«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Un Camino De Santidad En Un Mundo Pecaminoso

Por A. B. Simpson

    Santiago —escritor del libro que lleva su nombre— nos demanda vivir prácticamente nuestra religión de una manera práctica y de manera muy real. Pero además, simpatiza con las emociones del auténtico sentimiento cristiano, y las experiencias más profundas de la vida cristiana. Nos guía hacia las profundidades del misticismo santo y hacia los toques más delicados del amor divino. Sin embargo, inicia primero por el lado oscuro del asunto y llega hasta la propia raíz del problema.

El corazón carnal, la naturaleza antigua y pecaminosa

    "¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?" (Santiago 4:1). Esta es la raíz de todo nuestro dolor y pecado: el corazón maligno. No es usual vestir de ropaje nuevo sin antes lavar el cuerpo sucio. Ni tampoco debe llegar la limpieza sólo hasta la pies; sino alcanzar el corazón y llegar hasta el mismo tuétano de los huesos.

    No hay utilidad práctica en la acción de filtrar el agua con los métodos más avanzados, si todavía está ahí en el depósito el caballo muerto. Sácalo y la filtración servirá para algún propósito. De nada aprovecha aplicar tratamiento médico a los síntomas e intentar curarte por aire vigorizante y por tener una buena alimentación, mientras que el cáncer o la úlcera se nutre de los órganos vitales. Quita la raíz del mal y luego la higiene tendrá algún valor. De nada le sirve a la nave contar con el mejor capitán, ingeniero y tripulación, si el casco está podrido y carcomido por gusanos. Se hundiría en la mar, aun contando con el capitán, el ingeniero y la tripulación más hábiles. Puedes tener el mejor plano en el mundo para construir un edificio e incluso los arquitectos más capacitados, pero si los materiales son de baja calidad, el edificio se hará pedazos, y sobrevendrá la ruina a pesar de todo tu ingenuidad.

    De igual modo, Dios descubre hasta el secreto más recóndito de todos nuestros problemas: de esta naturaleza caída, de este corazón muerto, de "las pasiones que combaten en nuestros miembros". ¿Qué es lujuria? Es el deseo y la inclinación hacia el pecado. Es el amor equivocado hacia cualquier cosa, el amor pervertido, el amor desviado de Dios hacia la propia satisfacción. El último de los mandamientos, el cual parece resumir el espíritu y la esencia total de la moralidad, ataca al corazón maligno diciendo: "No codiciarás…" (Éxodo 20:17). Eso significa no desear hacer lo pecaminoso.

    El principio de la ética es alcanzar la voluntad, el escogimiento, la cosa que dentro de nosotros desea. A un hombre le puedes poner una camisa de fuerza, de manera que le sea imposible hacer lo malo. Sin embargo, si quiere hacerlo, es tan malo como cualquier otro que tiene libertad para actuar así y lo hace. Lo que Dios planea es quitar la raíz, el origen de un corazón malvado.

    Santiago nos dice que este deseo maligno entra hasta nuestra religión, y aun a nuestras oraciones. "Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites" (Santiago 4:3). De modo que una gran mayoría de religiones humanas son materia de deseos pecaminosos. Son una acomodación para el pecado del hombre, otro método para satisfacer su corazón malvado. Todas las religiones paganas están fundadas en el pecado, y sus ritos públicos, por lo general, tienen el carácter más obsceno y abominable que podamos imaginar.

    Mucha de la religión de los cristianos nominales representa tan sólo un esfuerzo para galvanizar y dorar sus deseos pecaminosos. El ministerio se convierte en una profesión y en una puerta abierta a la ambición; sus luchas por el honor son tan egoístas y pecaminosas como las competencias del mundo en su búsqueda de preeminencia política. La religión en sí misma no es más que un conveniencia para mantener a la gente alejada del infierno y proporcionarles una vida cómoda de desenfreno.

