«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Luchando De Rodillas

Por Gordon Watt

    No hay duda en cuanto al poder de la oración para controlar situaciones en las cuales hazañas poderosas ocurren, igual como no hay duda siquiera de su importancia en la vida y la obra del cristiano. Las Escrituras abundan en ilustraciones gráficas de batallas de oración luchadas en los más extraños ambientes, probando que los débiles son poderosos cuando están relacionados con Dios.

    Los escritores de la Biblia parecen deleitarse en fijar nuestra mirada en las dificultades que estorban el camino de la gente de Dios — magnificando casi innecesariamente los obstáculos que impiden la liberación, y luego, en una manera más impresionante y estimulante, mostrando a Dios en mando, dando órdenes, desconcertando sus enemigos, y guiando su pueblo en el triunfo.

    La batalla en Refidim fue un momento crítico por la gente hebrea (Éxodo 17:8-13). Contra el ejército de Amalec, constituido de guerreros hábiles e intrépidos, fue sólo un ejército de esclavos libertados, por lo cual una posibilidad de victoria, en lo natural, fue algo ridículo. Y la fuerza militar de Josué fue más débil porque el espíritu de motín se había producido entre el pueblo.

    Pero Dios estaba en la escena. Y Moisés subió a la cima de la montaña, llevando la vara de Dios en la mano, aquella vara siendo el símbolo de autoridad todopoderosa y de poder invencible. Con él fueron dos hombres más. Los tres, siendo de edad avanzada de más de ochenta años, comenzaron la guerra de oración, y el día se culminó en la victoria.

    "La escena", escribe el finado Dr. Parker, "está llena de misterio y gracia presentes. Burla los suplicantes si quieres, pero son hombres dedicados a las regiones espirituales de la batalla. No son cobardes quienes han huido de la lucha. Son héroes quienes están parados en las líneas frentes de tiro, y han emprendido la responsabilidad del éxito. Cuando seamos desafiados a luchar contra el enemigo, que respondamos al llamado de Dios con un heroísmo que no se encoge, y con una fe que pueda satisfacerse sólo con la oración.

    El rey Asa con susto enfrentó a un millón de soldados etíopes, pero él estaba en alianza con Dios. Su grito al cielo por la ayuda y el socorro, no fue en vano. "Y Jehová deshizo a los etíopes…y huyeron los etíopes" (2 Crónicas 14:8-12).

    En contra de Josafat vino una gran multitud "del otro lado del mar". Había sólo un camino a la seguridad, y él lo tomó. Él "humilló su rostro para consultar a Jehová", y en el desierto de Tecoa ganó una victoria sin espada, "porque Jehová les había dado gozo librándolos de sus enemigos" (2 Crónicas, capítulo 20).

    Y estas batallas del Antiguo Testamento, ¿qué son sino figuras simbólicas de la guerra grande a la cual la gente redimida de Dios está llamada, no contra enemigos en forma de carne y sangre, sino contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad? (Efesios 6:12).

    El Señor Jesucristo ha tomado su posición en el campo de batalla espiritual en este día presente, y el último conflicto ha comenzado. Él está llamando a sus seguidores a apoyarlo, y lo hacemos por la oración. Por medio de la oración, luchamos en la batalla. En virtud de la autoridad que pertenece al crucificado y resucitado Victorioso del Calvario, ¡podemos verle controlar las situaciones en la tierra, mover las fuerzas en los reinos ocultos, efectuar cambios, desalojar y hacer salir los poderes del mal, y adelantar los propósitos de la gracia al triunfo final!

¿Quién puede luchar en esta batalla de oración?

    Una respuesta muy corta se puede dar a esta pregunta. El Nuevo Testamento clarifica que el luchador contra las fuerzas del mal, debe ser un hombre espiritual, porque sólo él puede entender la batalla y el equipo requerido para ella. Un cristiano carnal comienza la batalla ya derrotado. Un hombre natural no puede tomar el partido de Dios. Pero ¿qué es lo de un hombre espiritual?

    El finado Dr. J. Elder Cumming lo describe como "un hombre en el cual no solamente su propio espíritu toma la iniciativa en el autogobierno y disciplina, sino también un hombre en el cual el Espíritu de Dios mora en persona y en poder. Y sobre todo, él hace lo siguiente: Él ha estado, y todavía está, ‘recibiendo’ al Espíritu de Dios para que tome el mando y sea su Maestro, rectificando el equilibrio político por dentro, y por medio del propio espíritu del hombre, subordinando todo lo carnal y mundano, haciéndole conforme a la imagen de Cristo".

