«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Victoria Sobre El Pecado

Por Rich Carmicheal

    Uno de los temas de esta edición es acerca del pecado, entre la reincidencia a vivir una victoria sobre él. El pecado, por supuesto, es la última consecuencia y en este artículo le invito a considerar algunas verdades bíblicas referentes a éste. Si usted está batallando con el pecado en su vida, o está ayudando a otros que están peleando con él, espero que esta verdad pueda darles victoria.

    1. El pecado ultimadamente es una transgresión en contra del Señor. El concepto bíblico del pecado es «errar al blanco» o no hacer lo que el Señor tiene como modelo. Las Escrituras muestran que éste es un problema universal: «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Rom. 3:23). Sabemos que la naturaleza del Señor es perfecta en Su carácter y en todos Sus caminos, y que Él nos ha creado a Su misma imagen y semejanza. Pecamos cuando actuamos en forma contraria a lo que Él es, y a lo que Él desea para nuestras vidas. Esto muchas veces envuelve acciones, pero también pensamientos y motivos que desagradan a Él.

    Por lo tanto, el pecado es una cosa personal para el Señor, es en contra de Él y una violación de Sus caminos, aún cuando este pecado es en contra de otra persona. Por ejemplo, cuando David cometió adulterio con Betsabé, y trató de cubrir su pecado con decepción y muerte, reconoció que por último su pecado fue en contra del Señor «Contra Ti, contra Ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de Tus ojos» (Sal. 51:4). De la misma manera, José, quien no cedió a las tentaciones sexuales de la mujer de Potifar reconoció que al hacerlo habría sido algo de gran mal y que «pecaría contra Dios» (Gn. 39:9). La verdad es que el pecado, finalmente es en contra de Dios; esta verdad satura las Escrituras (Nm. 32:23; Dt. 20:18; 1 Sm. 12:23; 14:34; 2 Cr. 6:26, 36; 19:10; Sal. 78:17; 119:11; Jr. 33:8; 50:7; 1 Cor. 8:12). Al pecar uno se rebela en contra de Él y hace lo malo en Sus ojos, desobedece Sus mandamientos, no cree en Sus promesas y no escucha Su Palabra.

    Porque nuestros pecados son en contra del Señor, Él lo siente muy profundo. Por ejemplo, en los días de Noé el Señor vio mucha maldad y continuo mal «Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón» (Gn. 6:6). En los días de Isaías el Señor habló diciendo que la gente lo sobrecargaban y fatigaban con sus pecados (Is. 43:24).

    2. El pecado nos separa del Señor. Por seguro que las consecuencias de pecar en contra del Señor son trágicas, incluyendo aquellos descritos por el profeta Isaías: «Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros Su rostro para no oír» (Is. 59:2). El pecado de cada uno de nosotros es una cosa personal con el Señor e impacta nuestra relación con Él. La culpa y la vergüenza por haber pecado nos aleja de Él así como Adán y Eva lo hicieron escondiéndose del Señor después de que pecaron (Gn. 3:8-10). El pecado puede hacer al Señor apartarse de Su gente, lo vemos en el caso cuando el Señor advirtió a Josué después del pecado de Acán. «…Ni estaré más con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros» (Jos. 7:12 lea Óseas 5:5-6). En ambos casos, la consecuencia más trágica del pecado es que éste nos separa del Señor. David estuvo bien consciente de esto, por eso derramó su corazón en Salmo 51, él imploró al Señor por haber pecado diciendo: «No me eches de delante de Ti, y no quites de mí Tu Santo Espíritu» (v. 11).

    3. El pecado trae otras consecuencias devastadoras. Desde que el Señor es la fuente del amor, gozo, paz, benignidad, santidad, pureza, etc., cualquier barrera en nuestra relación con Él significa algo de pérdida, por no decir la pérdida de estas cualidades en nuestras vidas. En otras palabras, el pecado roba la presencia del Señor, pero también la abundancia de vida que fluye de Él.

