«Dedicado a fortificar y animar al Cuerpo de Cristo.»

Propósito En La Vida

Por Derek Prince

   La culminación de todo: la cruz

    Hemos dicho que Jesús es tanto el modelo como la inspiración de nuestra vida. Hemos visto que la motivación suprema de su vida era hacer la voluntad de Dios, revelada en el rollo de las Escrituras.

    El versículo clave es Hebreos 10:7: Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí.

Aquí se presentan dos punto sumamente importantes.

    En primer lugar: el motivo de Jesús al venir al mundo fue hacer la voluntad de Dios.

    En segundo lugar: el papel que desempeñaría Jesús ya estaba escrito en el rollo del libro. Así debería ser también para nosotros.

    Asimismo hemos visto en la vida terrenal de Jesús cinco resultados específicos de su compromiso de hacer la voluntad de Dios:

    En primer lugar: su cuerpo fue fortalecido y vitalizado de forma sobrenatural.

    En segundo lugar: tenía una perspectiva correcta de la situación en la que se encontraba; veía las cosas desde un punto de vista diferente del de las personas que lo rodeaban.

    En tercer lugar: su juicio era justo, y su discernimiento imparcial. (Jesús nunca fue crédulo, y jamás lo engañó nadie.) Siempre percibía las cosas como realmente eran.

    En cuarto lugar: era un canal de vida a un mundo agonizante.

    En quinto lugar: glorificó a Dios en la tierra.

    En todas estas cosas, Jesús fue el modelo que debemos imitar.

    A continuación veremos la culminación de la voluntad de Dios en la vida de Jesús: el sacrificio de su propio cuerpo. Hebreos 10:5-10 dice: Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí. Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.

    Jesús vino a hacer la voluntad de Dios. Para que pudiera hacer su voluntad, Dios le preparó un cuerpo. El cumplimiento de esa voluntad exigía que Jesús sacrificara su propio cuerpo. La culminación o meta suprema de la vida de Jesús fue sacrificar su cuerpo para salvar al mundo.

    Como hemos visto, había un énfasis continuo en la mente de Jesús, no en hacer simplemente la obra de Dios, sino en terminarla. Cuanto más se acercaba al final de su ministerio en la tierra, más fuerte se hacía este énfasis.

    Miremos lo que dice Lucas 9:51: Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba (literalmente: "levantado", lo cual se refiere a que fue levantado por medio de su muerte en la cruz), afirmó su rostro para ir a Jerusalén.

    Fíjese en esa frase clave: "…afirmó su rostro". Jesús sabía lo que le esperaba. Ya se lo había dicho a sus discípulos, aunque ellos rehusaron creerlo. Al acercarse el momento final, "afirmó su rostro". Estaba decidido a completar la obra a toda costa.

    El profeta Isaías, por medio del Espíritu de Cristo en él, proféticamente anunció de antemano la culminación de la vida de Jesús en la tierra.

    Isaías 50:4-7 dice: Jehová el Señor me dio lengua de sabios (la lengua de un discípulo. Jesús fue discípulo del Padre), para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios.

    Jesús estaba constantemente aprendiendo del Padre. Al principio de cada día recibía sus instrucciones para ese día, al oír la voz del Padre que le hablaba.

    En Isaías sigue diciendo: Jehová Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás. Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos.

    Es muy importante ver que Jesús dio su cuerpo a los que lo herían. Lo entregó voluntariamente porque era lo que Dios quería que hiciera. Oyó al Padre decirle: "Eso fue lo que te envié a hacer, hijo mío". Así que no se resistió, sino que se entregó a sus torturadores.

    El pasaje termina diciendo: Porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto no me avergoncé; por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado.

    Lucas dice: "…afirmó su rostro". Hablando proféticamente, Isaías había dicho 700 años antes: "…puse mi rostro como pedernal". Jesús sabía lo que iba a sufrir. En efecto, en Isaías, en los versículos anteriores, dice: "Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos".

    En realidad, estaba diciendo: "He puesto mi rostro como un pedernal. No me importa lo que me espera. Pase lo que pase, voy a seguir adelante y consumar la obra, porque mi fin es cumplir con la tarea que Dios me ha asignado, y acabarla".

    Ahora viene la culminación en sí de la vida terrenal de Jesús. Había estado en la cruz por unas tres horas, y estaba por morir.

    Juan 19:28-30 dice: Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed. Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.

    Jesús entregó su propio espíritu. Les había dicho anteriormente a su discípulos: "Nadie me quita me vida. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar."

    Antes que Jesús entregara su espíritu, una de las últimas declaraciones que hizo fue: "Consumado es". ¿A qué se refería aquí? Se refería a que había acabado la tarea que se le había asignado en la tierra. A través de toda su vida había dicho: "Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra". Luego, anticipándose a este momento en su oración en Juan 17, dijo: "Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese". En la cruz, Jesús terminó de llevar a cabo la obra. Como dijo Él mismo: "Consumado es".