    Pero el verdadero problema es el corazón maligno. No importa cuánto se reprima, hasta que no sea quitado, podrá empezar la santificación. La santificación trata con la voluntad pervertida, con el deseo equivocado, con la inclinación perversa, con el viejo Adán. Aún tus mejores esfuerzos siempre se frustrarán, a menos que sea crucificado el "viejo hombre" de Romanos 6:6, y el Señor Jesucristo ya ha provisto lo necesario para hacerlo.

Ríndete a ti mismo

    Lo primero que tienes que hacer es rendirte a ti mismo para que seas crucificado juntamente con Jesucristo. La santificación no es la de mejorar tus hábitos mediante la cultura, ni de limpiar tu corazón, sino lo que hace es entregarlo a la muerte, como si fuera un objeto inservible, tan inútil que ya nunca podrías volver a utilizarlo y, en su lugar, recibiendo algo completamente nuevo mediante la unión con Jesús, recibiéndolo para que more dentro de ti, obrando a través de ti, para ser tu Sustituto y para darte su Espíritu Santo, todo en vez de tu viejo corazón.

    Por lo tanto, el principio de la santificación consiste en hacerte comprender que estás completamente errado en tus deseos y preferencias. El mismo timón de tu vida está equivocado; debes rendirte, salir del rumbo y morir. "Sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos…" (Romanos 6:13), y entonces deja que tu vida sea nueva y divina. "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí…" (Gálatas 2:20). Quiera Dios ayudarnos a entender esta verdad, viviendo para Él y muriendo para nosotros mismos de todo nuestro corazón.

El mundo prohibido, el mundo perverso

    El mundo en este sentido representa el medio ambiente de la vida natural y egoísta. No sólo eres malo, sino que te rodea un mundo perverso; debes salir tanto de ese mundo como de ti mismo. Esta es la clase de separación que siempre debe acompañar a la santificación.

    La santificación es el hecho de reconocer que eres malo y de entregarte a Jesucristo por medio del Espíritu Santo para hacerte justo. La separación es la sentencia de muerte pronunciada a este mundo y a ti mismo, a fin de entrar a un mundo nuevo, el mundo de lo invisible, el mundo del reino venidero, el mundo en el que Dios es el ser supremo y tú estás "escondido con Cristo en Dios", esperando el día de la manifestación cuando tu mundo real aparecerá en toda su plenitud y gloria.

    "¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios" (Santiago 4:4).

    Santiago no nos está hablando del adulterio literal, sino del espiritual. Se trata del adulterio de la Esposa del Cordero que está abandonando a su Marido por seguir al mundo. Es la mujer infiel a su Señor que va y se entrega en los brazos del mundo. Si eres de Cristo, perteneces únicamente a Él. Él te reclama para sí mismo, y es celoso de cualquier rival. De este modo, Jesús nos dice que su amor es exclusivo, que el mundo debe estar crucificado a ti y tú para el mundo, así como la antigua vida carnal se reconoce y se entrega a Cristo Jesús.

    ¿Qué es el mundo? No debemos interpretarlo como el dejar de comer, de trabajar y de ser buenos ciudadanos. Significa que el amor al mundo debe morir, y que debemos dejar de vivir para, y de pertenecer a, la era presente, a fin de convertirnos en hijos de la edad venidera y del reino de nuestro Señor y Salvador Jesucristo que pronto se revelará.

    Acerca de este mundo prohibido, Juan nos dice: "Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo" (1 Juan 2:16). He aquí una trinidad contraria al Trino Dios.

Los deseos de la carne

    Se refieren a la complacencia de los sentidos, apetitos, pasiones, satisfacción sensual por gusto propio dentro o fuera de la ley; al deseo de disfrutar de los placeres de los sentidos y hacer de ellos la motivación y la razón de tu ser.

    Necesitas comer para vivir, pero no tienes que vivir para comer. Es correcto tomar los alimentos y disfrutarlos razonablemente, pues para eso Dios nos ha concedido el sentido del gusto. No obstante, son meras circunstancias de la vida y pasan con rapidez.