    Ya que el pecado rompe la relación con el Señor, él o ella pueden empezar a experimentar problemas de ansiedad, miedo, amargura, desesperación, desaliento, vacío y egoísmos. Si esta persona continua en pecado, la separación del Señor se hace más grande y las consecuencias se intensifican. Por ejemplo, el Apóstol Pablo describe a aquellos que «teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza» (Ef. 4:18-19). En otras palabras, lo más que una persona se separe del Señor, muy poco poseerá y manifestará la vida y el carácter de Dios, y se enredará más en el poder destructivo del pecado; como las Escrituras nos advierten: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción…» (Gál. 6:7-8).

    Esa destrucción puede ser manifestada en muchas maneras. Por ejemplo, el pecado puede traer desgracia (Pr. 14:34), angustia (So. 1:17), derrota (1 Re. 8:33), desastre (2 Re. 21:12), sequía (2 Cr. 6:26; Jr. 5:24-25), ruina (Mi. 6:13), aflicción (Sal. 107:17), sufrimiento (Nm. 14:34) ceguera espiritual (Sal. 40:12), problemas (Jr. 8:14-15; Lam. 5:1-18), castigo a la generación futura (Nm. 14:18), reprensión, disciplina y pérdida de bienes (Sal. 39:11). Éste también puede destruir mucho de lo bueno (Ecl. 9:18), llenarnos de culpa y vergüenza (Is. 1:4; Jr. 3:25; Sal. 38:4), nos mantiene cautivos (Pr. 5:22), nos consume (Ez. 33:10-11; Sal. 106:43), hace nuestras fuerzas desfallecer y nuestros huesos consumirse (Sal. 31:10), nos descalifica de Su servicio (1 Sm. 15:24-28), nos engaña (Rom. 7:11), nos esclaviza (Juan 8:34), nos endura (Heb. 3:13), nos posee (Sal. 40:12), nos abruma (Sal. 65:3) y nos guía a caer (Os. 14:1). El pecado también agita el enojo, la ira y el juicio de Dios (1 Re. 14:22; Mi. 7:9; Is. 13:9-13), y si la persona permanece en el pecado, vendrá a juicio y a la separación eterna de la presencia del Señor (Rom. 2:1-12; 1 Cor. 4:4-6; Ap. 20:12-15).

    4. El pecado tiene que ser esquivado a toda costa. Cuando consideramos la lista de los efectos desbastadores del pecado, podemos entender el porqué de la amonestación que el Señor nos hace para que evitemos el pecado a toda costa. Jesús enseñó que «si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno» (Mt. 5:29). Claro que Él no nos está diciendo literalmente que saquemos uno de nuestros ojos. Él está haciendo notar la necesidad de tratar al pecado con mucha seriedad. Las consecuencias del pecado son muy significantes para tratar a este livianamente. Tenemos que ser muy cuidadosos, por eso «despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia» (Heb. 12:1) y «abstengámonos de los deseos carnales que batallan contra el alma» (1 Pe. 2:11).

    La solemne advertencia en capítulo diez de Hebreos muestra que si continuamos pecando ofendemos seriamente al Señor. «Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino que una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. … ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en el cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?» (Heb. 10:26-29). ¡No podemos continuar pecando!

    Al mismo tiempo, el Apóstol Juan nos dice que «todo aquel que permanece en Él (Cristo), no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido» (1 Juan 3:6). Luego agrega que la persona «que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio.... Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado…» (1 Juan 3:8-9). Si continuamos pecando quiere decir que algo tremendamente mal anda en nuestra relación con el Señor.

    5. ¡Hay esperanza para vencer al pecado! Si usted está peleando con el pecado o está ayudando a alguien que también batalla con éste, la discusión anterior puede haberle causado dolor en su corazón. Con todo, no debemos olvidar que tenemos una esperanza grande para vencer al pecado. Por ejemplo, si usted nota lo que el Apóstol Juan dice en su primera carta «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Justo. Y Él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1 Juan 2:1-2). En los versos anteriores a estos, Juan escribe que «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:8-9).

