«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Vencedores

Por W. C. Moore

    «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en Mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con Mi Padre en Su trono» (Ap. 3:21).

    No queríamos enfatizar la vida del vencedor si la Biblia no la enseñaba. Cuando la Palabra de Dios repite vez tras vez unas promesas maravillosas a los que vencen (Ap. 2:7, 11, 17, 26-28; 3:5, 12, 21), ya es hora de restregarnos los párpados, incorporarnos y empezar a prestar atención – y luego hacer algo tocante a ello.

    Puesto que la Palabra de Dios habla tan claramente de la posibilidad de vivir una vida vencedora, y de las recompensas que siguen, es muy aparente que debe haber algo que vencer; y aún más, que necesitamos despertarnos (Is. 64:7), vestirnos de toda la armadura de Dios (Ef. 6:11), y entonces proseguir a la meta con toda determinación del alma para que podamos ser lo que Dios desea para nosotros (Flp. 3:12-14).

    «...Los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio... Corred de tal manera que lo obtengáis...Todo aquel que lucha, de todo se abstiene...ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible ...Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado» (1 Cor. 9:24-27).

«Y ellos le han vencido (al diablo) por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos,

y menospreciaron sus vidas hasta la muerte» (Ap. 12:11)

    ¡Más bendito es ser vencedor que ser vencido!

    «Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la Palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno» (Mt. 13:23). Hermanos, ¡aspiremos a ese ciento por uno!

    «…Despojémonos de todo peso [aún cosas legítimas que estorban nuestro desarrollo en Dios] y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el Autor y Consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de Él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios» (Heb. 12:1-2).

«Habéis vencido»

    «Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os han sido perdonados por Su nombre. Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno...Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la Palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno» (1 Juan 2:12-14).

    Note de modo particular que se escribe (dos veces) de sólo uno de estos tres grupos, que ellos han vencido al maligno. (Creo que la expresión «jóvenes» usada aquí, se refiere a los que tienen una fuerza espiritual, ya sean varones o hembras, viejos o jóvenes.)

    Note, también, que la Palabra de Dios «permanece» en los que vencen (1 Juan 2:14). La manera de entrar – y permanecer – en ese grupo de «jóvenes» vencedores, es lo de tener permaneciendo en nosotros la Palabra de Dios, ¡de obedecer las enseñanzas del Nuevo Testamento sin cesar!

«Andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas» (Juan 12:35)

    Nunca podremos vencer y sentarnos con Cristo en Su trono (Ap. 3:21) a menos de que obedezcamos Su Palabra y andemos en cada rayo de luz que Él nos dé. «Arrepentíos, y creed en el evangelio» (Mc. 1:15). Además, no es suficiente solamente que seamos salvos; se nos amonesta en Efesios 5:18: «sed llenos del Espíritu.» Esto no significa que seamos llenos una vez por todo, y entonces acostumbrarnos a ser «los reposados en Sion» (Amós 6:1), diciendo: «¡Ya lo tengo!» Tenemos que ser siempre llenos, y andar en el Espíritu (Gál. 5:16).

    Las enseñanzas en el Antiguo Testamento fueron escritas para nuestra enseñanza (Rom. 15:4; 1 Cor. 10:11), pero estamos viviendo bajo el Nuevo Pacto, o Nuevo Testamento, en estos días, del cual Jesucristo es nuestro Mediador (Heb. 9:14-15).

    Los «jóvenes» son fuertes (1 Juan 2:14). Se nos manda: fortalecernos «en el Señor, y en el poder de Su fuerza» (Ef. 6:10). No es sólo nuestra fuerza, nuestra determinación, nuestra persistencia lo que nos permite triunfar. Es verdad que necesitamos actuar de todo corazón (Jr. 29:13), y también de ser violentos (Mt. 11:12); pero además de todo esto, también necesitamos esperar en el Señor para que nuestra fuerza sea renovada, para que nuestra fuerza llegue a ser entrelazada con la fuerza de Dios. Después de eso, levantaremos alas como las águilas y caminaremos sin fatigarnos (Is. 40:29-31).