    Si en alguna manera tus apetitos legítimos constituyen el objetivo de tu vida, eres una persona mundana, ya que esas situaciones sólo son complementos de la misma. Cada apetito y cada placer que Dios en su misericordia nos ha otorgado, llevan siempre el propósito de estar a nuestro servicio, para que sean los siervos de una meta más elevada, y no el motivo y razón de nuestra vida.

Los deseos de los ojos

    El concepto incluye el espectáculo íntegro de la exhibición mundana como lo son el amor a la ropa, el amor al automóvil, el amor a los muebles suntuosos, o el amor a la belleza. En el momento en que estas cosas ejercen control —especialmente cuando se centran en ti mismo— y sirven a tu arrogancia y a tu orgullo, constituyen el mundo prohibido.

    Dios todo lo hace hermoso, y podemos darle gracias por ello. Pero no descansemos en la cosa en sí, antes por el contrario, levantémonos hacia Dios y hagamos de todo un tributo para su gloria, dejándolo en homenaje a sus pies en el altar.

El orgullo de la vida

    El orgullo de la vida es una forma más elevada de la mundanalidad: el orgullo de la familia, el orgullo de la cultura, el orgullo del talento o de cualquier otra cualidad personal que te conduzca a hacer de la ambición y del éxito en la vida objetos de idolatría. Quizás actualmente el más peligroso de todos es el orgullo del poder comercial. Los hombres que hoy gobiernan al mundo son nuestros reyes del comercio, y la pasión que endurece el corazón del hombre y endemonía la naturaleza humana es el amor al poder que sólo el dinero puede otorgar.

    Es como el orgullo de Lucifer, el cual hará entrar a los hombres en una alianza estrecha con él. Fue lo que hizo que Nabucodonosor se llamase a sí mismo dios y erigiera su imagen en los campos de Dura (Daniel capítulo 3). Dios está permitiendo que este sentimiento nocivo se manifieste en estos últimos días.

    Ahí, en tu pequeño mundo, puedes tener ese tipo de orgullo, así como lo tiene el multimillonario en el suyo. El fuego y la yesca deben apartarse del camino. El mundo es la yesca y los deseos son el fuego.

    Dios quiere separarnos de ambos, abriendo ante nosotros su mundo de amor, de pureza y de esperanza; ofreciendo el reino venidero donde Jesús reina y está preparando magnificencia incomensurable, superior al galardón más rico que en la tierra se pueda conferir. Esto contrarrestará al mundo perverso de hoy.

    Jesucristo vino a salvarnos de este presente mundo maligno, mostrándonos la gloria del tiempo venidero, guiándonos a esperar y anhelarlo, dejando que la era presente se vaya, utilizándola meramente como una esfera de servicio y de testimonio y como una temporada de espera para el reino de gloria.

Venciendo el amor al mundo

    El antídoto para los deseos de la carne y el amor al mundo, es el amor de Dios.

    "¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que Él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente? Pero Él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes" (Santiago 4:5,6).

    "El Espíritu Santo que mora en nosotros, nos ama celosamente". Aquí, contra el mundo y sus encantos, Dios nos muestra otro atractivo, uno mayor que contrarresta y contrabalancea el menor.

    A través de todas las épocas, ha existido un hilo dorado de lo romántico que le ha concedido encanto a todo lo hermoso dentro del arte, la poesía y la historia. Ese hilo dorado no es otra cosa que el antiguo romanticismo del amor. Nos llega desde Helena de Troya, desde Penélope aguardando a Ulises, o desde las heroínas de los últimos tiempos, es la misma historia vieja, algo dentro del corazón humano que sacrifica a la familia, la fortuna y toda cosa terrena, por el encanto del amor. Si logras coger ese fuego sagrado del verdadero amor de corazón, y hay siempre algo bello en ello que parece provenir del cielo, te impulsará al heroísmo, al sacrificio y a la nobleza de vida, como ningún otro motivo terrenal podrá hacerlo.

