«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Se Busca: ¡Un Corazón Ardiente!

Por Wesley L. Duewel

    El líder cristiano no dispone de alternativa al Espírtu Santo, pues debe tener su corazón al rojo vivo con el amor de Dios y el amor por el prójimo. El doctor George W. Peters decía «Dios, la iglesia y el mundo buscan hombres con corazones que arden al rojo vivo – corozones llenos con el amor de Dios; llenos con compasión por los males de la iglesia y el mundo; llenos con la pasión por la gloria de Dios, el Evangelio de Jesucristo y la salvación de los perdidos.»

    Agrega «La respuesta de Dios a un mundo indiferente, materialista, frío y burlón es el corazón cristiano que arde al rojo vivo en los púlpitos, las bancas, las escuelas dominicales, los institutos bíblicos, las universidades, seminarios cristianos.»

    Si tú, como líder, careces de corazón ardiente, pocos de los que lidereas van a ser conocidos por sus corazones ardientes, y ejercerán escasa influencia e impacto en el mundo que los rodea. Nuestras comunidades se impresionan poco con nuestros programas y múltiples actividades. Se necesita mucho más que una iglesia atareada, amistosa o evangélica para impactar en una comunidad por Cristo. Debe ésta ser una iglesia ardiendo al rojo vivo dirigida por líderes que también arden al rojo vivo por Dios.

    Samuel Chadwick, difunto presidente de una universidad británica, era llamado «la zarza ardiente.» Desde que fue llenado con el Espíritu Santo «hubo milagros de gracia obrados por medio de la influencia de una vida que ardía con el fuego de Dios.» Frances W. Dixon cuenta cómo «el poder de su prédica y la influencia moral de los miembros de su iglesia eran tan grandes que el jefe principal del vecindario expresó, públicamente, su gratitud por la manera en que toda la ciudad había sido limpiada por la influencia de hombres y mujeres incendiados con el amor de Dios.»

    Un colega de ministerio preguntó una vez a John Wesley, el evangelista del corazón ardiente, cómo ganar al público. Wesley le replicó «si el predicador arde los otros verán el fuego.»

    Uno de los biógrafos de Wesley lo llamó el hombre «sin tregua en pos de las almas.» Grabadas en la tumba de Adam Clarke, uno de los primeros eruditos metodistas y protegido de Wesley, están estas palabras: «Me estoy consumiendo al vivir para las demás personas.»

    T. DeWitt Talmage escribió hace un siglo «en esta época queremos por sobre todas las cosas, fuego – el santo fuego de Dios ardiendo en los corazones de los hombres, revolviendo sus cerebros, propulsando sus emociones, excitando sus lenguas, brillando en sus semblantes, vibrando en sus acciones, expandiendo su poderío intelectual, y fundiendo todos sus conocimientos, lógica, retórica en un arroyo al rojo vivo. Que este bautismo descienda y miles de nosotros, hasta ahora no más que débiles ministros, comunes y corrientes, fácilmente olvidados por la humanidad, nos volveríamos, entonces, poderosos,» lo cual sigue siendo verdad.

    También sigue siendo verdad en el mundo que nos rodea. Hace unos años, en Polonia, un soldado dijo al doctor Harold John Ockenga: «El cristianismo y el comunismo corren una carrera en Polonia que va a ganar el primero que encienda en llamas su mensaje.»

    El cristianismo desapasionado no apagará los fuegos del infierno. La mejor manera de luchar contra el devorado incendio de un bosque es con más fuego. Un líder de jóvenes que no es apasionado nunca incendiará por Cristo a esa juventud. Hasta que nosotros estemos ardiendo al rojo vivo no podemos hablar a los corazones de nuestro pueblo. El obispo Ralph Spaulding Cushman oraba:

    ¡Enciéndenos Señor, conmuévenos, te rogamos!
    Mientras el mundo perece día tras día,
    Seguimos nuestro camino sin sentido ni pasión.
    ¡Préndenos, Señor, conmuévenos, te rogamos!

    No hay mayor necesidad que ésta en nuestras iglesias y escuelas. No basta ser evangélico de fe y corazón; debemos ser supremamente poseídos por Cristo, apasionarnos por Su amor y gracia, incendiados al rojo vivo con Su poder y gloria. Cada parte terrenal de nuestro ser, según la letra del gran himno, debe brillar al rojo con el fuego divino de Dios. La madera, el altar, y el sacrificio no bastan, ¡necesitamos el fuego! ¡Fuego de Dios desciende de nuevo sobre nosotros! ¡Enciéndenos, incéndianos, oh Señor!

