«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

¿A Qué Precio El Avivamiento?

Por M. L. Goodman

    "Pasa por en medio de la ciudad…y ponles una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella"  (Ezequiel 9:4).

    En la visión del profeta, el día descrito era a Jerusalén un tiempo de destrucción, desesperanza y presagio. En Jerusalén había aparecido un varón vestido de lino, el cual traía en su cintura un tintero de escríbano, obedeciendo las instrucciones del Señor de ponerles una señal a los hombres "que gimen y que claman" a causa de las abominaciones siempre presentes que necesitaban y merecían el mismo juicio que se acercaba.

    Es una debilidad de la naturaleza humana, que podemos condicionarnos a estas abominaciones hasta no ocuparnos más de ellas como debemos. Tomamos del espíritu del mundo alrededor de nosotros, y las malas influencias de la sociedad, hasta que sin saberlo, una parálisis progresiva se disemina sobre nuestra alma. Nuestros sentidos están entorpecidos, y faltamos en reconocer nuestro peligro.

    Las grandes almas de las cuales la Biblia escribe, las que pusieron en marcha el brazo de Dios por medio de sus oraciones intercesoras, eran hombres que adquirieron la capacidad del alma para identificarse con la necesidad de los hombres y las naciones que ellos querían ayudar y guiar a la salvación.

    La oración ferviente de parte de almas angustiadas, es poco común en estos días. Cuando Moisés escaló la cima del Sinaí, llevando consigo la carga de una nación idólatra y reincidente que le tiraba las fibras del corazón, él no rezó oraciones mecánicas y floridas.

    Quita tus zapatos al acercarte, y tápate los ojos, pero escucha la oración de Moisés: "Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito" (Éxodo 32:31-32). He aquí una gran alma absorta en una agonía de intercesión. Con una mano puesta sobre un Dios ofendido, y la otra sobre la nación pecaminosa, ¡Moisés rehusó quitar cualquiera de las dos manos hasta que Dios se puso en marcha con una respuesta favorable!

    Daniel, conocido como uno de los hombres más santos en la tierra, oró así: "Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas" (Daniel 9:5). Para orar eficazmente, él, también, se identificó con aquellos por los cuales oraba.

    Debemos orar si queremos refrenar los cursos clandestinamente sutiles que se manifiestan entre nosotros hoy día. "Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra" (2 Crónicas 7:14)

    Permíteme introducir dos Escrituras más que se refieren a este asunto de oración intercesora: "Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros" (Gálatas 4:19), y "Tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne" (Romanos 9:2-3). Quizás el lenguaje aquí te aparezca absurdo, a menos que estés familiarizado con el tipo de oración agonizante, prevalente y efectual del cual el apóstol habla.

    ¿Has experimentado jamás los dolores de parto cuando divinamente has sido puesto en condiciones de identificarte con el pecador y sus pecados? Si es así, ¡tus labios pueden dar gemidos que no se pueden expresar en palabras! El salmista dijo: "Gimo a causa de la conmoción de mi corazón (Salmo 38:8).

    La santidad sin lágrimas, y casi sin oración, que se expresa en nuestra generación, produce una inercia carnal, tan absorta en la vida natural, que se pierde lo del futuro en la "niebla baja" del materialismo engendrado en el infierno.

    Somos ricos, pero no podemos hacer funcionar nuestras riquezas. Somos talentosos, pero nuestros talentos son inflexibles y no son dedicados. Tenemos potencialidades de tomar una gran parte de este mundo por Cristo, pero son neutralizados a lo de 75 por ciento por la filosofía materialística de nuestros tiempos.

    Mucho del protestantismo ha perdido su protesta. Me sorprendió con pena cuando leí este título en una revista religiosa: "¿Por qué están mudos sesenta mil protestantes?" Si acaso viniera a la iglesia mediana el varón vestido de lino, me pregunto cuántos de nuestros miembros recibirían la señal en la frente.

    La revista Keswick, en escribir acerca del avivamiento en las Hébridas hace algún tiempo, dijo esto: "Mas personas asisten a los cultos de oración hoy día en Lewis, que los que solían asistir a las asambleas del domingo por la mañana antes del comienzo del avivamiento. Los males sociales fueron arrastrados como por una inundación.

    "En las comunidades tocadas por este movimiento de gracia, hay hombres y mujeres que viven por Dios, un culto familiar de adoración a Dios en casi cada hogar; cinco o seis cultos de oración cada semana en la parroquia; y ministro y líderes fortaleciendo a los jóvenes en la fe. De los centenares de personas que se rindieron a Cristo en la primera onda de gracia del Espíritu Santo, hasta ahora, sólo cuatro jóvenes han dejado de asistir a los cultos de oración".

    No nos basta reconocer las abominaciones siempre presentes y aparentes, sino que debemos gemir y clamar. Es allí donde existe el problema. Muy pocos de nosotros tenemos el interés suficiente para gemir y clamar. La tibieza de Laodicea (Apocalipsis 3:14-22), el humanismo y el materialismo, como una parálisis progresiva, están cerrando nuestros labios y enfriándonos el corazón. Los cursos sutiles de los últimos días, están clandestinamente entrando sin ser sentido, entre el pueblo cristiano.

    Cristo nos amonestó acerca de tres estorbos primarios para echar raíces y que el evangelio sea exitoso en el terreno espinoso de nuestra vida: "Pero los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa" (Marcos 4:19).

    Querido lector, ¿te encuentras condicionado gradualmente a los cursos de estos últimos días?¿Te horrorizan las abominaciones de hoy día? ¿O te estás acondicionando a los males de los tiempos? Y todos de nosotros, ¿estamos dispuestos a someternos a la religiosidad débil, enfermiza e insípida de nuestro día, por la mayoría de la cual acudimos irrespetuosamente a Dios como siendo muy bueno para condenarnos, y nosotros muy buenos para ser condenados? Este es el día cuando la membrecía de la iglesia es cosa popular socialmente, y miembros pecaminosos por la mayor parte son bienvenidos.

    Es el tiempo para nosotros de encontrar en algún lugar un retiro de oración, y examinarnos seria y detenidamente el corazón. Oremos hasta que oramos; orar hasta que el presente se pierda en la revelación de lo eterno; orar hasta que la "niebla" de lo carnal se disipe, permiténdonos ver claramente a lo eternal; orar hasta que el alma sea sumergida en los dolores de parte para los perdidos; orar hasta que se clarifique nuestro aprecio del programa de Dios para el evangelio.

    ¡Ora ¡Ora ¡Ora! Así podremos gemir y clamar a causa de las abominaciones que se hacen alrededor de nosotros, hasta que llevemos la señal del varón vestido de lino y con el tintero de escríbano.