    El esperar a Dios con corazón sincero en fe (Heb. 11:6) y con importunidad (Lc. 11:1-13), este es el modo verdadero, dado por Dios, por el cual podremos esforzarnos. «Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová» (Sal. 27:14). Dios nos esforzará a ser vencedores ¡mientras que esperamos con persistencia a Él!

    Espere a Dios – esté tranquilo en Su presencia – dígale que le ama – derrame delante de Él su corazón de usted (Sal. 62:8) – pídale perdón por sus pensamientos, palabras y hechos. Permanezca tranquilo delante del Señor – permita que su corazón sea elevado en meditación, reflexionando sobre la bondad de Dios, Su santidad, Su misericordia. «Sí, espera a Jehová» (Sal. 27:14).

    Tome el tiempo – reserve el tiempo – de esperar al Señor. Cuando usted entra en su casa en el invierno y se sienta delante del fuego, tiene que pasar cierto tiempo antes de que el calor del fuego pueda penetrar su cuerpo. Y así es con el fuego de Dios, exige un período de tiempo para penetrar y saturar su ser – ¡mientras usted espera al Señor!

    Medite en la Palabra de Dios. Deleítese en Su Palabra, medite en ella de día y de noche (Sal. 1:2). Cuando una batería se conecta con el cargador, exige tiempo antes de que la batería sea recargada, pero lo hace. De igual manera, al conectarse la batería de su espíritu cansado y agotado con el «cargador» de Dios – mientras que usted espera a Él – sepa que Él está recargando sus consumidos poderes espirituales. «Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas» (Is. 40:31).

    Bendito sea Su Nombre, «Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas» (Is. 40:29). Yo lo he probado, eso de esperar a Dios; y aunque a veces me parece que me estoy debilitando, cuando permanezco con persistencia delante del Señor, por fin Él me renueva la fuerza. ¡Alabado sea Su maravilloso y Santo Nombre! ¡Sea persistente, hermano, hermana, hasta que Él le renueve sus fuerzas!

    Ya sea que somos santificados, o llenos del Espíritu Santo, siempre tenemos que estar alerta. «Velad, pues, en todo tiempo orando», son las palabras de Jesucristo, nuestro Señor (Lc. 21:36).

    Hay peligro de estar llenos de bendiciones espirituales, y olvidar a Dios, tal como leemos en el Antiguo Testamento donde el Señor amonestó a la gente del peligro de saciarse de bendiciones materiales y luego de olvidarse de Dios (Dt. 8:10-14).

Nunca confíe en una experiencia para ser guardado

    Gracias a Dios por las bendiciones y las profundas experiencias que Él da a Su gente que cree en Él de todo corazón. Necesitamos las profundas experiencias. Pero nunca confiemos en alguna bendición o experiencia para guardarnos. «Guardados por el poder de Dios mediante la fe» (1 Pe. 1:5).

Sólo Dios puede guardarnos

    «Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída» (Jud. 24). Nunca fue el intento de Dios de que nos independizáramos de Él. «El que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Cor. 10:12). Luego sigue la promesa: «…pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir…» (1 Cor. 10:13).

    Es un atrevimiento pensar que podemos flotar por la corriente de victoria sin prestar atención a los mandamientos del Señor. «Mirad también por vosotros mismos...» (Lc. 21:34).

Cristianos «adelantados»

    Si estamos convencidos de que somos cristianos «adelantados», acordémonos que Jesús dijo a Pedro, uno de sus seguidores más ardientes: «Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil» (Mt. 26:41).

    En «tiempos peligrosos» (2 Tim. 3:1-5) como éstos en que vivimos, hay necesidad especial de vigilancia y de humildad. Podemos perder nuestro testimonio de ser vencedor sin saberlo, si no velamos y oramos siempre. Sansón «no sabía que Jehová ya se había apartado de él» (Jc. 16:20).

    Podemos sufrir pérdidas por «compararnos» con otros (2 Cor. 10:12) y por permitir las normas «ordinarias» de santidad de controlarnos, en lugar de observar fielmente las normas de santidad según la Palabra de Dios.