    No fue éste un grito de derrota; ¡fue un grito de triunfo! "¡Consumado es! He ejecutado todo lo que se me asignó. Lo he completado. No he dejado nada sin hacer. Ahora está disponible la redención por medio de mi sacrificio en la cruz".

    En griego, la expresión "¡Consumado es!" consta de una sola palabra: tetelestai. Es el tiempo perfecto de un verbo que quiere decir: "acabar de hacer algo", "completar algo", o "hacer algo perfectamente". Al buscar una manera de expresar esta idea en español, se me ocurrieron las siguientes frases: "Ha sido totalmente completado", "Ha sido hecho a la perfección", o "Se ha efectuado todo lo que se tenía que hacer para lograr la redención del hombre, mediante el sacrificio de mi cuerpo". Jesús rehusó entregar su espíritu hasta estar seguro de que había realizado todo lo que su Padre le exigía, y poder decir: "Consumado es". Esa fue la meta hacia la cual iba dirigida su vida. Ésa fue la motivación suprema que hizo que pusiera su rostro como un pedernal, y que le permitió soportar la vergüenza, el dolor, el rechazo, y la ignominia.

    Hemos oído muchas veces que no fueron los clavos los que mantuvieron a Jesús en la cruz, sino más bien su compromiso de hacer la voluntad del Padre. No se desvió de ese compromiso ni a la derecha ni a la izquierda. Era lo que lo motivaba; era su propósito en la vida. Todo lo que hacía Jesús iba dirigido hacia el cumplimiento de la voluntad de Dios y la consumación de su misión.

Siguiendo el ejemplo de Jesús

    Hemos estado enfocando continuamente a Jesús como nuestro modelo y nuestra inspiración. Hemos visto que el compromiso para hacer la voluntad de Dios fue lo que motivó a Jesús para bajar del cielo a la tierra. Este compromiso definió y guió todo el curso de su vida y ministerio terrenales, culminando en el sacrificio de su propio cuerpo en la cruz.

    Veamos cómo podemos seguir el ejemplo de Jesús en nuestra propia vida. Hay tres pasos importantes que debemos tomar. El primer paso es tomar una determinación para hacer la voluntad de Dios.

    Jesús dice en Juan 7:17: El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta.

    La palabra que se traduce "quiera" es realmente la palabra "resolver" o "tomar una determinación". Si alguien está resuelto a hacer la voluntad de Dios, esta persona sabrá si Jesús habla por su propia cuenta.

    Muchas personas religiosas subestiman la función de la voluntad en su vida espiritual. Muchos se guían por impresiones, sentimientos e impulsos. Sin embargo, es el ejercicio de la voluntad lo que finalmente determinará a dónde llegaremos en la vida. Éste es el factor decisivo. No podemos llevar una vida santa si no nos decidimos a vivir así.

    Jesús pone delante de nosotros este reto, el cual también es una invitación: resolver hacer la voluntad de Dios. Si no tomamos ese reto, nunca podremos vivir una vida recta. Ni la inspiración divina, ni los buenos sermones, ni las oraciones de los demás nos capacitarán para vivir como Dios quiere. Tenemos que llegar al punto de tomar una decisión nosotros mismos. La palabra "decisión" es una palabra clave. Tenemos que decidir que sí vamos a hacer la voluntad de Dios. Jesús dice: "El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios".

    Es importante comprender que no debemos averiguar si la doctrina de Jesús es de Dios, para luego decidir hacer su voluntad, sino más bien decidir hacer su voluntad, y luego averiguar acerca de su doctrina. Muchas personas hacen esto al revés. Dicen: "Dios, muéstrame todo. Quiero entender primero, y luego decidiré hacer lo que tú me mandas". Así no es como funciona. Dios no complace a una persona que hace preguntas intelectuales pero no tiene ningún deseo de servirle. Si usted quiere saber sólo por curiosidad intelectual, sin estar dispuesto a hacer un compromiso, Dios no le revelará su voluntad. Pero si está resuelto a hacer la voluntad de Dios, entonces Él le dará entendimiento, discernimiento y revelación.

    Déjeme expresarlo de otra manera: El compromiso lleva al entendimiento, y no al revés. No se trata de entender la voluntad de Dios primero, y luego comprometerse a hacerla. Hay que comprometerse a hacer la voluntad de Dios, y entonces, al estar comprometido, Dios le empezará a revelar su voluntad. Llega un punto en la vida de cada uno de nosotros en que debemos tomar una decisión sumamente importante: debemos decidirnos a hacer la voluntad de Dios. No debemos poner condiciones. Eso no sería hacer un compromiso.

