«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Autoridad De Cristo

Por W. C. Moore

    Hoy es día del desorden extremo – y los juicios de Dios vienen sobre esta generación impiadosa excepto que haya un arrepentimiento profundo.

    Dentro de la iglesia, también, hay una gran cantidad de desorden extremo – debido en parte a la falta de entendimiento del plan de Dios para Su pueblo durante la edad de la iglesia. Dios Padre ha ordenado que Su Hijo, Jesucristo, sea Cabeza de la iglesia, y que la iglesia esté sujeta a Cristo (Efesios 5:23-24).

    Algunos que niegan la jefatura de Cristo sobre su iglesia, afirman que a Pablo le fueron dadas las verdades fundamentales con las cuales se ha de gobernar la iglesia en esta dispensación. (Al decir «iglesia», estamos indicando todos los nacidos-de-nuevo hijos de Dios, lavados en la sangre de Jesús, sin referencia a relaciones denominacionales, etc.) Pero tal doctrina es definitivamente errónea, y prepara el camino a engaños mayores.

    El mismo Pablo, por medio del Espíritu Santo, dice que Cristo es Cabeza de la iglesia, y que la iglesia está sujeta a Cristo (Efesios 5:23-24). Y no sólo eso, sino también se señala a sí mismo como siervo de Cristo (Romanos 1:1), como un seguidor de Cristo (1 Corintios 11:1), como un ministro de Cristo (Romanos 15:16). Sin duda a Pablo le fueron dadas muchas revelaciones tocante a los detalles de asuntos para las iglesias, pero sólo Cristo es Cabeza de la iglesia, y Él ha inaugurado las verdades fundamentales para gobernarnos hasta que Él venga de nuevo.

La ley y la gracia

    La confusión ha entrado en la mente de algunos debida a una mala interpretación de la ley y de la gracia. Es verdad que no estamos viviendo bajo la ley de Moisés en esta dispensación; pero decir que estamos bajo la gracia, pero no bajo ninguna otra clase de ley, es una equivocación.

    Algunos dicen que en los cuatro evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), Jesús hablaba a los judíos bajo la ley, y que sus enseñanzas no son pertinentes para nosotros hoy día. Pero las palabras de Cristo mismo, además de otras escrituras, prueban la falsedad de ese pensamiento. Él dijo: «El que me ama, mi palabra guardará» (Juan 14:23); y «Cualquiera, pues, que me oye Estas Palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente» (Mateo 7:24). «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan 14:15). «Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (Juan 15:10). «El que no me ama, no guarda mis palabras» (Juan 14:24).

    Jesús mandó a sus discípulos: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones…enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mateo 28:19-20). Y eso hubo de durar aun «hasta el fin del mundo.» «Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Juan 1:17). «…Jesucristo…es la propiciación por nuestros pecados…y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso» (1 Juan 2:1-4).

    Fue Jesucristo, y no Pablo, el que dio sus reprensiones, instrucciones y alientos a su iglesia en el libro del Apocalipsis.

    No podemos evitar las palabras de Jesús. Si rehusamos sus palabras ahora, más tarde las encontraremos en el Juicio: «El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero» (Juan 12:48).

    El Señor nos habla de seguirle a Él: «Si alguno me sirve, sígame» (Juan 12:26). Cristo es la principal piedra del ángulo (Efesios 2:20). Es el fundamento (1 Corintios 3:11). ¿Qué pensaríamos de un constructor que usa ripias para el cimiento, y luego pone concreto en el techo? Pero con todo, eso es precisamente lo que están haciendo aun los eminentes profesores bíblicos cuando rehusan reconocer la jefatura de Jesús sobre la iglesia, y tientan relegar sus enseñanzas a otra dispensación, mientras reciben las palabras de Pablo para establecer las verdades fundamentales para esta edad de la iglesia.

