«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Anhelamos Recibir Al Salvador

Por Rich Carmicheal

    «…Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde anhelamos recibir al Salvador, el Señor Jesucristo…» (Fil. 3:20).

    Los cristianos varían en su entendimiento de los eventos que pertenecen a la Segunda Venida de Cristo. Tienen puntos de vista distintos, por ejemplo, en cuanto a la hora y la naturaleza de la Raptura, la Gran Tribulación, y el Milenio. Esto se debe a un número de factores tales como la enseñanza que uno ha recibido y los principios que uno emplea para la interpretación de la profecía bíblica. Sin embargo, a pesar de la variedad de puntos de vista con respeto a la Segunda Venida, por lo menos hay tres verdades centrales de los cuales todos los cristianos pueden estar de acuerdo: 1) Jesús SÍ viene otra vez, 2) tenemos que estar listos y atentos, y 3) ¡una eternidad gloriosa les espera a todos aquellos que pertenecen a Él!

¡Jesús SÍ viene otra vez!

    La palabra de Dios hace claro que Jesucristo viene otra vez. Aunque puede haber cierta inseguridad desde la perspective del hombre acerca de la hora y la naturaleza de los eventos asociados con la venida del Señor, no existe ninguna duda en absoluto que Él viene. ¡Él SÍ viene! ¿Cómo podemos saber eso con tanta certeza? Porque el Señor mismo ha prometido regresar, y Él es completamente fiel a Sus promesas. Podemos mantener «firme la esperanza que profesamos, porque fiel es Él que hizo la promesa» (Heb. 10:23). Por ejemplo, Jesús promete, «…vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde Yo esté» (Juan 14:3). Él también hace esta promesa: «Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de Su Padre con Sus ángeles, y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho» (Mateo 16:27). Y, en el último capítulo de la Biblia, Él declara, «¡Miren que vengo pronto!» (Apoc. 22:12).

    Por supuesto, habrá aquella gente quienes, tal como los mencionados en 2 Pedro 3:3-4, se burlarán de la idea de la Segunda Venida. Pero en respuesta, Pedro nos recuerda: «…Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir Su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, Él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan. Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. En aquel día los cielos desaparecerán con un estruendo espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será quemada» (2 Pedro 3:8-10). De tal manera, el apóstol Pablo enfatiza la certeza de la «venida de nuestro Señor Jesucristo, la cual Dios a Su debido tiempo hará que se cumpla...» (1 Timoteo 6:14-15). Jesús enseña que «...en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre» (Mateo 24:36). Aunque no sabemos ni el día ni la hora, es cierto que dentro de la sincronación perfecta del Padre, ¡Jesús SÍ viene otra vez!

¡Estén preparados y velen!

    Considerando la certeza de la venida de Cristo, la amonestación por todo el Nuevo Testamento es estar preparados y velar: «Por lo tanto, manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor…Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá cuando menos lo esperen» (Mateo 24:42, 44).

    El escritor de Hebreos declara que Cristo «…aparecerá por segunda vez, ya no para cargar con pecado alguno, sino para traer salvación a quienes lo esperan» (Hebreos 9:28). Nuestro «estado de espera» para Él no es un estado pasivo, sino un estado muy activo. Pablo apunta en su carta a Tito que la gracia de Dios «…nos enseña a rechazar la impiedad y las pasiones mundanas. Así podremos vivir en este mundo con justicia, piedad y dominio propio, mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el bien» (Tito 2:12-14). Mientras lo esperamos, estamos para negar la impiedad, las pasiones mundanas y la maldad, y para acoger la piedad, la pureza y la rectitud. Debemos estar de mente despejada y tener dominio propio para poder orar (1 Pedro 4:7-8). Debemos animarnos unos a otros y estimularnos al amor y a las buenas obras (Hebreos 10:24-25). Tal como Pablo apunta en Colosenses 3:1-17, Cristo es ahora nuestra vida, y como esperamos Su aparición, debemos dar muerte y deshacernos de cualquier cosa que pertenece a nuestra naturaleza terrenal tales son la inmoralidad sexual, la impureza, la lujuria, los deseos malvados, la avaricia, el enojo, la ira, la malicia, la calumnia, las palabras inmundas y la mentira. Y debemos vestirnos de la compasión, la bondad, la humildad, la amabilidad, la paciencia, el perdón, el amor, la paz, y la gratitud. Debemos dejar que la Palabra de Cristo nos habite completamente y debemos desbordar con salmos, himnos, y cantos espirituales.

    Mientras anhelamos Su regreso, debemos esforzarnos «para que Dios los halle sin mancha y sin defecto, y en paz con Él» (2 Pedro 3:14). Y debemos hacer estas cosas cuanto más vemos que el Día se acerca (Hebreos 10:25). Debemos discernir el tiempo presente y responder por consiguiente. «Ya es hora de que despierten del sueño, pues nuestra salvación está ahora más cerca que cuando inicialmente creímos. La noche está muy avanzada y ya se acerca el día» (Romanos 13:11-12).

