«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

La Ansiedad Prohibida

Por D. M. Panton

    En una hora en que tantas personas están desesperadamente ansiosas, hay gran necesidad de que la Iglesia y nosotros mismos, prestemos atención al mandamiento del Espíritu Santo: "Por nada estéis afanosos" (Filipenses 4:6).

La prohibición

    Así que nos enfrenta el mandamiento: "Por nada estéis afanosos". Observa que dice "en nada". El afanar aquí no es simplemente desaprobado, o criticado, o condenado; mucho más que todo eso, es prohibido: "Por nada estéis afanosos".

    El afán es una fiebre espiritual que estropea el carácter y el servicio del hijo de Dios. El meditar tristemente sobre nuestros problemas durante las horas secretas de la noche, agota la mente, desanima y deprime el espíritu, cansa indeciblemente el cuerpo, y los problemas no están solucionados. "¿Y quién de vosotros", pregunta nuestro Señor, "podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?" (Mateo 6:27). ¿Puede el afán del marinero guardar de las rocas su buque? ¿Puede el afán curar el cáncer? ¿Puede el afán impedir que una guerra tome el último peso que tenemos? Cuando nos afanamos, estamos entrando ilegalmente en un terreno prohibido. La inquietud en acción ha producido en miríadas innumerables el suicidio y la locura.

    Por cada prueba que Dios nos envía, Él da la gracia suficiente para soportarla; sin embargo, Él no promete la gracia para soportar anticipaciones.

El mandamiento

    Pero lo que sana la condición de afanar, no es el reconocer su inutilidad, locura y pecado. La cura es algo infinitamente más dulce. "Echando", dice Pedro (1 Pedro 5:7), "toda vuestra ansiedad sobre Él". ¡Lenguaje valiente! Alguien debe llevar las ansiedades, pues ciertamente son bastante reales. ¿Puede la gracia de Dios ir más allá que ordenar que nos descarguemos sobre Él? ¡Qué gracia! Es la esencia del afán, hacernos pensar que podemos y debemos hacer progresos sin la ayuda de Dios, o mejor que Él; que podemos hacer lo que Él no puede o no quiere tomarse la molestia de hacer por nosotros.

    Miremos el alcance del mandamiento: "Echando toda vuestra ansiedad…": nuestro miedo de no tener pan para mañana; la enfermedad amenazante en nuestra casa; el vagar del hijo pródigo; los cuidados pequeños, tanto como la gran tormenta con sus nubarrones que oscurecen los cielos; e incluyendo la ansiedad más grande que todas, la de entrar en el "valle de sombra de muerte" (Salmos 23:4).

    En cuanto a Dios, no hay carga que pese más que otra carga, y una vez que la carga se ha echado sobre Él, comienza a ser su problema, y ya no más el mío. Y siendo que Él nos mandó echar toda ansiedad sobre Él, no es una presunción, sino un pecado no hacerlo. Como dijo hace muchos años el puritano Cecil: "He estado pensando en una expresión de Rutherford esta mañana: ‘He puesto mi cabeza sobre el seno de Dios’. Mientras yo pueda guardar esta actitud, será un día bueno, haya lluvia, granizo o sol".

    "Labradores", dijo Spurgeon a los obreros cristianos, "su gran Patrón les envió para esparcir la semilla. Si siembran la semilla de la manera y en el lugar donde Él les instruyó, aun si ni un granito brote, Él nunca les echará la culpa de una cosecha defectiva".

La razón

    Pero ¿por qué? ¿Por qué echar toda ansiedad sobre Dios? "Porque", responde el apóstol, "Él tiene cuidado de vosotros". No dice que "Él está inquieto", porque no es posible que Dios se inquiete. Pero Él tiene cuidado de nosotros, y para Él es cosa preciosa alimentar la boca que ha creado. "Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas" (Mateo 6:32). Porque a Él le interesa lo tuyo, Él cuidará de tu necesidad.

    —Mira, —dijo Martín Lutero una vez de un pájaro—, ¡mira como ese pequeñito nos predica la fe! Se agarra de la ramita con sus patas, esconde su cabeza bajo el ala, y se duerme, permitiendo a Dios pensar por él.

    Una dama descendió la montaña Rigi con uno de los guías más viejos y expertos de Suiza.

    ——Él me dio una lección para la vida —dijo ella—. Primeramente me invitó poner sobre sus espaldas todos mis abrigos y otras cargas.

    Él pidió todos, pero ella reservó unos. Estos abrigos, ella descubrió, fueron un gran estorbo a su descenso, hasta que al fin, mientras ella descansaba, muy firme pero tiernamente él insistió en tomar todo excepto su bastón montañero. Y ahora él, así cargado, siguió adelante sumamente alegre, mientras que ella descubrió que podía caminar a doble velocidad con doble seguridad.

    De repente todo se le aclaró. —Oh corazón tonto y voluntarioso —se dijo a sí misma—, ¿has rendido tu última carga por fin? Tú no tienes la necesidad de llevarla, ni tienes el derecho.