No en temor servil

    Nuestra sumisión a Dios, y los unos a los otros como hijos de Dios, no es en temor servil. Un amor verdadero a Dios nos hace felices al hacer su voluntad. Amamos a Dios de manera aceptable sólo cuando le amamos más que a todo lo demás. La salvación y la auténtica vida cristiana son cuestión de estar enamorado muchísimo de Dios. El temor servil, el yugo mortificante, la esclavitud desagradable —todas están tan lejos de la verdadera cristiandad como el este está lejos del oeste.

    El temor servil es algo de lo cual Dios nos libra cuando realmente somos salvos y llenos del Espíritu Santo. «Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero» (1 Juan 4:19). Obedecemos a Dios porque le amamos, y porque sabemos que Él nos ama a nosotros —que Él sabe todas las cosas, y que su plan siempre es el mejor— por lo tanto le obedecemos con gozo, de buena gana y con todo el corazón. Nos gusta hacer las cosas que dan satisfacción a los que realmente amamos.

    La relación de un marido cristiano con su esposa tipifica la relación de Cristo con su iglesia (Efesios 5:22-23). El esposo es la cabeza, y él gobierna con amor. La esposa cristiana, si realmente ama a Dios, se somete de buen grado a su esposo, no en un sentido de temor servil, sino porque ama primero a Dios, y porque se da cuenta de que el plan de Dios revelado en su Palabra, es lo mejor.

    Ahora encontramos en esta época «inteligente» que algunos teólogos quieren destituir a Cristo de su puesto como Cabeza de la iglesia, y «como hijo sobre su casa» (Hebreos 3:6), ignorando el plan del Padre de «que en todo (el Hijo) tenga la preeminencia» (Colosenses 1:18).

    Además, encontramos a ciertos filósofos modernos que menosprecian el plan de Dios para el hogar, con el esposo como la cabeza; y sus enseñanzas han penetrado aun hasta muchos hogares cristianos con resultados desastrosos. No podemos tratar con desdén la Palabra de Dios sin sufrir las consecuencias.

    Jesús instruyó a sus discípulos de enseñar a las naciones que «guarden todas las cosas que os he mandado» (Mateo 28:16-20). La ley fue dada a Israel por medio de Moisés (Juan 1:17), pero ahora, las palabras de Cristo y las otras enseñanzas del Nuevo Testamento son para nuestra obediencia de amor. Nuestro Señor Jesús (más que Moisés) nos condujo a nosotros los que somos salvos, a una relación de una nueva alianza con Dios el Padre, y ya vivimos bajo las provisiones del Nuevo Pacto (el Nuevo Testamento).

    Moisés intercedía por Israel; ahora Cristo intercede por nosotros (Hebreos 7:25). Moisés llevó a los hijos de Israel; ahora Cristo nos guía a nosotros, y dice: «Sígueme» (Juan 1:43; 10:2-18; 12:26). «La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él» (Lucas 16:16).

    De ninguna manera debemos ignorar las enseñanzas del Antiguo Testamento; fueron escritas para nuestra enseñanza y para amonestarnos (Romanos 15:4; 1 Corintios 10:11), apuntando hacia el plan de Dios de la salvación por medio de Cristo. Pero al mismo tiempo hemos de recordar que ahora vivimos —no bajo el Antiguo Pacto sino bajo el Nuevo— un mejor pacto (Hebreos 7:22) del cual Cristo es mediador (Hebreos 9:14-15).

    Dios nunca cambia. Trató con Israel por medio de la ley; y ahora trata con nosotros en esta dispensación de la gracia por medio de su Hijo (Hebreos 1:1-2), de su Espíritu, bajo el Nuevo Pacto. «Al decir: Nuevo Pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer» (Hebreos 8:13).

    Los antiguos sacrificios de los corderos inmolados apuntaban hacia el sacrificio de Cristo, el Cordero de Dios, en la cruz. De nada vale ahora ofrecer corderos en el altar, porque Cristo ha consumado todo, al cual los sacrificios previos señalaban. Es inútil llevar a cabo las formas y las ceremonias de la antigua ley. «De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venido la fe, ya no estamos bajo ayo» (Gálatas 3:24-25). Pablo reprendió a los gálatas porque observaban «los días, los meses,» etc. (Gálatas 3:24-29; 4:1-31; 5:1-26).