   Su propio espíritu, juntando todas sus facultades humanas para ayudarle, y bajo el gobierno y la iluminación del Espíritu Santo, toma su lugar en el campo de guerra espiritual para mantenerse firme con Dios; y por medio de la oración, él posibilita la entrada de los poderes divinos entre la obra de Dios y los poderes opuestos, así coronando con éxito la obra de gracia.

¿Dónde gana la victoria esta guerra de oración?

    La victoria se gana en el aposento, en la quietud de la comunión personal con Dios. Estar en contacto con Él, es estar en la luz; y estando allí, se puede ver lo que Él ve.

   Asa tenía la victoria sobre los etíopes en el valle de Sefata, pero el conflicto fue precedido por la limpieza y la consagración. Se puso fin al pecado nacional, y la adoración de Dios se devolvió a su lugar central. Josafat sí vio la destrucción completa de sus enemigos en el desierto de Tecoa, pero primeramente él y su gente tuvieron que buscar al Señor "en la casa de Jehová".

    La batalla contra los poderes de las tinieblas se debe ganar en las rodillas del creyente. "Hermano", escribió J. Hudson Taylor, "si quieres conquistar esa provincia (de Hunán del Norte), tendrás que avanzar arrodillado".

    La experiencia en el aposento debe vitalizar la oración, y la vitalidad brota del Calvario en acción en la vida del creyente. La batalla contra los enemigos de Dios, se debe unir con la batalla resuelta contra todo pecado conocido en la vida. No se debe permitir el minimizar o tolerar cualquier falta inherente de carácter, sino a gran peligro.

    Si la cruz de Cristo no es una fuerza santificadora en el corazón, no hará nada para dar un ímpetu impulsor y libertador a la guerra de oración en el mundo. Al grado que es real y profunda la identificación personal con Cristo en la resistencia al pecado y al ego, hará una victoria sobre los planes y agencias de Satanás. El poder de la oración, para efectuar una revolución espiritual en una iglesia o una nación, depende de hasta qué punto vamos a permitir al Espíritu Santo aplicar a nuestro propio carácter la fuerza reveladora y santificadora de la Cruz.

¿De qué manera debemos luchar en la batalla de oración?

    La Palabra de Dios revela por lo menos cuatro grandes leyes de batalla las cuales demandan el reconocimiento y la obediencia.

    1. Reclame la protección de Dios en la vida de oración (Daniel 2:18).

    El entrar en resistencia activa contra las fuerzas del mal por medio de la oración, significa un conflicto; y todo conflicto supone la tensión tanta física y mental como espiritual. Y el peligro siempre lo sigue.

    Mientras estamos orando para hacer la voluntad de Dios, debemos reclamar todo lo que significa el Calvario. Y debemos hacerlo resueltamente. El dar por sentado nuestras relaciones con Dios en una batalla de esta clase, resultará en un desastre y la desilusión. Igual que necesitamos buscar sin cesar la limpieza de nuestros pecados en la sangre de Cristo, también necesitamos pedir y tomar por la fe la protección de la Cruz contra la malicia de Satanás.

    Reclame la protección para el cuerpo contra accidentes o la debilidad; protección para la mente contra mentiras o engaños sutiles; protección para el espíritu contra el peligro de la pasividad, o una dureza de espíritu que afecte la actitud hacia otros en la obra; protección para la voluntad contra una parálisis que resulte en la inacción de las facultades, y abra el camino a consecuencias serias.

    Reclame la protección de Dios, por medio del poder de la Cruz, por la victoria del Salvador contra pasar por alto puntos estratégicos en el servicio, tales como el escogimiento de ayudantes, o aun la selección de himnos, ya que no debe haber bagatelas en la obra para Dios. Reclame esa protección de Dios contra toda intriga de Satanás, y contra cada ataque, sea directo o indirecto, de sus fuerzas.

    Aquellos quienes han sido llamados a la batalla en oración, no pueden pecar por demasiado cuidado en pedir y tomar tan maravilloso refugio como proporciona la preciosa sangre del Hijo de Dios.

    2. Ore con una visión que sigue extendiéndose tocante a la necesidad del mundo por Dios, y de Dios para con el mundo (Hechos 1:8).

    Igual que el apóstol Pablo deseaba servir al Señor en "los lugares más allá", así debemos nosotros también reclamar cada nación para Dios, según el Espíritu Santo nos cargue el corazón. El mandato del Cristo resucitado es tanto de ir por todo el mundo y orar, como ir por todo el mundo y predicar el evangelio (Marcos 16:15). Sin la oración, el predicar se interrumpe en su desarrollo, y falla en su propósito.

    3. Aprende a atar las fuerzas del maligno (Mateo 16:19).

    Las palabras de nuestro Señor son dignas de la consideración más cuidadosa por el creyente. Claramente se refieren a un poder otorgado por Dios, que es de valor infinito en su asociación con Dios en el campo de batalla. Y la experiencia nos enseña que las palabras son verdades.