    El segundo paso es el sacrificio de nuestro cuerpo. Para Jesús, el hacer la voluntad de Dios culminó en el sacrificio de su cuerpo. Y lo sabía al empezar su ministerio. Quizás le sorprenda, pero dice claramente en las Escrituras que, de igual manera, si queremos nosotros hacer la voluntad de Dios, será preciso sacrificar nuestro cuerpo significaba la muerte. Pablo nos dice a nosotros que presentemos nuestro cuerpo en sacrificio vivo.

    Romanos 12:1 dice: Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.

    Dios dice: "En vista de todo lo que he hecho por ti, lo que te exijo es que presentes tu cuerpo en sacrificio vivo. Pon tu cuerpo sobre mi altar. Entrégame tu cuerpo para que pueda disponer de él como yo quiera".

    Si le entrega a Dios su cuerpo como sacrificio vivo, ya no puede decir que su cuerpo es suyo. Ya no decide adónde va a ir su cuerpo, ni qué hará, qué comerá o qué ropa llevará. Ha renunciado al derecho de tomar estas decisiones. De ahora en adelante, su cuerpo le pertenece a Dios. Se lo ha presentado en sacrificio vivo sobre su altar.

    Todo lo que se coloca sobre el altar de Dios le pertenece a Dios de allí en adelante. Ya no le pertenece a la persona que lo entregó. Dios exige que nosotros sacrifiquemos nuestro cuerpo así como lo hizo Jesús. La diferencia es que Jesús sacrificó su cuerpo mediante la muerte, pero a nosotros se nos pide que sacrifiquemos nuestro cuerpo estando todavía en vida. Debemos entregarle nuestro cuerpo a Dios y renunciar a nuestros derechos y exigencias.

    Tal vez esto le asuste. Sin embargo, quiero decirle que es algo emocionante. Quizás no tenga que vestir harapos, calzar sandalias y vivir a pan y agua. Dios tiene muchas ideas creativas sobre lo que pudiera hacer con usted y con su cuerpo. Pero no se lo va a decir hasta que su cuerpo le pertenezca. Tiene que hacer un compromiso primero, y luego recibir el entendimiento.

    Ahora llegamos al tercer paso, el cual es la renovación de la mente.

    Pablo lo describe muy claramente en Romanos 12:2: No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

    Una vez que ha dado el paso decisivo de entregarle a Dios su cuerpo en sacrificio vivo, algo ocurre en su mente. Hay una liberación, y su entendimiento se renueva. Ya no piensa como piensa el mundo. Las personas mundanas siempre piensan de forma egoísta. Dicen: "Si hago esto, ¿cómo me afectará? Si digo aquello, ¿me darán un aumento? ¿Me ascenderán? ¿Le caeré bien a la gente?" Todo está centrado en el "yo". Pero la mente renovada no está centrada en el "yo"; está centrada en Dios, y pregunta más bien: "¿Glorificará esto a Dios? ¿Es éste el propósito de Dios en mi vida?"

    Pablo dice que al tener la mente renovada podrá averiguar cuál es la voluntad de Dios. Dios no le revelará esto hasta que se haya comprometido. Este compromiso produce una mente renovada. Ya con la mente renovada, puede discernir cuál es la voluntad de Dios, y encontrar el camino que Dios le tiene preparado en esta vida. En la mayoría de los casos, su camino será muy diferente a lo que usted cree. El diablo estará allí a su lado diciéndole que el camino va a ser duro y penoso. Satanás le dirá que va a pasar el resto de su vida lavando platos o viviendo en algún lugar del desierto. Puede que suceda así, pero lo más probable es que no. Sin embargo, nunca lo sabrá hasta que haga el compromiso.

    Al hacer esta entrega de su cuerpo a Dios, tendrá en su vida los mismos frutos que hubo en la vida de Jesús. Hubo cinco resultados en la vida de Jesús, y usted puede esperar los mismos resultados en la vida suya.

    En primer lugar: su cuerpo fue fortalecido y vitalizado de forma sobrenatural. Jesús no estaba limitado por sus propias fuerzas físicas, y usted tampoco lo estará si está comprometido a hacer la voluntad de Dios.

    En segundo lugar: tenía una visión verdadera. Jesús veía las cosas como las ve Dios, y usted también las verá así cuando esté comprometido a hacer la voluntad de Dios.

    En tercer lugar: su juicio era justo, y su discernimiento acertado. Jesús nunca fue engañado ni embaucado. Siempre veía a las personas como realmente eran.

    En cuarto lugar: Jesús llegó a ser un canal de vida a un mundo moribundo. Usted y yo también podemos serlo, cuando estamos comprometidos a hacer la voluntad de Dios.

    En quinto lugar: Jesús dijo: "Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese". Si nos comprometemos con Dios para seguirlo, y hacer su voluntad, laborando de todo corazón hasta acabar la obra, nosotros también podremos glorificar a Dios en la tierra.

    – Tomado de un libro por Derek Prince: "Propósito en la vida". Registrado como propiedad literaria, 1986. Usado con permiso de Derek Prince Ministries--International.