    Necesitamos acordarnos de que la iglesia es el cuerpo de Cristo, y que Cristo es la Cabeza (Efesios 1:20-23; Colosenses 1:13-18). ¡Oh, que nosotros, como miembros del cuerpo de Cristo, estemos sujetos con gozo a nuestra Cabeza, nuestro Salvador, nuestro bendito Señor adorable!

El Espíritu Santo

    Por supuesto, la obra del Espíritu Santo es muy evidente y prominente en esta dispensación. «Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo» (1 Corintios 12:13). Se nos dice «sed llenos del Espíritu» (Efesios 5:18) y «andad en el Espíritu» (Gálatas 5:16). Es importante anotar que la obediencia es esencial para una vida llena del Espíritu. El Espíritu Santo se da a los que obedecen a Dios (Hechos 5:32). Jesús dice: «Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador… el Espíritu de verdad» (Juan 14:15-17).

    «El Espíritu de verdad… os guiará a toda la verdad… Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Juan 16:13-14). «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14:26).

    En los tiempos del Antiguo Testamento, bajo el Viejo Pacto, Moisés les dijo a los levitas: «Luego dio esta orden a los levitas que transportaban el arca del pacto del Señor: "Tomen este libro de la ley, y pónganlo junto al arca del pacto del Señor su Dios. Allí permanecerá como testigo contra ustedes los israelitas..."» (Deuteronomio 31:25-26). Y, bajo el Nuevo Pacto, Dios, por Su Espíritu y por Su Palabra, pone a Sus leyes en nuestras mentes y las escribe en nuestros corazones (Hebreos 8:1-13; 9:8-9) aun los mandamientos de Jesús, y más enseñanzas del Nuevo Testamento (Nuevo Pacto), y Jesús nuestro Señor, dice «El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él» (Juan 14:23).

    Es de mucha importancia que sigamos a Cristo. Dios debe ser absolutamente el primero en nuestra vida, o no estaremos comportándonos como auténticos cristianos. «Ninguno puede servir a dos señores» (Mateo 6:24).

    En los cuatro evangelios, Jesús planteó las leyes y los grandes principios fundamentales para gobernar a los hijos de Dios durante la era entera de la iglesia, aun «hasta el fin del mundo», como leemos en la «gran comisión» (Mateo 28:18-20). Es nuestro maravilloso privilegio y gozo, tanto como nuestro deber, hacer lo que Él dijo: «Sígueme.» «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos» (Juan 8:31).

    En los grandes avivamientos registrados en el libro de los Hechos, podemos ver los resultados prácticos que siguieron al guardar los mandamientos de Jesús. Se describen revelaciones adicionales en las epístolas, pero los principios fundamentales fueron dados por el propio Señor Jesucristo. En el libro de Apocalipsis, Jesús da avisos, reprensiones, instrucciones y recomendaciones adicionales, e infunde ánimos a su iglesia.

Dos grandes principios

    Dios nos ha dado dos grandes principios para mostrarnos cómo aplicar las enseñanzas de su Palabra. La obediencia al pie de la letra de la Palabra, para ser aceptable a Dios, debe tener como motivaciones esenciales: primero, el amor supremo a Dios, y segundo, el amor a los prójimos. Lea Mateo 22:36-39 y Marcos 12:28-31.

    Oh, que hablemos con Dios sobre los problemas de la vida, «derramad delante de Él vuestro corazón» (Salmos 62:8). Pidamos a Dios por amor a Jesús que nos ayude a comprender las enseñanzas de Jesús, y ¡que nos ayude a ponerlas en práctica en nuestra vida todo el tiempo! Si realmente amamos a Dios, le obedeceremos (Juan 14:23). «Sus mandamientos no son gravosos» (1 Juan 5:3). Su yugo es fácil, y ligera su carga (Mateo 11:28-30). Nos basta su gracia (2 Corintios 12:9).

Dios mismo te ayudará

    «Porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con Él» (2 Crónicas 16:9). «Revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (1 Pedro 5:5).

    «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?» (Romanos 8:32).

    «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad» (Tito 2:11-15).