«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

«Cristo Es El Todo, Y En Todos»

    Más y más, estoy convencido que el Señor Jesucristo no tiene el lugar que debe tener entre los hijos de Dios. Él no es el objeto. En lugar de ser Él, es algo aparte de Él; ya sea una doctrina, un dogma, una denominación, o nuestra propia experiencia.

    Parece ser que tenemos mucho del mismo espíritu que actuó en el apóstol Pedro, en la montaña, cuando dijo: «Hagamos aquí tres enramadas.»

    El Padre solemnemente reprendió eso: «Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd. Al oir esto los discípulos se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor.

    «Entonces Jesús se acercó y les tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo» (Mateo 17:4-8).

    «Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Filipenses 2:9-11).

    «Cristo es el todo» (Colosenses 3:11). ¿Estamos tomándole a Él como el todo? ¿Hay duda de mi salvación? «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo» (Hechos 16:31). ¿Hay duda de mi relación con Dios? «Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» (Gálatas 3:26). ¿Hay duda de mi experiencia? «Porque para mí, el vivir es Cristo» (Filipenses 1:21).

    ¿Hay duda de mi servicio para Dios? «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13). ¿Hay duda de cuál camino? «Yo soy el camino» (Juan 14:6). ¿Hay duda del cielo, o el lugar a donde guía mi camino? Él lo definiría así: «donde yo estoy» (Juan 14:3).

    Oh, ¡conozcamos más de esa rica bendición que resulta de hacerle nuestro Señor, de haber visto «a Jesús solo» (Mateo 17:8). Nuestro clamor debería ser: «¡Oh, el conocerle!» (Filipenses 3:10).

    En nuestro egoísmo pedimos y rogamos de sus bendiciones. Pero es al que bendice que realmente necesitamos.

    Él es el gozo del corazón del Padre. Gustemos juntamente con Él la complacencia que Él toma en su Hijo. Cristo es infinitamente más alto que doctrina o experiencia. Tendremos a experiencia, pero sólo con Él nuestro corazón puede ser encantado y extasiado.

    ¿Cómo es que no estamos pasando de «gloria en gloria»? (2 Corintios 3:18). El velo ha sido roto; la sangre ha sido derramada; el Espíritu Santo ha sido dado. La causa de todo eso es que estamos demasiado ocupados con nosotros mismos y la obra del Espíritu en nosotros, en vez de estar ocupados con Cristo solamente. Esta es la debilidad de algunos «movimientos»: muchas cosas superficiales.

    Miremos más a ese lado oculto, de donde fluye la luz del conocimiento de Dios y de su gloria (léase 2 Corintios, capítulos 3 y 4). Todo lo demás se acabará y desaparecerá si mantenemos nuestra mirada fija en Él.

    Permítame decir aquí que el Espíritu nunca me ocupa en pensar de la obra que ha hecho en mí, o con mi experiencia. Y si llego a estar ocupado de esa manera, estoy experimentalmente fuera del Espíritu. El Señor dice del Espíritu: «No hablará por su propia cuenta...Él me glorificará» (Juan 16:13-14).

    Más aún, la obra de Cristo, maravillosamente bendita como es, jamás podrá ser el objeto de mi corazón. Ello da a mi conciencia paz, dulce paz, pero sólo su persona puede satisfacer mi corazón.

    El Padre dirige nuestra atención hacia su Hijo (Mateo 17:5). El Espíritu Santo nos ocuparía con el Hijo (Hechos 7:55-56).

    La Palabra de Dios testifica de Él (Juan 5:39). Él es el objeto de la fe; Él es el objeto del amor; Él es el objeto de la esperanza: y la fe, o el amor, o la esperanza, que no hacen de Él el objeto, es sumamente irreal.

    Él es el todo en mi camino; Él es el todo en mi servicio; Él es el todo en mi adoración; ¡bendito, bendito sea Su nombre! ¡Él no está en la cruz, Él no está en la tumba Él está en Su trono!

    Un hecho maravilloso, un Hombre en la gloria de Dios, y ése es mi Salvador; mi Sacerdote; mi Abogado. Él es el que murió por mí, que vive por mí y que también viene por mí: el Novio de Su iglesia.

    No es nada sorprendente que Pedro dijera: «Para vosotros, pues, los que creéis, Él es precioso» (1 Pedro 2:7). El mundo pagano así como el religioso, está resuelto a cerrarle totalmente el paso a Él. El primero está «guardados para el fuego,» el último «vomitado fuera de su boca» (2 Pedro 3:7; Apocalipsis 3:16). Así que mantengámonos limpios de ellos. «Salgamos, pues, a Él» (Hebreos 13:13).

    «El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza» (Apocalipsis 5:12).

    – Seleccionado.