitud, de tal manera Él nos llama a estar lleno de santidad y rectitud. Así como Él honró a Su Padre y guardó todos Sus mandamientos (Juan 14:31; 15:10), de tal manera Él nos enseña a hacer la voluntad de Su Padre (Mt. 12:50) y a buscar primeramente Su reino y Su justicia (Mt. 6:33).

    Personas que de veras conocen al Señor, saben que Él es santo, y por el amor y la reverencia hacia Él, se arrepientan del pecado y buscan la santidad. «Y en esto sabemos que hemos llegado a conocerle: si guardamos Sus mandamientos» (1 Juan 2:3). Conocerlo es vivir en armonía con Su Palabra, Su voluntad y Sus caminos. Cuando verdaderamente le hemos escuchado, y se nos ha enseñado en Él, ponemos a un lado el viejo yo, y «ponerse el ropaje nuevo, lo cual en la semejanza de Dios ha sido creado en justicia y la santidad de la verdad» (ver Efesios 4:20-24). Nos purificamos, porque Él es puro (1 Juan 3:3). Él nos llama a la santidad, y cualquier persona que elige vivir en la inmoralidad y la impureza Lo rechaza (ver 1 Tesalonicenses 4:1-8).

¡Dios todavía juzga el pecado!

    Muchas personas creen erróneamente que el Señor se ha vuelto blando con respeto al pecado y que Él no juzgará a las personas por sus pecados. Una vez más, parte del problema es que ellos piensan que la gracia de alguna manera disminuye la importancia de la verdad y la justicia. Sin embargo, la realidad es que la gracia de Dios está estrechamente relacionada con la rectitud. «Porque la gracia de Dios se ha manifestado ...enseñándonos a renunciar a impiedad y a los deseos mundanos y a vivir sobria, justa y piadosamente en este siglo» (Tito 2:11-12). Debemos tener cuidado de no distorsionar la gracia como una licencia para pecar. Como el Apóstol Pablo alega: «...¿Vamos a persistir en el pecado, para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?» (Rom. 6:1-2).

    Estos son peligros profundos para los creyentes que siguen en el pecado. El autor de Hebreos da esta advertencia solemne: «Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados. Sólo queda una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios. Cualquiera que rechazaba la ley de Moisés moría irremediablemente por el testimonio de dos o tres testigos. ¿Cuánto mayor castigo piensan ustedes que merece el que ha pisoteado al Hijo de Dios, que ha profanado la sangre del pacto por la cual había sido santificado, y que ha insultado al Espíritu de la gracia? Pues conocemos al que dijo: ‘Mía es la venganza; Yo pagaré’ y también: ‘El Señor juzgará a Su pueblo.’ ¡Terrible cosa es caer en las manos del Dios vivo!» (Heb. 10:26-31).

    ¡Qué tragedia es para alguien que dice conocer y seguir a Cristo y continua en el pecado! ¡Qué insulto para Él y para Su sangre, tal como para el Espíritu de gracia! Jesús pagó tremendo precio para librarnos del pecado. Fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades (Is. 53:5). «Él Mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia…» (1 Pe. 2:24). Él «dio Su vida por nuestros pecados para rescatarnos de este mundo malvado» (Gál. 1:4). Por medio de Su sangre preciosa nuestros pecados son perdonados y somos limpios (1 Juan 1:7-9) y somos liberados para servir al Dios viviente (Heb. 9:14). Nuestro entendimiento y reconocimiento del sacrificio de Cristo debe llevarnos a un arrepentimiento mayor y a una rectitud mayor, no a una continuación o aumento del pecado.

El pecado es serio

    El Señor obviamente trata el pecado como un asunto de máximo seriedad, y así debemos tratarlo nosotros. Él no ha cambiado ni ha cambiado Su definición del pecado. Desafortunadamente, un número creciente de personas en nuestra cultura Lo rechazan a Él y Su Palabra, y trabajan con diligencia para redefinir pecado.

    Un ejemplo urgente de esto es el dilema actual ocurriendo en varias denominaciones e iglesias en cuanto a la homosexualidad y el matrimonio entre los del mismo sexo. La Biblia enfatiza claramente y repetidas veces que la distinción entre el hombre y la mujer es esencial a nuestra propia existencia, y que el don del matrimonio es una relación sagrada entre un hombre y una mujer. Jesús, por ejemplo, enseña estas verdades en la forma de una pregunta: «...¿No han leído replicó Jesús que en el principio el Creador ‘los hizo hombre y mujer’, y dijo: ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo’?» (Mt. 19:4-5).

    A la vez, la Palabra de Dios, en los dos testamentos, el Antiguo y el Nuevo, define la homosexualidad como pecado en los términos más claros y fuertes. Por ejemplo, Romanos 1:25-27 declara, «Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador ...Por tanto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas. En efecto, las mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza. Así mismo los hombres dejaron las relaciones naturales con la mujer y se encendieron en pasiones lujuriosas los unos con los otros. Hombres con hombres cometieron actos indecentes, y en sí mismos recibieron el castigo que merecía su perversión» (vean Romanos 1:18-27; cf. Gn. 19:7; Lv. 18:22; 20:13).

    Aunque la Biblia no pudo ser más clara en cuanto a la verdad que Dios considera la homosexualidad un pecado, hay personas que afirman de conocer a Dios que aceptan y aún celebran este estilo de vida. El Apóstol Juan, sin embargo, nos recuerda que en el Señor no hay pecado y que «Todo el que permanece en Él, no practica el pecado. Todo el que practica el pecado, no lo ha visto ni lo ha conocido» (1 Juan 3:5-6).

    Es asunto serio cuando cualquier pecado se comienza a tolerar y adoptar en la iglesia, y tristemente la iglesia está tolerando toda clase de pecados. En muchos casos, la iglesia parece tener tanta inmoralidad, impureza, codicia, engaño, hiprocresía, ira, disención, divorcio, discurso abusivo, y más, tal como el mundo. Muchas iglesias han caído lejos de la llamada sagrada de hacer saber la Palabra de la verdad y de la vida, y de ser la luz del mundo y la sal de la tierra. Que trágico cuando la luz ya no brilla y la sal pierde su sabor.

La llamada al arrepentimiento

    Pero aún hay esperanza. Hasta para una iglesia tan patética como la que se encontraba en Laodicea, había esperanza. Las palabras de Jesús para ellos pueden hacer tanta falta hoy: «Por eso te aconsejo que de Mí compres oro refinado por el fuego, para que te hagas rico; ropas blancas para que te vistas y cubras tu vergonzosa desnudez; y colirio para que te lo pongas en los ojos y recobres la vista. Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Por lo tanto, sé fervoroso y arrepiéntete» (Ap. 3:18-19). ¡Que mostremos la manera de arrepentirse del pecado y volver plenamente al Señor y a Sus caminos!