    Si vamos a ser una fuerza irresistible para Dios ahí donde El nos haya puesto, necesitamos el bautismo de fuego del Espíritu Santo. Si vamos a despertar a nuestra amodorrada iglesia, necesitamos que baje a nosotros la santa llama que descendió sobre cada creyente en el aposento alto. Tú la necesitas; yo la necesito.

    T. A. Hegre escribió en un conmovedor artículo titulado «Arde fuego de Dios» que: «Necesitamos fuego: fuego que avive nuestra frialdad y revuelva nuestras emociones, fuego que nos impele a hacer algo por aquellos que van a las tumbas sin Cristo. Incontables millones mueren hoy sin que se les haya dicho de Cristo porque nosotros, los cristianos estamos apagados. Necesitamos fuego: el fuego del Espíritu Santo.»

    No necesitamos fuegos artificiales porque no glorifican a nuestro Santo Cristo. Necesitamos fuego santo, el fuego con que el Espíritu Santo nos bautiza. Necesitamos el fuego y el celo de la iglesia de los primeros días cuando casi todo cristiano estaba listo, si era necesario, para ser mártir por Cristo.

    John R. Rice reprendió nuestra falta de fuego en un sermón que pegó fuerte. «Escuchen, no se trata que los pecadores estén endurecidos. El problema es que se endurecieron los predicadores, los profesores de escuela dominical, los diáconos bautistas y los mayordomos metodistas junto con los ancianos presbiterianos. Encuentro más fácil ganar un alma y lograr que un borracho y una prostituta se conviertan que encender al rojo vivo a un predicador respecto de las almas.»

    George Whitefield fue usado poderosamente por Dios y él y John Wesley pusieron de cabeza a Inglaterra para Cristo y salvaron, por la gracia de Dios, a las islas británicas de un duplicado de la revolución francesa. Se dijo de Whitefield «desde que empezó a predicar, cuando era muchacho, hasta la misma hora de su muerte, no conoció disminución de su pasión. Su alma fue un horno de ardiente celo por la salvación de los hombres hasta el fin de su notable carrera.»

    ¡Su alma un horno ardiendo! ¡Ah! He ahí el secreto. Nuestro trágico problema es que tratamos de liderar al pueblo de Dios con corazones que nunca han ardido verdaderamente o que perdieron su llama. Elías oró hasta que el fuego cayó sobre el monte Carmelo. Entonces los réprobos de la época se postraron exclamando: «¡Jehová es el Dios! ¡Jehová es el Dios!» (1 Reyes 18:39).

    ¿Puede el fuego Shekinah que incendió la zarza, hacer eso con nuestros corazones hasta que seamos zarzas ardientes para Dios? El fuego Shekinah del monte Sinaí infundió todo el ser de Moisés hasta que su rostro irradió la gloria de Dios. ¿Podemos acercarnos bastante a Dios hasta que el fuego Shekinah empiece a transfigurar nuestros vasos de barro y nuestro pueblo vislumbre la gloria de Dios sobre y en nosotros?

    ¿Puede regresar hoy a nosotros el fuego Shekinah que Ezequiel vio irse paulatinamente de Israel? Regresó a los ciento veinte que estaban en el aposento alto. Si nos llevó diez días en buscar el rostro de Dios, sería más que valioso si pudiéramos también ser incendiados por Dios.

    Solamente Dios puede bautizar con fuego, de modo que no podemos ganarlo ni trabajarlo ni simularlo. Solamente Dios puede enviar Shekinah. Solamente Dios puede satisfacer tu necesidad y la mía. Llevamos mucho tiempo trabajando sin ese fuego. Anulamos excesivamente la gloria de Dios sin ese fuego. Llevamos demasiado tiempo sin ese fuego dejando sin impactar a nuestra gente.

    Nosotros no podemos encender ese fuego y no podemos producirlo en nosotros mismos; pero podemos humillarnos ante Dios en total integridad y honestidad, confesando nuestra necesidad. Podemos buscar el rostro de Dios hasta que Su luz divina nos muestre lo que hay en nuestros corazones y vidas que impide que seamos llenados e investidos de poder.

    El santo fuego de Dios solamente desciende sobre los corazones hambrientos, obedientes, preparados. Quizás la necesidad subyacente a todas las necesidades sea que no estamos bastante hambrientos ni sedientos ni deseándolo con toda nuestra alma. «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lucas 11:13).

    – Citado de Ardiendo Para Dios por Wesley L Duewel. ©1989. Usado con permiso del Duewel Literature Trust, Inc. Los libros de Dr. Duewel se pueden comprar de Duewel Literature Trust, Inc. 740A Kilbourne Drive, Greenwood, IN 46142-1843.