    Ahora bien, el secreto de rendición lo encontramos en la misma antigua historia de amor. Mucho antes de las edades, esa historia empezó en el corazón de Dios y en el amor de Jesucristo. Él es el Esposo celestial que busca ganar a su pobre y perdida Esposa para elevarla hasta su gloria y su trono. En el capítulo dieciséis del libro de Ezequiel, Él nos presenta la imagen del amor cuando la encontró en sus sangres y le dijo: "¡Vive!", y luego lavándola, vistiéndola con ropas de belleza inmaculada y adornándola con joyas preciosas, el Señor añade: "…y fuiste mía".

    Al igual que Eliezer —el siervo de Abraham que partió hacia tierras lejanas para encontrar una esposa para el heredero de su señor— ganó el consentimiento de ella, y le entregó un espléndido ajuar de novia así como prendas y joyas preciosas para luego llevarla a la casa donde aguardaba su futuro esposo; así el Espíritu Santo ha venido a llamar a la Novia de Jesucristo para que acepte su amor, y prepararla para su pronta venida.

    Su voz, a través de todas las edades, dice: "Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida tu pueblo, y la casa de tu padre; y deseará el rey tu hermosura; e inclínate a Él, porque Él es tu Señor" (Salmos 45:10-11).

    El nuevo mundo de amor y de esperanza que despertó el corazón de Rebeca, le dio fortaleza para olvidar la casa de su padre y el hogar de su infancia; así como hoy día hay muchas doncellas apacibles que despiertan al nuevo encanto de la vieja atracción, pueden dejar de lado los recuerdos de su niñez y el hogar de sus primeros y entrañables afectos para seguir adelante, desafiando los peligros del desierto, del océano, del campo militar o de los trabajos y adversidades de una vida de pobreza, todo por causa del hombre al que aman más que a cualquiera. Del mismo modo, el amor de Cristo, una vez que toma posesión del alma, es el antídoto para el egoísmo y la mundanalidad, y se convierte en la pasión principal de una vida devota.

    Para esto implora el Espíritu Santo. Su amor celoso no puede tolerar que ningún reclamo menor absorbe nuestro corazón o reemplazca la supremacía de Jesucristo. Así Él nos ama, y su amor es tan celoso e intensamente sensible a la cercanía de las atracciones rivales y de las fascinantes seducciones del mundo. Él no tolera tal rivalidad. Nos ama con celo, y ese celo quema como fuego consumidor.

    Respecto al asunto de la santificación, es muy interesante observar que Pablo, hablando sobre el particular en Romanos capítulo siete, la representó usando la ilustración de una unión matrimonial. El creyente está representado con la imagen de una esposa incapaz de obedecer y de agradar a su primer esposo y, finalmente, él la asesina a causa de su desobediencia. Aquel viejo e inexorable marido era la ley. Cuando ella cayó a sus pies sangrando y sin vida, he aquí, pasó otro, una manifestación de belleza, ternura y gracia: era Jesucristo, el Resucitado. Al pasar, la tocó, la levantó de la muerte, la tomó en sus brazos y la hizo su Esposa, y ahora dice: "Habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios" (Romanos 7:4).

    La santidad es el fruto de un matrimonio con Cristo. Así, tan espontáneo como proviene un vástago de la unión de dos vidas amantes; tan natural como crece el fruto de la vid, de la misma manera, la fe, la santidad, la paciencia y las buenas obras del creyente brotan de la vida de amor del Señor. Están ahí sin ningún esfuerzo, pero brotan por la energía vital y son impulsadas por la fuerza motriz de la vida y del amor.

    Es a nuestro amor que el Espíritu Santo apela. Él efectúa la obra de gracia dentro de nosotros por el amor. Es "la fuerza expulsiva de un nuevo afecto", la que echa fuera al mundo.

    Como en el caso de aquella joven egoísta —que cuando se ha ganado su corazón, desea entregar su pequeño mundo de complacencias y halagos, y sacrificar los lujos, las comodidades, la casa, los amigos y toda perspectiva terrenal por aquél que ella ama; sufriendo por él, afanándose por sus hijos y compartiendo las adversidades de su vida con sumo agrado— así el amor de Jesucristo es la fuerza motriz que nos eleva sobre el egoísmo, la ambición y el poder de la era presente, y convierte en gozo el hecho de sufrir y de servir a los intereses del muy amado Maestro, con la esperanza de una gran recompensa.