    ¿No hemos sentido los poderes de las tinieblas descendiendo en plena fuerza sobre la atmósfera de la reunión para perturbarla, influenciar mentes y almas, sofocar el espíritu de la oración, y arruinar los proyectos de la iglesia? El Señor Jesucristo nos asegura que podemos vencerlos. ¿Cómo? En la base de su victoria en el Calvario sobre ellos, y en cooperación con el Espíritu Santo, tenemos permiso de atar estas fuerzas, reclamando que ellos no podrán efectuar cualquier propósito satánico del mal.

    Y el Señor nos dice que cuando hacemos eso en la tierra, Él responderá a nuestra acción por hacer incapaces estas fuerzas a estorbarnos. Es un hecho de fe. Es una prueba de la fe. Es para nosotros un desafío de decir que realmente creemos en el Señor, reconociendo que por su muerte en la cruz, Él venció a Satanás y a todas sus huestes.

    Es una llamada de hacerla efectiva en la iglesia, la batalla de oración que comenzó en el aposento. Esta ley de atar al enemigo debe estar en vigor antes de comenzar el culto de oración o cualquier otra forma de servicio.

    4. Vale más estar seguro de las razones por las cuales está confrontando al enemigo de Dios (2 Crónicas 20:6-12).

    La oración de Josafat en la hora del peligro de su nación, estaba basada en puntos definidos. Él apeló:

    (1) Al carácter de Dios: "Jehová Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en los cielos, y tienes dominio sobre todos los reinos de las naciones?" (2 Crónicas 20:6);

    (2) A su poder: "¿No está en tu mano tal fuerza y poder, que no hay quien te resista?";

    (3) A su fidelidad: "Dios nuestro, ¿no echaste tú los moradores de esta tierra delante de tu pueblo Israel, y la diste a la descendencia de Abraham tu amigo para siempre?";

    (4) A la confianza de la gente en Dios: "Y ellos han habitado en ella, y te han edificado en ella santuario a tu nombre";

    (5) A los derechos de Dios: "He aquí ellos nos dan el pago viniendo a arrojarnos de la heredad que tú nos diste en posesión";

    (6) A su propia debilidad: "¡Oh Dios nuestro! ¿no nos juzgarás tú? Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos" (2 Crónicas 20:6-8,11-12).

    Esa petición no fue en vano. El Señor "les había dado gozo librándolos de sus enemigos" (vs. 27), y en el valle de Beraca, ellos "bendijeron a Jehová" (vs. 26). ¿No es este un tipo del Calvario en el Antiguo Testamento, dado para nuestro aprender y aliento? ¿En qué base podemos esperar estar seguros de la victoria mientras, día tras día, en nuestra vida personal o en el trabajo, en la casa o en la iglesia, nos enfrentamos con el enemigo? Podemos apelar a:

    (1) El carácter de Dios quien nos dijo que somos "justificados gratuitamente…por…Cristo Jesús…para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados" (Romanos 3:24-25);

    (2) El poder de Dios al satisfacer nuestras necesidades por causa del pecado, justificándonos por la sangre de su Hijo (Romanos 5:9); y resolviendo para siempre la reclamación de la vieja naturaleza (Romanos 6:6);

    (3) La fidelidad inalterable de Dios que se prueba en el magnífico punto culminante de la muerte de su Hijo. ¿Qué es el mensaje del sacrificio del Salvador? ¿No es esto?—"Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro" (Romanos 5:20-21);

    (4) Nuestra confianza en Él, porque cada generación de hombres ha confiado en Él, y la Cruz es la garantía de que Él no nos decepcionará (Romanos 9:33);

    (5) Los derechos de Dios,
ya que el mensaje del Calvario a la persona que ha creído en Cristo es: "No sois vuestros" (1 Corintios 6:19). El creyente es el "especial tesoro" del Señor (Éxodo 19:5), y siendo así, Dios ha prometido a cuidar y protegerle en la hora de batalla (Romanos 14:9);

    (6) Nuestra propia debilidad, porque "Cristo, cuando aún éramos débiles", murió por nosotros (Romanos 5:6). Separados de Él, no podemos hacer nada (Juan 15:5), así que "a ti volvemos nuestros ojos (2 Crónicas 20:12).

    La obra consumada de Cristo es nuestra petición delante del Trono, y nuestra espada contra el enemigo. Tenemos el derecho en Cristo de pedir a Dios que atestigüe, en las batallas de la vida, el poder de la Sangre y la eficacia de la Cruz contra Satanás y todas sus fuerzas. Él no nos decepcionará, ¡y no puede fallarnos!

    – Tomado de Effectual Fervent Prayer por Gordon Watt.