    Una de las hermosas promesas de estos versículos es que a través de Cristo tenemos la esperanza de haber sido perdonados y limpiados de todo pecado. En realidad, Jesús vino para «salvar a Su pueblo de sus pecados" (Mt. 1:21). Esta salvación empezó cuando Él llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre la cruz «para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia» (1 Pe. 2:24). Él «herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por Su llaga fuimos nosotros curados» (Is. 53:5). Cuando nosotros estuvimos manchados con el pecado, Él se ofreció a sí Mismo, sin pecado a Dios; derramando Su sangre en la Cruz como sacrificio por nuestros pecados. Por eso, Su sangre preciosa tiene el poder para «limpiar vuestras consciencias de obras muertas para que sirvamos al Dios vivo» (Heb. 9:14). ¡El precio total por su pecado y el mío ha sido pagado y a través de Su sangre podemos ser perdonados, limpiados y libres!

    Jesús no sólo dio su vida en la Cruz por nuestros pecados, Él continúa hasta ahora ayudándonos a vencer el pecado. Él es el misericordioso y fiel sumo sacerdote que fue hecho igual a nosotros. «Él Mismo padeció siendo tentado, (por esto) es poderoso para socorrer a los que son tentados» (Heb. 2:18). Él se compadece de nuestras debilidades porque Él «fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Heb. 4:15). Si nos acercamos a Él confiadamente podemos alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (Heb. 4:16). Él es hábil para salvarnos perpetuamente si venimos a Dios a través de Él, porque Él vive siempre para interceder por nosotros (Heb. 7:25). Él es nuestra esperanza y salvación, «el Autor y Consumador de la fe…» (Heb. 12:2).

    En otras palabras, la llave para nuestra victoria sobre el pecado es lo que Jesús ha hecho por nosotros en la Cruz, y todo lo que continúa haciendo. Nosotros somos salvos del pecado por Su muerte y Su vida. Así como el Apóstol Pablo escribe: «Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal...sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos…» (Rom. 6:10-13).

    6. Tenemos que confesar nuestros pecados y dejarlos por completo. El Señor ha pagado el precio por nuestra libertad, y está más que listo para ayudarnos a vencer a este en nuestras vidas. Él es la respuesta para todos nuestros problemas concernientes al pecado. Él es nuestra «justificación, santificación y redención» (1 Cor. 1:30). Al tratar de vencer al pecado, nuestra mayor responsabilidad es buscar a Él con todo nuestro corazón, en oración, confesión, humildad y arrepentimiento.

    En el momento en que nos damos cuenta de que hay pecado en nuestras vidas, ya sea en hechos, pensamientos o motivo, necesitamos volvernos al Señor. Una parte al volvernos a Él es confesar nuestro pecado. David al describir esto muestra el beneficio de confesar en forma abierta nuestro pecado al Señor. «Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día…se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y Tu perdonaste la maldad de mi pecado» (Sal. 32:3-5). El Señor es clemente y fiel en respondernos cuando somos genuinos y venimos con un corazón contrito y humillado. Si tú estas luchando con el pecado, abre tu corazón al Señor, confiesa tu pecado y pide misericordia, gracia y ayuda.

    Otro elemento importante cuando volvemos al Señor es el arrepentimiento. Tenemos que ser radicales y tener la intención o propósito de dejar el pecado. Tenemos que limpiarnos «de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios» (2 Cor. 7:1). Es la bondad de Dios la que nos guía al arrepentimiento (Rom. 2:4), cuando dejamos el pecado y nos volvemos a Él. Él limpiará todos nuestros pecados y mandará «tiempos de refrigerio» (Hch. 3:19). Él quiere que nosotros tengamos victoria sobre el pecado, y ofrece esta invitación de aliento: «Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, Él cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar» (Is. 55:6-7).