    Y mientras daba saltos ligeramente de roca en roca, ella dijo: —Así seguiré a Cristo, mi Guía, echando toda mi ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de mí.

    Como un hermano oró una vez tan hermosamente: —Señor, haznos, no descuidados, sino despreocupados.

El método

    Ahora, ¿cómo vamos a echar nuestra ansiedad sobre el Señor? "Por nada estéis afanosos, sino" (como la cura para toda ansiedad) "sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios" (no encerradas en tu propio ser) "en toda oración y ruego, con acción de gracias". Trae tu corazón sobrecargado a la presencia del Rey.

    Como un escritor anciano lo describe: "Por nada estéis afanosos, orad por todo; sed agradecidos por cualquier cosa.

    Alguien quizá dice que la ansiedad es el pensar mal de Dios. ¿No tiene Dios bastante para nosotros? ¿Y no quiere que lo tengamos? Pero es mejor reconocer que cada ansiedad puede convertirse en una bendición, porque puede traernos a Dios y así abrirnos sus tesoros si tan sólo oramos acerca de cada ansiedad. Podemos orar que Dios nos liberte, o impedir la llegada de algo, o darnos la gracia de soportarlo, u otorgarnos el optimismo que acompaña el conocimiento de que el Señor está cerca y cuidará de todo. Él puede hundir rocas y partir mares para su pueblo. Los cuervos traerán carne y pescado, aun monedas, si Él les manda así. No hay nada que nos mejoraría, por la cual no podemos pedir con optimismo de Dios.

    Un consuelo muy precioso es el pensamiento de que es posible, si seguimos caminando con el Señor en el compañerismo de pequeños hechos de cuidado constante por parte de Dios, constantes pruebas de su amor personal, y algún nivel de aprobación, que Él nos considere dignos de escapar de todas las cosas que vendrán sobre la faz de toda la tierra en aquel día del Señor (Lucas 21:31-36).

    Dos muchachitos hablaban de la ascensión de Elías.

    —¿No tendrías temor de viajar en un carro de fuego? —preguntó el uno.

    —No —respondió el otro—, no si Dios lo maneja.

La paz

    ¿Estamos conscientes de como el cuidado de Dios para con nosotros se demuestra por todos lados? Por ejemplo, si el diámetro de la tierra fuera sólo unas cuantas pulgadas más grande, el aire sería tan raro que la sangre brotaría a borbollones de todas las narices, orejas y bocas. Si fuera unas cuantas pulgadas menos, todos los vivos morirían helados. Unas cuantas libras añadidas a la presión barométrica haría desmayarse a todo el género humano, nunca más para despertarse: "Porque en Él vivimos, y nos movemos, y somos" (Hechos 17:28).

    En ese caso, ¿no podemos tener confianza en Él completamente? Pues ¿cuál es el resultado de entregar todo a Dios? "Y la paz de Dios" (la paz de Dios que llena completamente el cielo, la paz de una confianza perfecta) "que sobrepasa todo entendimiento" (sobrepasando toda estratagema o consejo del hombre, produciendo una satisfacción más alta que toda premeditación ansiosa) "guardará" (estará de guardia, para que ninguna ansiedad entre en) "vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús" (Filipenses 4:7).

    Cuando Juan Rutledge navegaba una vez en unos lagos americanos, un témpano de hielo rodeaba el buque de tal manera que el capitán le dijo que ningún esfuerzo humano podía salvar el barco. Rutledge se arrodilló y oró, y mientras que oraba, el viento cambió dirección y abrió paso por la masa de hielo cortante y amenazador, para que el buque escapara con facilidad.

    —¿Haremos fuerza de vela? —preguntaron los marineros al acercarse al capitán.

    —No —respondió el capitán—, no lo hagan. Otra Persona gobierna este buque.

La ansiedad suprimida

    Hudson Taylor hace eco de lo que centenas de miles han experimentado en el área de ansiedad suprimida. "Por uno cuyo privilegio ha sido por muchos años lo de probar a Dios en varias circunstancias —en su patria y en el extranjero, por tierra y por mar, en la enfermedad y en la salud, en necesidades, en peligros, y al borde de la muerte— ansiedades estarían enteramente imperdonables.

    "El escritor ha visto a Dios contestar la oración por calmar el furor de la tempestad, cambiar la dirección del viento, y dar lluvia en medio de una sequía prolongada.

    "Lo ha visto contestar la oración por poner freno a las pasiones coléricas y las intenciones homicidas de hombres violentos, y frustrar las intrigas del enemigo contra si pueblo. Lo ha visto contestar la oración por resucitar al moribundo de su lecho mortuorio cuando los esfuerzos humanos fueron infructuosos. Lo ha visto guardar de la pestilencia que anda en oscuridad, y de la mortandad que en medio del día destruye (Salmos 91:6). Por todos estos años ha probado la fidelidad de Dios en suplir todas sus necesidades temporales y de las necesidades de la obra en la cual ha estado ocupado.