    Podemos deleitarnos en contar alguna experiencia del pasado, alguna gran bendición que tuvimos, y sufrir una grave derrota antes de saberlo. Claro que no debemos olvidar ninguno de Sus beneficios (Sal. 103:2), pero junto con este espíritu de gratitud hacia Dios por lo que Él ha hecho, necesitamos hacer lo que ha dicho Pablo:

    «No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Flp. 3:12-14).

Si hemos fracasado

    Confesemos francamente a Dios nuestros pecados, confiando que, según Su Palabra, Él nos perdona nuestras deudas, y nos limpia de toda maldad (1 Juan 1:9). Si evadimos los hechos, ¡nunca lograremos evadir el fracaso!

Muchos llamados, pocos escogidos

    «Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos» (Mt. 20:16). No nos jactemos de que hemos dejado todo y hemos seguido al Señor (Mt. 19:27), porque «muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros» (Mt. 19:30).

    Que no murmuremos si Dios bendice a los recién llegados tanto como a nosotros los veteranos. (Lea Mateo 20:1-16.) «Muchos son llamados, mas pocos escogidos.» ¡Que Dios nos ayude!

Afecto fraternal

    En la lista de las cosas que debemos hacer para que no caigamos (2 Pe. 1:10), el afecto fraternal se encuentra justo antes de la cumbre de la lista, el amor (2 Pe. 1:5-7). He aquí una advertencia inequivocado por todos: Precisamente cuando estamos a punto de convertirnos en plenos vencedores, hay gran riesgo de que carezcamos el afecto fraternal por los que todavía están luchando sin ganar la victoria en su totalidad. Viene la tentación de despreciar los que no pensamos que no son tan buenos como nosotros.

    Cristo dice: «Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños» (Mt. 18:10). Dios Mismo es benigno aun para con los ingratos y malos (Lc. 6:35).

Enfrentemos los hechos

    Carlos G. Finney, después de que Dios lo salvó y después de un poderoso bautismo del Espíritu Santo, descubrió que aunque el Señor le usó fuertemente en la obra del evangelismo, de vez en cuando él perdería la plenitud del Espíritu Santo. En aquel entonces, él no hizo un esfuerzo por creer que tenía el ungimiento cuando supo bien que no lo tenía.

    Al contrario, él buscó al Señor con la mayor seriedad hasta que una vez más el Espíritu Santo movía poderosamente a través de él. Descubrió que él no podía vivir sin disfrutar de la presencia de Dios. En estos días tremendos, que Dios por amor de Jesús, nos dé un celo tan ardiente que nosotros, también, no tengamos más remedio que tener la plenitud del Espíritu Santo, ¡cueste lo que cueste!

    «El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mt. 11:12). Exige una violencia santa para hacerse vencedor, y exige una violencia santa para continuar como vencedor – para vivir la vida cristiana victoriosa.

    La verdadera vida victoriosa, llena del Espíritu Santo, no puede tolerar ni por un momento la tibieza, la transigencia, el fingimiento, el engaño. No podemos ser llenos del Espíritu Santo y ser tibios al mismo tiempo. Así que siempre que nos demos cuenta de que nos estamos entibiando, despertémonos inmediatamente para apoyarnos en Dios (Is. 64:7), para que Él nos dé un ungimiento fresco, llenándonos de nuevo del Espíritu Santo (Sal. 92:10).

¡No una meta interesada!

    «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en Mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con Mi Padre en Su trono» (Ap. 3:21). ¡Jesucristo venció! ¡De ninguna manera estaba interesado! Dios desea un pueblo que será perfecto «en pos de Jehová» (Nm. 32:11-12). Así que cuando buscamos con fervor ser vencedores, es lo mismo que decidir seguir a Cristo.

«Llamados y elegidos y fieles»

    Meditemos en las promesas maravillosas de Dios a los vencedores, y oremos de todo corazón el uno por el otro para que, puestos los ojos en Jesús, seamos «llamados y elegidos y fieles» (Ap. 17:14).