«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Libertad De La Inquietud

Por Jorge Müller

    "Por nada estéis afanosos"; eso es, "Por nada estéis inquietos". La inquietud no debe hospedarse en el creyente. Por muy grandes, muchas y variadas que sean nuestras pruebas, aflicciones y dificultades, en ninguna circunstancia debemos estar inquietos, porque tenemos un Padre Celestial quien es poderoso, quien ama a sus hijos como Él ama a su Hijo unigénito, y cuyo mismo gozo y deleite consisten en alimentar y ayudarlos en todo tiempo y bajo toda circunstancia.

    Por lo tanto, la inquietud no se debe encontrar en los hijos de Dios, pero nos incumbe prestar atención a la exhortación dada en este versículo: "Por nada estéis inquietos, sino en todo, por medio de la oración y la súplica con acción de gracias, sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios" (traducción libre).

    Prestemos atención particularmente a los puntos siguientes:

    "En todo", eso es, no sólo cuando la casa está ardiendo, no sólo cuando la esposita está muriendo, no sólo cuando nuestros hijos están en un aprieto espantoso, sino en los asuntos minúsculos de la vida, es imprescindible traer TODO a Dios, las cosas chicas, las cosas pequeñitas, las que el mundo denomina cosas insignificantes —TODO— viviendo en comunión santa con nuestro Padre Celestial y con nuestro precioso Señor Jesucristo todo el día.

    Y cuando nos despertemos en la noche, por un instinto espiritual podemos hablar con Él de nuevo en nuestro insomnio, diciéndole de las varias cositas que nos enfrentan: las dificultades experimentadas por la familia, problemas en nuestro empleo, o cualquier otra cosa que nos prueba. Además, podemos compartir con el Señor nuestros gozos y deleitos, y todas las cosas agradables en nuestra vida. Digámoslo todo, pidiéndole su ayuda en TODO.

    "Por medio de la oración y la súplica"—tomando el lugar de mendigos, con seriedad y perseverancia, siguiendo con la actitud de esperar, esperar, esperar en Dios.

    "Con acción de gracias". En todo tiempo es menester echar los cimientos de la vida con acción de gracias. Si faltáramos todo lo demás, por una cosa siempre podemos dar gracias: ¡Dios nos ha salvado del infierno! Luego, Él nos ha dado su santa Palabra, su Hijo unigénito —el don más maravilloso— y el Espíritu Santo. Por consiguiente, siempre tenemos razones abundantes de dar gracias. ¡Oh, que esto sea nuestra meta!

    "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús". Tendremos esta paz de Dios. Es una bendición tan grande, tan real, tan preciosa, que se debe experimentarla para saberla, puesto que sobrepasa todo entendimiento. ¡Oh, la paz de Dios, cuán sumamente preciosa es esta bendición!

    Esta, entonces, es la manera de recibir la paz de Dios: por prestar atención a esta exhortación de que en TODO —en los asuntos más minúsculos de la vida— hagamos conocidos por medio de la oración y la súplica con acción de gracias, nuestras peticiones delante de Dios. Y además, que busquemos al extremo de evitar la inquietud.

    ¡Oh, que tomemos estas cosas a pecho! ¡Si lo hacemos, caminando continuamente en este espíritu, glorificaremos a Dios mucho más abundantemente de lo que jamás hemos experimentado!