    Por lo tanto, querido amigo, ¿quieres conocer el secreto de cómo vivir sobre el mundo y traer mucho fruto? Abre tu corazón al amor de Jesucristo. Cede a sus propuestas llamativas y aprende a vivir en su amor, para que puedas estar lleno de los frutos del Espíritu.

Y toda tu vida en amor perdida,
Un cielo abajo y un cielo arriba.

El lugar de gracia en una vida de santidad

    "Pero Él da mayor gracia" (Santiago 4:6). Cuanto más constante y celoso sea su amor para mantenernos en un nivel superior, tanto más abundante es su gracia al capacitarnos para satisfacerla. La gracia da lo que el amor demanda, y el amor siempre está pidiendo más.

    Por extraño que parezca, Cristo necesita nuestro amor y reclama nuestra más tierna devoción. Pero con frecuencia, nuestros corazones fríos y torpes no están capacitados para responder, y gemimos: "Abatida hasta el polvo está mi alma" (Salmos 119:25). Pero es aquí donde la gracia viene a nuestro auxilio, y el Espíritu Santo se encarga de proveer el amor de nuestra parte, al igual que de revelar el amor más grande que hay en Él.

    ¿Deseas una devoción más tierna? Tómala de Él por la fe mediante la gracia. ¿Deseas sentir su amor moviéndose en tu vida, gozo en la oración, amor por su Palabra, deleite en su servicio, una experiencia de gozo y sentimiento más tierno y profundo? "Pero Él da mayor gracia". "Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia" (Juan 1:16).

    Él no espera que lo produzcamos del suelo de nuestro antiguo corazón natural. La producción debe venir del cielo, y su gracia está esperando proveerla tanto como veas que necesitas y estés dispuesto a reclamarla de su plenitud. Señor, dános gracia para tomar la "mayor gracia" de ti.

El secreto de recibir

    ¿Cómo mantendremos la actitud mediante la cual seremos capaces de satisfacer las expectativas de su amor y de recibir medidas plenas de su gracia?

    1. Debemos someternos a Dios. Rendición incondicional es la primera condición de la santificación, una voluntad entregada, un espíritu postrado a sus pies llorando de continuo: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?" Esta es la condición de todas las bendiciones más profundas.

    2. Debemos ser tan positivos contra el mal, así como somos de pasivos en las manos de Dios. "Resistid al diablo, y huirá de vosotros" (Santiago 4:7). Existe peligro al cultivar el hábito de la abnegación en cierta etapa de nuestra experiencia espiritual, porque hay peligro de perder el poder de voluntad que es necesario para fortalecer el carácter. La verdadera actitud es un "sí" eterno a Dios y un inflexible "no" al diablo.

    La experiencia inevitable de la vida de santidad es la tentación, y el secreto de la victoria es un valor sin temor y una voluntad inquebrantable tanto como una fe victoriosa.

    3. Debemos mantener el hábito de la humildad. "Él da gracia a los humildes". "Humillaos delante del Señor, y Él os exaltará" (Santiago 4:10).

    Como los valles que reciben las corrientes fertilizantes, así es el corazón humilde que reclama la más abundante gracia de Dios, y el hábito de rebajarnos constantemente no es sino el reverso de la moneda de la fe que siempre está en Dios.

    4. La cercanía a Dios, la vida de comunión y la intimidad con nuestro Padre celestial, es la mera esencia de la vida de santidad. "Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros" (Santiago 4:8). Así es como caminamos con Dios hasta que, morando en su compañerismo, cogemos por intuición su mismo pensamiento y caminamos espontáneamente en sus pisadas. Dejemos que Él nos haga aptos en toda obra buena para que hagamos su voluntad, haciendo Él en nosotros "lo que es agradable delante de Él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén" (Hebreos 13:21).