¡Una gloriosa eternidad nos espera!

    Ya es la hora de ponerse vigilante y diligente. Ya es la hora de afirmarnos en la fe, de rechazar el pecado, y de abrazar la piedad. Ya es la hora de ser fiel en todo aquel que Él nos llama a ser y a hacer. Considera algunas de las cosas gloriosas que nos esperan a todos que estamos listos y a la espera de Su venida:

    • Recibiremos recompensa del Señor. «Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de Su Padre con Sus ángeles, y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho» (Mateo 16:27).

    • Recibiremos una herencia – el reino. «Entonces dirá el Rey a los que estén a Su derecha: "Vengan ustedes, a quienes Mi Padre ha bendecido, reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo"» (Mateo 25:34).

    • Se nos dará un lugar en la casa del Padre. «En el hogar de Mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde Yo esté» (Juan 14:2-3).

    • Se nos dará la vida eterna. «Porque Dios "pagará a cada uno según lo que merezcan sus obras". Él dará vida eterna a los que, perseverando en las buenas obras, buscan gloria, honor e inmortalidad» (Romanos 2:6-7).

    • Recibiremos la alabanza de Dios. «…esperen hasta que venga el Señor. Él sacará a la luz lo que está oculto en la oscuridad y pondrá al descubierto las intenciones de cada corazón. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que le corresponda» (1 Corintios 4:5).

    • Nuestros cuerpos se levantarán sin corrupción, en gloria y poder. «Así sucederá también con la resurrección de los muertos. Lo que se siembra en corrupción, resucita en incorrupción; lo que se siembra en oprobio, resucita en gloria; lo que se siembra en debilidad, resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual» (1 Corintios 15:42-44).

    • Nos vestiremos con inmortalidad. «…Pues sonará la trompeta y los muertos resucitarán con un cuerpo incorruptible, y nosotros seremos transformados. Porque lo corruptible tiene que revestirse de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad» (1 Corintios 15:52-53).

    • Veremos las riquezas incomparables de la gracia de Dios. «…para mostrar en los tiempos venideros la incomparable riqueza de Su gracia, que por Su bondad derramó sobre nosotros en Cristo Jesús» (Efesios 2:7).

    • Nuestros cuerpos miserables serán como Su cuerpo glorioso. «…el Señor Jesucristo…transformará nuestro cuerpo miserable para que sea como Su cuerpo glorioso, mediante el poder con que somete a sí mismo todas las cosas» (Filipenses 3:20-21).

    • Apareceremos con Cristo en gloria. «Cuando Cristo, que es la vida de ustedes, se manifieste, entonces también ustedes serán manifestados con Él en gloria» (Colosenses 3:4).

    • Se nos rescatará de la ira de Dios. «…y esperar del cielo a Jesús, su Hijo a quien resucitó, que nos libra del castigo venidero» (1 Tesalonicenses 1:10).

    • Nos regocijaremos en la presencia de Jesús por aquellos a quienes hemos impactado espiritualmente. «…¿cuál es nuestra esperanza, alegría o motivo de orgullo delante de nuestro Señor Jesús para cuando él venga? ¿Quién más sino ustedes? Sí, ustedes son nuestro orgullo y alegría» (1 Tesalonicenses 2:19-20).

    • Estaremos con el Señor eternamente. «El Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Y así estaremos con el Señor para siempre» (1 Tesalonicenses 4:16-17).

    • Veremos a Cristo glorificado en Su pueblo y tendremos el gran gozo de maravillarnos delante de Él. «...el día en que venga para ser glorificado por medio de Sus santos y admirado por todos los que hayan creído,…» (2 Tesalonicenses 1:10).

    • Se nos premiará con una corona de justicia. «Por lo demás me espera la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me otorgará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que con amor hayan esperado Su venida» (2 Timoteo 4:8).

    • Conoceremos la expresión plena de la salvación. «…Cristo…aparecerá por segunda vez, ya no para cargar con pecado alguno, sino para traer salvación a quienes lo esperan» (Hebreos 9:28).

    • Experimentaremos un cielo nuevo y una tierra nueva. «Pero, según Su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia» (2 Pedro 3:13).

    • Se nos otorgará el derecho al árbol de la vida y de entrar en la Ciudad Santa. «¡Miren que vengo pronto!...Dichosos los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida y para poder entrar por las puertas de la ciudad» (Apocalipsis 22:12, 14).

    ¡Qué eternidad maravillosa le espera al pueblo de Dios! Hermanos, sigan. «...despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe…» (Hebreos 12:1-2). Peleen la buena batalla, terminen la carrera, y mantengan la fe, porque hay mucho guardado para aquellos que anhelan la apariencia del Señor (2 Timoteo 4:7-8). ¡Qué nos encontremos fieles cuando Él regresa! «Ven, Señor Jesús.»